La elección presidencial en Venezuela -el pasado domingo 28 de julio- ha tenido múltiples ecos en el mundo y también en Chile. Aunque algunos países han felicitado la reelección del dictador Nicolás Maduro (China, Rusia y otros), la regla general ha sido distinta, pues las democracias occidentales no solo no han reconocido los resultados del régimen, sino también han respaldado la elección de Edmundo González como nuevo Presidente de Venezuela. Por cierto, no bastan las declaraciones, pues siempre termina dominando quien ejerce el poder real, pero no cabe duda que las señales son potentes y orientadoras.
Como era previsible, la elección ha tenido repercusiones en Chile, y seguramente seguirá teniendo efectos en las próximas semanas y meses. El principal afectado, para comenzar, ha sido el gobierno del presidente Gabriel Boric, por las contradicciones que se pueden observar entre los miembros de la administración. Por una parte, el gobernante hizo saber a su par venezolano que debía dar a conocer las actas de la elección, por cuanto no resultaban creíbles las informaciones que había dado a conocer sobre su supuesta victoria. Por otra parte, el Partido Comunista ha manifestado su tradicional lealtad hacia el régimen bolivariano, así como su confianza sobre la limpieza de los comicios y la veracidad de los resultados entregados por el régimen.
Muchos analistas han expresado que esto podría significar una ruptura entre el Presidente y el Partido Comunista, pues se suma a la larga lista de desavenencias que han tenido en este último tiempo. Incluso Pepe Auth expresó hace algunos días en «Política para Adultos» de El Líbero, asertivamente: “Los días del PC en el gobierno están contados”. Discrepo. Me parece que hay demasiadas señales que indican que las discrepancias entre el gobernante y los comunistas están permitidas, son parte de la forma de relacionarse, incluso permite cubrir mejor el espacio político de una izquierda más dura con otra más democrática, una que le habla a la historia y sus símbolos y otra que entiende los desafíos de gobernar y se ha vuelto más pragmática y está pensando en el futuro. A esta explicación se podrían añadir algunas consideraciones menos ideológicas, como los miles de cargos ocupados por los miembros de los distintos partidos que llegaron a La Moneda en marzo de 2022, que hacen inviable una renuncia masiva de los comunistas al espacio de poder que han conquistado, con mayor razón cuando los costos de contradecir al Presidente de la República son prácticamente nulos. Por otra parte, parece inviable que el gobernante decida sacar a los comunistas del gobierno, por razones históricas y políticas.
En efecto, quien lo hizo de manera clara, en una disputa que tiene muchos bemoles, fue Gabriel González Videla. Ahora Gabriel Boric, como es obvio, no querría pasar a la historia como el “traidor de Chile”, según bautizara Neruda al Presidente radical, y por cierto tampoco le gustaría recibir todos los improperios que quedarían en la lista larga en caso de un quiebre definitivo. Pero a ello se suma una cuestión práctica: los comunistas fuera del gobierno serían un problema doble para la administración. En primer lugar, porque significaría perder un importante apoyo en numerosos asuntos, que ha estado presente por comunidad ideológica, a pesar de las diferencias ocasionales: así se puede apreciar en lo que fue el proceso de la Convención Constituyente, o en proyectos como el alza de impuestos o la reforma de pensiones, entre otras. En segundo lugar, porque podría pasar a tener un importante grupo opositor, ya no solo en el Congreso, como lo representan las derechas, sino también en la calle y en ciertos gremios y sindicatos. El apoyo tibio de la Democracia Cristiana no compensaría esta pérdida del gobierno.
Hay un tema más importante que ha emergido a propósito de la cuestión venezolana, y que requiere un análisis más profundo y de largo plazo: es el debate sobre la democracia. Como sabemos, desde el punto de vista conceptual e ideológico, se trata de una disputa siempre presente, con definiciones y contradicciones, intentos de apropiación y descalificaciones. Así fue a comienzos de la república, cuando muchos asociaban democracia a “anarquía”; también en los años 50 y 60 del siglo XX, cuando se la tildaba despectivamente de “democracia burguesa” por parte de la izquierda. Gran parte de la lucha de los años 70 y 80 fue por la dicotomía comunismo-democracia (contra la Unidad Popular) o dictadura-democracia (contra Pinochet). Las experiencias y el aprendizaje político llevaron a un resultado claro: todos comenzaron a querer la democracia y ella se estableció con fuerza a partir de 1990, prácticamente sin detractores y con sinceros partidarios y defensores.
En los últimos años la cuestión se ha puesto más compleja. En parte porque la revolución de octubre de 2019 alteró la visión que existía sobre los 30 años de democracia en Chile, pero también porque hubo reivindicaciones de otras fórmulas que transitaban entre el populismo y la radicalización de la democracia, que ha tenido fortuna intelectual en algunos lugares. En parte también por lo que ha ocurrido en Venezuela, que recuerda los amores del siglo XX, vigentes todavía aunque la combinación de miseria y dictadura sean poco atractivas, como ocurre en el régimen chavista de Nicolás Maduro. El problema, nuevamente, es histórico y político.
Renegar de Maduro, exigir democracia en Venezuela, respeto a los resultados o libertades públicas, puede llevar por un sendero peligroso a algunos sectores de la izquierda, que necesariamente deberían exigir lo mismo respecto de la dictadura de Daniel Ortega en Nicaragua o de Miguel Díaz-Canel en Cuba. La primera fue la última revolución del siglo XX, la sandinista; la segunda fue la primera revolución comunista en América Latina, a la que homenajeó Neruda en su Canción de Gesta, a la que acompañó Salvador Allende año a año y a la que se sumó la izquierda chilena en general, algunos en la ideas, otros en el simbolismo, casi todos en el reconocimiento al líder. Hoy la condena a la dictadura cubana y la exigencia de democracia en la isla es el corolario lógico de las demandas contra Maduro, aunque en política no siempre prima la lógica.
El debate de la democracia estará siempre presente y nunca acabado. Presentará contradicciones para las izquierdas y las derechas, dependiendo del tema en discusión, del momento histórico y de las adhesiones políticas. Considerando que se ha vuelto hegemónico, la mayoría intentará utilizar el concepto en su favor. Como podemos apreciar, el debate llegó para quedarse, afectará al gobierno, al Presidente y a sus partidos, aunque no provoque la división que muchos esperan. Algunos mostrarán las medallas de su coherencia de años; otros adoptarán posiciones con el oportunismo que requieren las circunstancias o intentarán surfear la ola; no faltarán quienes se han convencido por la dura marcha de los acontecimientos.
