Un adversario dialogante es preferible a un aliado cobrador
Lo mejor que está pasando últimamente es que, incluso en medio de grandes tensiones, se está abandonando la idea de intentar imponerse al bando contrario. En el caso del proyecto de ley Naín-Retamal, se ha preferido encontrar lo que el ministro Luis Cordero denominó una “solución satisfactoria”, aceptable para los principales interlocutores de gobierno y de oposición.
Como es típico de los buenos acuerdos, cualquiera de los que dieron su venia puede destacar los aspectos que pudo incorporar a la ley y, al mismo tiempo, demostrar que aquello en lo que tuvo que ceder, quedó expresado en una redacción que evita malos entendidos y excesos.
La legítima defensa de la policía (que ya existía, por cierto) queda salvaguardad y destacada, evitando prácticas institucionales que dificultaba su ejercicio. La responsabilidad que cualquier agente del Estado tiene sobre sus actos, se mantiene, lo mismo que la de los mandos de la policía. Al final, lo que tenemos es un mejor resguardo de los derechos ciudadanos y una protección policial más cuidada.
Como se trata de un acuerdo transversal de la mayor parte de los grupos parlamentarios, lo que se ha logrado evitar es que decisiones de esta importancia no queden libradas al apoyo de pequeñas minorías que desequilibran la balanza en favor de unos u otros.
Es una gran distorsión la que se consigue cuando los grupos mayoritarios quedan en manos de unos pocos, que se acostumbran a esa posición privilegiada, lo que siempre da paso a la arbitrariedad y al aprovechamiento, nunca a las buenas costumbres.
¿Alguna otra lección importante? Sí. Que en medio de negociaciones de esta envergadura, nadie puede darse el lujo de perder la paciencia. Está demostrado que los otros no siguen el ejemplo, el impaciente queda en evidencia y pierde posiciones.
No pierda la calma para no perder el liderazgo
Está fallando el sistema fino de señales. El Gobierno cerró bien esta negociación, pero, en el intertanto dio un paso en falso con la salida de sus representantes de la Comisión de Seguridad del Senado.
Es cierto que, en la Comisión de Seguridad, la oposición impuso con rudeza su mayoría de votos y despachó el proyecto de ley sin grandes miramientos. Los argumentos oficialistas no tenían ninguna posibilidad de ser escuchados y no lo fueron. Sin embargo, había que ahorrarse gestos demasiado drásticos en la previa y jugarse por entero al final en la plenaria del Senado, tal como terminó sucediendo.
Cuando la derecha impuso sin cuidar modales su mayoría lo que importaba más no era la señal política de elite de considerar inútil mantener la presencia en una sesión parlamentaria. Lo que debía predominar era la señal a la ciudadanía de no abandonar la cancha. Mucho más cuando la situación se podía revertir.
La derecha le estaba hablando a sus electores, sabiendo que ellos, en materia de seguridad, se han polarizado. El Gobierno le habló a la derecha, olvidando que estaba siendo escuchado por el país, lo que era mucho más importante.
La sintonía fina había fallado antes. El Gobierno quiso que se aprobara en general el proyecto Naín-Retamal en la Cámara, para luego ganar sus indicaciones en el Senado. Pidió el apoyo de las bancadas afines para lograr lo primero, ganando tiempo para defender su posición en el segundo caso. Cruzó demasiado rápido el puente.
Se denostó en público un proyecto de ley por contraproducente, cuando se pedía a los propios que la apoyaran en general. Se privilegió el gesto público de rechazo cuando lo que se requería era el cuidado y protección de los aliados.
La aprobación en la Cámara fue casi simultánea con la crítica al “gatillo fácil”, descolocando de mala forma a las bancadas oficialistas, quienes fueron castigadas en su lealtad. Tener la vista fija en el objetivo importa, no atropellar vecinos y amigos por el camino, importa también. Mal momento para perder la sensibilidad.
En la Constitución se construye la república compartida
La Comisión Experta está cumpliendo una gran labor. Las subcomisiones han entregado normas con amplio respaldo y las sesiones plenarias han confirmado su trabajo.
Se ha escogido un método que busca encontrar consensos y, por supuesto, son consensos los que se han encontrado. Los asuntos que generan más disenso se verán en la etapa de presentación de enmiendas o indicaciones.
Lo mejor de todo es que se optó por arriesgar apuestas sensatas, aun cuando ellas pudieran, al final, no concitar la venia completa una vez sean electos los consejeros constitucionales. Es mucho mejor que no decir nada.
Esto ha sido posible por una coincidencia general en el diagnóstico de las carencias institucionales presentes. Si se evalúa que la fragmentación partidaria es excesiva y que se requiere una mayor sintonía en la relación entre Parlamento y Ejecutivo, entonces hay que elevar el umbral necesario para que un partido mantenga o alcance su reconocimiento como tal.
Subir los umbrales no es popular entre las tiendas políticas que se verían potencialmente afectados por esta innovación y, sin embargo, hacer como que cambiamos las cosas para dejarlo todo igual es la peor de todas las alternativas.
El texto está pensado para fortalecer los partidos afianzando su disciplina interna, sancionando la pérdida del escaño que consigue uno de sus representantes si renuncia a su tienda y otras medidas consideradas efectivas.
Como el área de principios y derechos es la más doctrinaria, allí se avanza con pies de plomo y es donde mayor continuidad se le dará a la tradición constitucionalista. De seguro, la incorporación de novedades no concitará aplausos clamorosos.
En la misma línea, se propone hacer coincidir la segunda vuelta presidencial con la elección parlamentaria, lo que resulta clave para la conformación de mayorías gobernantes y con respaldo suficiente en el Congreso.
Los conflictos siguen gozando de buena salud, la carrera presidencial esta desatada en la derecha y al Gobierno le resulta difícil mantener la unidad cuando uno de sus bloques parece estar siempre entre los que pierden. Pero predomina otra tendencia.
En ambas Cámaras y en la Comisión Experta se experimentan tensiones, hay retrocesos, pero ya se optó por establecer la normalidad como gran proyecto nacional. La Constitución que tendremos se vislumbra como construcción de la república compartida.
