Hay muchas expectativas sobre el gobierno que se iniciará el 11 de marzo de 2026. Tras la histórica elección del 14 de diciembre, el abanderado republicano asume con la mayor votación en la trayectoria de la democracia chilena, con un sello “republicano” que ha crecido con fuerza en los últimos años y que tiene el viento a favor en los deseos de orden y progreso vigentes en la sociedad. Parece confirmarse esa máxima de “persona adecuada en el momento preciso”. Sin embargo, es necesario comprender que José Antonio Kast ganó en segunda vuelta, con votos “prestados”, como se dice: muchos apoyaron antes a Matthei, Kaiser o Parisi, y después lo hicieron por Kast o sencillamente contra Jara. 

La victoria de Kast es democrática, categórica y con inmenso respaldo popular, por lo que el Presidente electo no debe abdicar de sus ideas o estilo. Sin embargo, es necesario comprender la complejidad del nuevo escenario: los triunfos contundentes son meros episodios en el ritmo largo de la historia; no es lo mismo gobernar que organizar un partido o ganar elecciones; muchos -al frente o al lado- están esperando el fracaso de la nueva administración, como ha hecho con éxito el abanderado republicano; en fin, entre quienes se ofrecen o son convocados en estos días, hay tanto servidores públicos como oportunistas y repetidos promotores de sí mismos.

Esta primera semana después de las elecciones hemos visto una gran vitalidad en el Presidente electo y en su equipo de gobierno. El viaje a Argentina –aunque Carlos Peña lo definió como un “apuro”–, la reunión en comunas, la entrevista con el Presidente Gabriel Boric y el encuentro con los comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas son algunas de las manifestaciones de esta fuerza, de la victoria alcanzada y del buen ambiente general que rodea a los vencedores. Como contrapartida, no se aprecia un adecuado eje de funcionamiento ni tampoco un relato adecuado para el gobierno de José Antonio Kast. Lo que podría llamarse la “planificación estratégica” muestra vacíos, el discurso de la victoria no cautivó y fue excesivamente largo, hay áreas que no aparecen en la expresión pública.

Para el nuevo gobierno, los riesgos vigentes son varios. No cabe duda que un primer tema es el choque de las altas expectativas con la realidad, que en general tiende a ser negativa que las promesas de campaña, cualquiera sea el Presidente o coalición que asuma la conducción del país. A ello se suma la posible primacía de la tecnocracia sobre la política, habitualmente presente en los gobiernos de la derecha, como quedó en evidencia en los gobiernos de Jorge Alessandri y de Sebastián Piñera. Un tercer factor relevante y crítico es un potencial elitismo social o económico, la incapacidad de abrirse realmente a diversos sectores de la sociedad así como a las regiones, no solo para obtener votos sino para incorporarlos efectivamente en las tareas del nuevo gobierno. No podemos dejar de mencionar un factor clave y todavía poco explorado: la posibilidad de un vaciamiento del proyecto del Partido Republicano en aquello que lo ha distinguido en los últimos años y por lo cual la mayoría de las personas de centroderecha votaron por Kast en 2021 y 2025. Varios aspectos pueden confluir en esta dirección: el propio José Antonio Kast ha dicho que dejará su partido durante la Presidencia, la coalición, los potenciales ministros y la toma de decisiones tienden a quitar relevancia a los republicanos, el tono parece haber cambiado.

Esto último es de la mayor importancia. Si José Antonio Kast triunfó en estas elecciones, lo hizo como un proyecto alternativo tanto a Chile Vamos como a los Nacional Libertarios, así como frente a la izquierda y al proyecto de Parisi. Él reforzó temas de convicciones y de estilo, se distinguió de las otras derechas sin buscar el conflicto, pero encabezó orgulloso un camino iniciado hace ocho años. No se trata de buscar el camino propio o privarse de la contribución, integración y trabajo conjunto con otras fuerzas políticas: pero no es lo mismo que ello ocurra con las ideas y el estilo propio o que se lleve adelante sin doctrina o con un eclecticismo que no se entienda.

José Antonio Kast tiene una gran oportunidad como Presidente de la República, tanto en las tareas que debe llevar adelante como en el estilo que imprimirá a su administración. En primer lugar, porque en esta oportunidad las prioridades de su propuesta política coinciden con los deseos y necesidades de la población, lo que facilita el desarrollo de la agenda y permite un mayor respaldo ciudadano en tareas que son difíciles y en algunos casos polémicas. En el segundo plano, porque José Antonio Kast puede instalar –en lo personal pienso que debe instalar– un estilo propio de gobernante, con todo lo que ello implica para el éxito de su mandato y para la continuidad de sus ideas en La Moneda, que refleja una de las formas de medir el éxito de un gobernante. Además, la oposición a Kast estará más debilitada y deslegitimada que en el pasado (al menos en los primeros meses de la administración), no podrá validar la violencia como en 2019 y deberá recomponerse, desde el punto de vista orgánico y de los liderazgos. No debemos olvidar que Jeannette Jara obtuvo el peor resultado de la izquierda – o centroizquierda o progresismo – desde el regreso a la democracia, e incluso sacó un porcentaje más bajo del que obtuvo el general Pinochet en el plebiscito de 1988.

Para el nuevo gobierno, se acerca el tiempo final del “horizonte de expectativas”. Desde el 11 de marzo –y en algunos casos desde ya– comenzará el “espacio de experiencia”. La labor de Kast ya no será juzgada por la promesa, las propuestas de campaña, el rechazo a Boric o al comunismo, sino por la realidad, el cumplimiento del programa y los resultados en algunos temas cruciales: la inmigración ilegal y descontrolada, así como la delincuencia común y el crimen organizado, deberán tener derrotas claras que vayan anunciando el camino hacia el resultado final. El gobierno que viene tiene un mundo de oportunidades, y para ello se aprecia mística y determinación. Pero la hora de la victoria tiende a ocultar los riesgos y no ver la realidad en toda su complejidad. Esa es una de las primeras tareas que debe abordar el Presidente electo, para facilitar el éxito de su gestión.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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