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Esta semana, sin que en esta parte del mundo lo notáramos, se cumplieron dos años del mandato del Presidente de la República de China (Taiwán), Lai Ching-te. En su discurso de aniversario señaló que “el futuro de Taiwán no puede ser decidido por actores fuera de nuestras fronteras. El país no puede ser rehén del miedo, la división o ganancias de corto plazo. El futuro de Taiwán debe ser determinado por sus 23 millones de ciudadanos”.

La frase fue la respuesta de Lai a las conversaciones que sostuvieron Xi Jinping y Donald Trump en Beijing entre el 13 y el 15 de este mes sobre el futuro de la isla, donde el líder chino reiteró una vez más la imprescindible reintegración de Taiwán a China, tema capaz de amenazar seriamente la relación entre ambas potencias en caso de que sea “mal manejado”. Sugirió que el deseo de Trump de “hacer grande a EE.UU. nuevamente” y la política de “rejuvenecimiento de la nación china” pueden ser complementarias; evitando la “trampa de Tucídides” y estableciendo un nuevo paradigma para las relaciones entre ellos. Sugería, en otras palabras, que el avance chino es imparable y que EE.UU. debe ajustarse a su ritmo.

Xi no era el único destinatario de la respuesta del taiwanés. Sus palabras estaban dirigidas más bien a Donald Trump que, en términos inusuales, expresó en Beijing su frontal oposición a la idea de una independencia de la isla, y agregó textualmente que dicho objetivo “alguien lo busca allí, ahora” (Lai). Las palabras de réplica del taiwanés respondían también a la falta de compromiso de EE.UU. sobre el futuro de la isla, cuando el norteamericano afirmó en la capital china que “lo último que necesitamos ahora es una guerra a 9.500 millas de distancia”. A pesar de lo anterior, Trump reiteró, en la seguridad del Air Force One, la necesidad de mantener la “ambigüedad estratégica” de EE.UU. frente al tema, pero a esas alturas aquello no era suficiente para Lai.

Esta ambigüedad se pondrá a prueba con la eventual autorización de venta de armas a Taiwán por unos US$ 14 mil millones, esenciales para la defensa de la isla y archipiélagos bajo su soberanía. Ningún otro tema fue, aparentemente, más importante que este en la reunión de ambos líderes.

Según el extrovertido developer neoyorkino, la entrega del paquete militar dependería, sin embargo, del comportamiento chino en otras áreas, incluyendo lo económico. Es decir, Taiwán sería una ficha de cambio. Nunca antes la democrática isla, asociada a la defensa de la libertad (junto a El Líbero la visitamos hace tres años por esa simbología), se había sentido tan maltratada por un Presidente norteamericano. Trump admitió, además, que la venta de armas fue un tema conversado con Xi. Por lo tanto, violó las garantías dadas por Washington a Taipei en 1982 en el acuerdo de “Seis Seguridades”, donde se estipulaba que la entrega de armamento jamás sería discutida con Beijing.

Este suministro militar fortalecería el despliegue de un sistema de cohetes artillados de alta movilidad en las islas taiwanesas de Penghu y Dongyin, situadas en la parte norte del estrecho de 180 kilómetros de ancho, que separa la isla del territorio continental chino; y un sistema de misiles con alcance de 500 kilómetros. Según el Instituto del Estudio de la Guerra, con este equipo Taiwán podría mejorar una zona de neutralización en el interior de China y complicar los esfuerzos de Beijing para concentrar tropas e intentar un asalto anfibio. La zona de neutralización abarcaría las bases navales de Wenzhou y Ningbo, una base aérea al noreste de la provincia de Guangzhou y las ciudades de Quangzhou, Fuzhou, Zhangzhou y Xiamen (35 millones de habitantes en conjunto). La última de ellas, es la ciudad que disputa con Valparaíso ser sede de la Autoridad Mundial de los Fondos Marinos.

Sin estos elementos defensivos y con un Trump renuente a defender la isla, varios analistas taiwaneses describieron la reunión de Beijing como un escenario de pesadilla para ellos. Temen que la República se convierta en el menú de las negociaciones entre ambas potencias para evitar la guerra y reemplazar la amenaza por negocios. Sienten con desazón que, si el precio a pagar por Beijing a Washington es la compra de bienes norteamericanos o actuar a su favor en Irán y en el Golfo Pérsico, la isla y su autonomía pasarán a la historia y se rediseñarán las zonas de influencia en el este de Asia.

Un tema especialmente sensible para EE.UU. es lo que pasará con el control tecnológico. En Taiwán se produce el 92% de los microprocesadores avanzados del mundo o “nodos avanzados” (de 7, 5, 3 y próximamente 2 nanómetros), base de las tecnologías del futuro. Los microchips son su “escudo defensivo de silicio”. No obstante, Trump los acusa de haberles “robado» el negocio y los presiona sin rodeos y en forma brutal a trasladar su producción a suelo norteamericano.

No deja de ser sintomático que en la delegación de Trump a Beijing el norteamericano iba acompañado de Tim Cook (Apple), Jensen Huang (Nvidia), Elon Musk, (Tesla), Cristiano Amon (Qualcomm) y otros clientes de TSMC (Taiwan Semiconductor Manufacturing Company), la principal empresa mundial del rubro. TSMC está administrada por Che-Chia Wei, ex ejecutivo de Texas Instruments y ha anunciado inversiones en Arizona por otros US$ 100 mil millones (US$ 165 mil millones en total, es decir, poco menos de la mitad del PIB chileno) y no es la única empresa taiwanesa en hacerlo. También anuncian inversiones allí UMC, Foxconn y Quanta Computer.

Sin embargo, la población taiwanesa parece estar asumiendo una actitud pragmática, ya que la fusión parece inevitable. De acuerdo con la Fundación de Investigación de Políticas Nacionales, un “think tank» ligado al partido opositor Kuomintang, un número creciente de ciudadanos estima que Taiwán no debe apostar a una sola carta (EE.UU.) sino lograr un marco de maniobra propio, una “relación equidistante” entre EE.UU. y China continental. Según la Fundación, en EE.UU. confía un 36,4% de la población, pero desconfía de Washington un 41%. Es más, un 44,3% de los entrevistados prefirieron, según su Director Ejecutivo, una política que no obligue a Taiwán a jugarse a un solo bando y que la isla aumente su espacio y margen de acción ante las dos partes.

Las posibilidades de un cambio son relativamente altas a mediano plazo. Hoy, el Kuomintang y el Partido Popular de Taiwán (TPP), ambos en la oposición, controlan en conjunto 60 escaños y el gobierno (DPP) 51. En estas condiciones un impeachment contra Lai no es posible (76 votos). Sin embargo, si los opositores logran articular un discurso consistente sobre crecimiento económico, que alcance y supere las actuales cifras récord; si sigue desgastándose el DPP (entre otros motivos por la fatiga del discurso hacia China); si este deterioro se confirma en las elecciones locales del 28 de noviembre; si Trump insiste en plantarle cara a la isla, y Xi presenta una faceta más razonable y próxima a la oposición, es posible pensar en una negociación. En esta ecuación, será clave seguir el precio que cobre Washington a Beijing por la no entrega de armas a Taiwán, y lo que pase con el traspaso del sector tecnológico isleño a suelo norteamericano.

Embajador, ex Subsecretario de Relaciones Exteriores

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