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La Asamblea de Madrid aprobó una ley que, leída en frío, no parece materia de escándalo: dispone que un niño todavía no nacido pueda contarse, para ciertos efectos administrativos, como uno más de la familia. Basta un certificado médico y catorce semanas de gestación para que una familia con dos hijos y uno en camino sea, ante el Estado, numerosa; para que acceda a una beca, a una rebaja, a un cupo. La medida es modesta hasta la timidez —no prohíbe nada, no obliga a nadie, apenas suma— y, sin embargo, la oposición la ha llamado “ideológica” y “batalla cultural”, como si contar a un niño fuera un acto de guerra. Consideremos el dato que vuelve la escena casi cómica: esto ocurre en España, donde se practican más de cien mil abortos al año y donde el aborto libre es ley pacífica y práctica de masas. Es decir, el gesto de contar al no nacido ha brotado, precisamente, en el suelo donde menos cabía esperarlo.

Chile, mientras tanto, vive su propio escándalo contable, y vale la pena mirarlos juntos. Un avión procedente de Puerto Príncipe traía en su manifiesto ciento veinticuatro niños y aterrizó en Santiago con sesenta; se supo luego que unos pocos adultos habían ingresado al país, en viajes sucesivos, cerca de medio millar de menores con los que no tenían vínculo alguno, y que de más de doscientos se ignora el paradero. El país entero se detuvo. Fiscalía de oficio, comisiones investigadoras, informe lapidario de Contraloría, el Presidente calificando el hecho de gravísimo. Y hay que decirlo sin ironía: todo eso es muy bueno. Una república que todavía se paraliza porque no le cuadran los niños de un manifiesto es una república viva. Pero nótese cómo empezó todo: alguien comparó dos cifras. Ciento veinticuatro contra sesenta. El horror no se descubrió con una proclama sino con una resta. Contar fue, literalmente, la manera de ver; y la conmoción nacional que siguió prueba que el corazón chileno sí siente, cuando los números le permiten mirar.

Porque contar, en español, tiene la fortuna de significar dos cosas a la vez: enumerar y narrar. Meter en la lista y decir en voz alta. Madrid acaba de hacer las dos con el mismo gesto: inscribió al niño en el registro y, al inscribirlo, contó su historia ante una cultura que abraza el aborto como un “derecho humano”. Madrid no esperó el consenso para contar al niño; contó al niño, y con ese gesto empezó a fabricar el consenso que no tenía, enfrentando la inevitable alharaca del pañuelo verde y su pariente morado. Madrid demostró no solo valentía, sino sensatez: comprendió que quien exige el acuerdo antes de moverse ha confundido el efecto con la causa, y suele, de paso, esperar sentado toda la vida.

Y aquí asoma la paradoja que debería avergonzarnos. Se acusa a Madrid de novedad ideológica por tratar al concebido como un niño; pero no hay nada más antiguo en el Derecho de Occidente. Lo hizo Roma —nasciturus pro nato habetur, al concebido se le tiene por nacido en todo cuanto le beneficie—; lo hicieron las Partidas. Lo verdaderamente nuevo, lo insólito, lo sin precedentes, no es contar al niño: es descontarlo. Y en esto Chile tiene una biografía que haría palidecer a Madrid. Desde 1855, nuestro Código Civil dispone que la ley protege la vida del que está por nacer —lo mismo dice nuestra Constitución— y manda al juez tomar todas las providencias para cuidar su existencia. La ley chilena le reconoce al no nacido alimentos —puede una madre demandarlos por el hijo que todavía no nace—; le reconoce herencia, y un tutor para cuidarla; lo protege “desde el momento de la concepción” cuando prohíbe destruir embriones en la investigación científica; permite iniciar su adopción antes de que nazca; ampara sus bienes hasta en la ley de impuesto a la renta; y le dedica, por si algo faltara, una fecha en el calendario, el 25 de marzo, día del niño que está por nacer.

Se me objetará que Chile también tiene su contabilidad, y es verdad. Tenemos estadísticas de aborto prolijas, anuales, desagregadas por causal: algo más de cinco mil trescientos casos en siete años de ley. No falta la cifra; el registro existe y es público. Pero mírese bien qué es lo que se cuenta. Madrid cuenta niños; Chile cuenta “interrupciones voluntarias del embarazo”. La nueva estadística española registra a alguien; la nuestra registra algo: un procedimiento, un acto “médico”, un evento sanitario. Es la operación más fina del sofisma moderno: no negar el número, sino cambiar el sustantivo. Se puede contar todo sin contar a nadie. En el manifiesto del avión de Puerto Príncipe decía “niños”, y por eso la resta nos heló la sangre; si hubiera dicho “traslados voluntarios de pasajeros” quizá seguiríamos durmiendo tranquilos. El mal, administrado con inteligencia burocrática, no necesita monstruos: le basta una palabra amable interpuesta entre el hombre y lo que hace. Así —enseña Hannah Arendt— el mal se vuelve banal. Madrid abandonó el eufemismo. Chile se aferra al sofisma y lo llama neutralidad técnica.

Lo esperanzador es que Chile demostró tener intacto el órgano que hace falta. Cuando los números dijeron “niños”, el país se detuvo, y ese detenerse —incómodo, costoso, sin cálculo— es de las cosas más nobles que nos han pasado en mucho tiempo. Nadie pidió consenso para buscar a los niños ausentes: se los busca porque son personas, aunque no se los vea. Todo el asunto consiste en extender esa misma honradez aritmética unos centímetros más allá de la losa del aeropuerto. Madrid lo hizo con un formulario, un certificado y una casilla nueva donde antes no cabía nadie: descubrió que empezar a ver era tan sencillo y tan difícil como empezar a contar por su nombre. Y contar, que parecía la más humilde de las operaciones, resulta ser la más valiente, porque siempre habrá quien llame escándalo al simple gesto de decir, en voz alta, que ahí hay alguien. Y todo alguien, cuenta.

Director Ejecutivo Comunidad y Justicia. Editor de Revista Suroeste

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