La carrera de la tortuga coja
El gobierno ha consolidado un tipo de comportamiento colectivo incompatible con asumir de manera continua la iniciativa política. Esto no se relaciona sólo con el hecho objetivo que un gobierno de minoría no puede esperar que su agenda se vea implementada sin grandes obstáculos y todavía más concesiones.
Se parte de la base de que no contar con apoyo suficiente en el Parlamento y haber pasado por dos derrotas no te facilitan la vida. Lo que hay que agregar a estos datos de la causa, es que el oficialismo no cuenta con coaliciones capaces de apoyar al gobierno y asegurarle un respaldo seguro, aunque limitado.
La administración Boric no tiene coaliciones estructuradas para gobernar, lo que no quiere decir que sean sumamente eficientes en impedir que se gobierne tomando la iniciativa política, excepto en episodios muy específicos. Las diferencias de opinión se consignan, se inhabilitan los cursos de acción conjuntos, los avances son lentos por las discusiones interminables. Por eso llega tarde, mal y de a poco.
El gobierno dispone de eficientes agrupaciones electorales que consiguen recoger el voto duro de izquierda desplegados en campaña, pero se ha demostrado que no existen como respaldo disciplinado de las decisiones gubernamentales.
RD se defendió sin en apoyo del Frente Amplio. El PS mostró su malestar sin concertarse con los otros partidos de Socialismo Democrático. Al final, lo que existen son los partidos y lo que tiene una existencia fantasmal son las coaliciones.
En esta crisis el oficialismo no reaccionó como equipo, sino que se movilizó por componentes. El gobierno no pudo ordenar a nadie, porque estaba siendo desordenado por parte de la dirigencia de una de sus tiendas. El nivel de confianza entre socios llegó a un punto mínimo.
En medio de un vendaval interno que parece capaz de seguir creciendo, el gobierno ha perdido por completo la iniciativa política. No hay reformas viables y el gobierno está preocupado de la probidad de las fundaciones. Y cuando estaba peor, vino la derecha en su rescate.
Cuando perder es casi imposible y se logra
Luego del plebiscito y de la elección de consejeros constitucionales, la derecha parecía predestinada a ganar elecciones y discusiones. Está en el lugar que le permite cosechar victorias con solo mantenerse en sus fuertes hasta ahora inexpugnables: presencia parlamentaria con poder de veto; mayoría constituyente que decide qué entra y qué no; aporte cotidiano de errores y fallas de gobierno.
Para ganar no tiene que hacer nada. Aunque esta es una manera inexacta de expresarse. Se necesita que el tiempo trascurra de modo que permita a todos en este sector acomodarse a la nueva distribución de fuerzas.
Si la oposición llega a un acuerdo electoral para las elecciones territoriales, sus ventajas se acrecientan a un punto inalcanzable para sus adversarios. Porque si este pacto se cierra es porque Republicanos pide menos de lo que su fuerza le permite solicitar, entrega una oferta demasiado tentadora a sus socios de centroderecha -que ya están más que preocupados- y los resultados electorales serían óptimos. Todo con vistas a ganar la presidencial.
Y cuando cada pieza comienza a encajar y se está por concluir el movimiento completo, los menos lúcidos del barrio se consiguen una pelea innecesaria, se divide al propio sector en temas valóricos y se sufre una derrota convertida por los propios en emblemática. Eso fue la acusación constitucional contra Ávila.
¿Por qué se dio este paso tan torpe? Porque los demás están tratando de emular a Republicanos y creen que la fórmula consiste en darle duro al gobierno en sus puntos débiles. Están imitando al partido de Kast justo cuando este entiende que lo que viene es dar muestras de moderación.
La falta de imaginación de los imitadores da pena. Su error consiste en la exageración. Puede que el gobierno no pueda tomar la iniciativa política, porque no está suficientemente cohesionado para lograrlo. Lo que tiene es un déficit estructural, pero está lejos de arriesgar un desplome. El gobierno no va a recibir instrucciones de la derecha para ejercer el mando, lo ejerce con dificultades, pero lo ejerce.
Esta derrota de la derecha estuvo a cargo de los apresurados, de los improvisadores, de los voluntaristas. Someter al gobierno estaba fuera de su alcance. Se juran conductores cuando están siendo conducidos. Por eso ahora estarán bajo vigilancia y es difícil que convenzan a muchos de otras operaciones tan dañinas como innecesarias.
El que se deje atrapar por los fantasmas del pasado, está frito
A los contendores los acechan las sombras del pasado. Es normal que cada uno de nosotros tenga que hacerse cargo de sus dichos, lo que es más raro es que se le pida que se haga cargo de lo que nunca dijo, como le ocurrió a Patricio Fernández.
No se ha podido encontrar ninguna declaración de Fernández que justifique el golpe de Estado de 1973, porque tal cosa no existe. Sin embargo, ha tenido razón en renunciar a su cargo porque, con razón o sin ella, quien está a cargo de una conmemoración nacional no puede estar enfrentado con organizaciones de derechos humanos. Pero algo nos dice que esto no termina con esta renuncia.
A 50 años de una de nuestras mayores tragedias tenemos la obligación de mantener el carácter nacional de la conmemoración. El sector que privilegie expresar su interpretación sólo puede retroceder, porque los sectarismos del pasado no están de moda ni se comprenden. Personas que evalúan distinto el gobierno de la UP y el golpe de Estado, han de reunirse con el propósito común del “nunca más”. Eso tiene sentido, pero no siempre se hace lo que tiene sentido.
Fue la intolerancia y el sectarismo lo que nos llevó al 11 de septiembre y no será una repetición de esos mismos comportamientos como podremos demostrar que hemos aprendido la lección. Al fin encontramos algo que compartimos.
Una víctima directa de estos acontecimientos tiene todo el derecho a conmemorar a los caídos. Puede ser un momento para el homenaje. Lo que nadie puede hacer es dictaminar que ese comportamiento es el único válido para todos sus compatriotas. Otros rendimos homenaje tratando de entender lo que pasó.
Eso no significa defender que todo comportamiento sea éticamente igual de válido. Pero si la nuestra fue una tragedia fue porque nadie supo identificar una salida a tiempo y fue capaz de encontrar el entendimiento con los adversarios. Que nadie nos privará del derecho de dialogar entre los que somos diferentes.
