“Rusia no debe crear un imperio ruso, sino un imperio euroasiático”
Duguin
En varios sentidos es imposible alegar que Alexander Duguin sea un espectador involuntario de la tragedia de la guerra de Ucrania y de las consecuencias de un atentado terrorista que mató a su hija. Al fin y al cabo, fue quien impulsó la conquista de Crimea en 2014, la victimización de los rusos en el Donbass y en Osetia del Sur, y ha reclamado una campaña más eficaz para la victoria rusa sobre Ucrania. Es más, fue despojado, mucho antes de la actual guerra, de su cátedra en la Universidad de Moscú, de la que fue director del Departamento de Filosofía, cuando sostuvo que había que «matar, matar y matar a los responsables de las atrocidades en Ucrania», lo que fue visto en Rusia como incitación al exterminio y mereció la sanción de la Casa de estudios. En 2008 dijo que Georgia realizaba un genocidio en Osetia del Sur. Tampoco ahorró adjetivos sobre los sucesos de la Revolución del Euromaidán, cuando dijo en redes: “Deberíamos limpiar Ucrania de estos idiotas. El genocidio de estos cretinos es inevitable y obligatorio… No puedo creer que sean ucranianos. Los ucranianos son gente eslava maravillosa. Y esto es una raza de bastardos que ha salido de las alcantarillas”.
Fundador del Movimiento Euroasiático, Alexander Duguin, filósofo y activista, se fotografió con un arma anticarro (un RPG) en Osetia para hacer visible su cruzada por las minorías rusas en el extranjero cercano, y entregó la misma para ilustrar una entrevista con Carlos Barragan en 2019. Pero cuando todo empezó, Duguin estuvo contactado con el movimiento Nouvelle Droite de Alain de Benoist, donde acercó lecturas del nacionalismo ruso con las de movimientos antiliberales entre las cuales ciertamente destacó su conocimiento de Carl Schmitt. Pero en aquella época, años 90, Duguin se veía como parte del abanico “de la Europa de las Patrias” frente al globalismo, en resistencia contra la economía liberal, y en concordancia con las figuras y amigos de la revista Elements, de los que se apartó en décadas siguientes. Para entonces la humillación rusa en la posguerra fría había calado hondamente en sus planteamientos.
Sin embargo, la horma de su zapato la encontraría en la reivindicación de una síntesis nacional-bolchevique (propuesta en principio como una “obra de arte” según él), y en el proyecto encarnado por Vladimir Putin desde 2000: como siempre sucede con los intelectuales, no se sabe realmente cuánto influyó dentro de las varias fuentes del pensamiento conservador ruso en el nuevo Zar, y cuanto era propicio y acomodaticio al orden emergente. Dentro de su trayectoria analítica, sin embargo, más que la III Roma de la fe ortodoxa, Duguin se nutre de la geopolítica clásica occidental: partiendo de Halford Mackinder y de su teoría de la Tierra-Corazón y que el eje de dominio mundial es la plataforma euroasiática. Y esto se refleja en el libro que lo lanzó a la fama en 1997, Los fundamentos de la geopolítica: el futuro geopolítico de Rusia, donde condensa su tesis euroasiática. Tomando la clásica distinción entre mar y tierra que obedece Mackinder, Mahan y Schmitt, en sus obras Teoría del Mundo Multipolar y Geopolítica del Mundo Multipolar, se fue evidenciando la idea que para rechazar el orden globalista de Estados Unidos y Occidente, había que afirmarse en un eje euroasiático, situado en Moscú, que plantara oposición y diversidad a los polos de poder. Mientras Rusia es potencia de tierra, los anglosajones son potencias de mar, representantes de la Talosocracia, el poder del dinero.
De hecho, Duguin sostuvo la necesidad de pensar, más que un imperio ruso, en un imperio euroasiático, capaz de preservar valores morales y también el poder suficiente para detener al Occidente liberal. Su nueva propuesta acerca de imperio implicó la repulsa por la democratización y desintegración de la URSS, y por el desarrollo, con otros pensadores rusos, de la idea de la indisolubilidad entre Ucrania y Rusia, lo que llevó a la conclusión lógica que su independencia era una anomalía que debía ser suprimida, primero con su cercenamiento de Crimea, luego con la sublevación de la minoría del Donbass y ahora bajo la idea de depurar la identidad ucraniana. De modo que la guerra fue una opción tempranamente adoptada por su pensador, que se convirtió en un activista de la posición nacionalista.
De las tesis originales de la “Europa de los Pueblos”, que también está magníficamente expuesta por Solzhenitsyn como proclama de la necesidad de las naciones ante el orden global, Duguin se pasó a la tentación del Imperio, un imperio euroasiático en sus palabras, que sostenido sobre la repulsa de Europa, supone hacer de China y del mundo asiático los aliados necesarios. En la entrevista con Barragan deslizó su tesis que Moscú debe reinar sobre Europa: “Su posición [Putin] es mi posición: soy europeísta, amo los valores de la cultura europea, el arte, la filosofía… pero quiero la Europa tradicional. La Europa eterna. Putin está radicalmente en contra del atlantismo de Estados Unidos. No queremos destruir Europa, queremos reconstruirla”.
De hecho, parte de sus análisis recientes insisten en la necesidad de conformar un eje ruso-soviético, y Putin ha propuesto la Unión Económica Euroasiática. Claro que, salvo el poder nuclear, China Popular se está haciendo más fuerte que Rusia y seguirá subsidiando sus campañas militares que a la vez debilitan a Occidente. Rusia no será, como cree Duguin, actor y eje de un nuevo orden multipolar, sino peón de Beijing, lejos del programa espiritual de la III Roma, a la que por tradición adhiere. Lo que se impondrá serán los herederos de la Horda de Oro; los chinos como amos y señores del nuevo orden multipolar. Otra época de sumisión a Oriente, algo que los griegos rechazaron hace miles de años al contraponer las libertades de Occidente con la disciplina sumisa de Oriente.
*Cristián Garay es historiador.
