Este 16 de octubre se celebra en Chile el día del Profesor. En otros países tiene fechas establecidas diferentes, pero en todos tiene el mismo sentido: reconocer la importante labor que realizan los educadores. Muchas veces eso significa saludar a los profesores jefe, quizá un día festivo en los establecimientos educacionales y algún regalo institucional. En otras ocasiones sólo implica un reconocimiento formal, poco sentido, obligado por las circunstancias, pero sin una convicción profunda.

Pienso que el día del Profesor, así como el comienzo de las clases cada año, es un gran momento para pensar en serio el tema, tanto desde el punto de vista personal como en una visión más institucional. Es decir, es importante la celebración puntual, pero más relevante es el asunto de fondo: los profesores con muy importantes para la sociedad chilena, no es posible el progreso social sin una buena educación, tanto en los niveles superiores como aquella que llega a las mayorías de la población. Necesitamos profesores de calidad, con vocación, que sean capaces de transmitir conocimientos es sus respectivas disciplinas y que puedan estimular las vidas de sus estudiantes.

Cada persona puede tener sus recuerdos acerca de profesores que influyeron profundamente, cuyas clases le gustaron y que influyeron positivamente en sus vidas, a través de su ejemplo y sus enseñanzas. Quizá a ellos se refería Gabriela Mistral cuando decía “mi clase se va volver a escuchar en la vida de mis alumnos”. Lo que ocurre es que las clases de un profesor –simples, vivas, cultivas y hechas con amor– pueden ser una fuente fecunda de formación más allá de la sala de clases y el curriculum, de las exigencias formales de los planes y programas o de las relaciones contractuales en un determinado establecimiento.

Hay películas que muestran muy bien lo que significa ser un profesor con vocación y que asumen su tarea con una dedicación profunda y determinada, y que por lo mismo trascienden en su enseñanza. Muchas de esas obras muestran las contradicciones de la vida profesional, los claroscuros de la vocación, los logros que alimentan la vida y aquellos dolores que hacen dudar sobre el camino elegido. La sociedad de los poetas muertos es una gran película, que muestra los días del profesor John Keating en la Academia Welton: era un profesor distinto (frente al modo formalista y rutinario de sus colegas), carismático y culto, que marcó a los jóvenes a través de unas clases diferentes y con ciertas reflexiones que apuntaban a una mejor comprensión de la vida. Entre ellas se pueden inscribir “Carpe Diem”, es decir, aprovecha el día, que Keating resumió así: “hagan que sus vidas sean extraordinarias”. Los problemas vocacionales, familiares, personales y educativos están presentes a lo largo de toda la película.

Otra película notable es Los coristas (o Los niños del coro), que también se refiere a la vida de un colegio, pero totalmente distinto. Si Welton era un lugar donde se educaban los hijos de familias con muchos recursos, El fondo del estanque –nombre sin duda irónico– era exactamente al revés: se trataba de un internado para niños huérfanos o de escasos recursos, donde muchos profesores sólo esperaban jubilarse y daban por perdidos a sus estudiantes, que a su juicio no tenían futuro. El caso del profesor Clément Mathieu, un verdadero maestro, era exactamente al revés: en su pedagogía, ejercida a través de la música, logra despertar energías desconocidas en sus alumnos, les provoca deseos de surgir y un afecto que no desaparece con el paso del tiempo. Mathieu era un hombre que vivía su enseñanza con pasión y esperaba de sus alumnos mucho más de lo que ellos mismos podían suponer, con resultados sorprendentes.

El tercer ejemplo que podríamos mencionar se titula El profesor (Detachment en su versión original). En esta obra el profesor Henry Barthes es un reemplazante en un colegio público, que experimenta cierta decadencia. En distintas partes de la película aparece una idea central: el profesor lograba “ver” a las personas, especialmente cuando tenían problemas, mientras para la mayoría ellos no existían o eran simplemente un número más (de hecho, algunas traducciones le llaman Indiferencia a esta historia). El resultado es un cambio parcial en algunos alumnos y se puede apreciar el renacer de la esperanza, aunque la propia película muestra las frustraciones y el desengaño, con dramas también insospechados.

Nuestros tiempos son complejos por distintas razones. La educación no tiene una prioridad desde las instituciones políticas ni una valoración conforme a su importancia social. Muchos resultados muestran que la calidad de la enseñanza en Chile es deficitaria. Adicionalmente, el mundo ha cambiado, lo que obliga a una adaptación de parte de los colegios y los profesores, para entender y utilizar de manera positiva tanto la inteligencia artificial como otras herramientas antes inexistentes. A todo ello se pueden sumar problemas de recursos, gestión, relaciones humanas y otros tantos asuntos que hacen más difícil y compleja la tarea de la enseñanza.

En la actualidad, el desafío de los profesores es doble. Por un lado, debemos prepararnos más, estudiar más y mejor, tanto en las diferentes disciplinas que se enseñan en los colegios y universidades, como en la forma y medios que debemos utilizar para educar mejor. Por otro lado, debemos renovar nuestra vocación, como tarea decidida y permanente. Se trata de ese impulso que nos movió a dedicar la vida a la enseñanza, que nos movió a apasionarnos por una disciplina y por la educación de las nuevas generaciones.

Educar en la era de la inteligencia artificial es difícil, pero seguramente lo fue mucho más en el tiempo en que la pobreza era aún mayor, cuando pocos accedían a la educación superior, cuando no existía tanta conciencia sobre la importancia de recibir una enseñanza formal. Hoy existe menos respeto a la autoridad, lo que atenta contra el prestigio y labor de los docentes, muchas veces acosados por los propios alumnos y apoderados. La lectura amplia, comprensiva y formativa ha dado paso a las imágenes, lecturas cortas y a la escasa comprensión de lo que se lee. ¡Cuánto queda por hacer!, para salir adelante y producir efectos positivos en la enseñanza.

Así nuevamente hoy, como ayer y ojalá siempre, podremos repetir con míster Keating: “Me encanta enseñar. No quiero estar en ninguna otra parte”. Ser profesor es una vocación, no solo una actividad profesional. Para recordarlo nuevamente este día del Profesor y para renovar nuestra fe en el camino elegido y nuestra esperanza en una sociedad mejor.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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1 Comment

  1. Muy de acuerdo con la importancia de los profesores en el aprendizaje de los niños. Por eso se dice que no hay escuelas mejores que sus profesores.
    Considerando que no sabemos cómo será el mundo cuando los alumnos lleguen a trabajar, la educación chilena necesita una transformación que les permita desarrollar nuevas competencias para que se puedan desenvolver con éxito y liderar sus proyectos de vida.

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