Venimos del país de Nunca Jamás
Hay gobiernos que escogen sus desafíos y desafíos que escogen al gobierno de turno. En el caso actual, la realidad se ha impuesto a las intenciones políticas.
La situación es tan demandante que pocos se detienen a analizar este hecho. Sin embargo, repetir hoy los discursos inaugurales de Gabriel Boric parecen los vestigios de un tiempo anunciado, pero que no llegó.
El Chile que se aproxima al 2024 ya tiene en la seguridad su foco de atención. Si se quiere ser más fino, aparte de la dimensión de seguridad pública, se pueden agregar otras relacionadas con la economía y lo social. Lo que la mayoría quiere decir es que se debe asegurar que la violencia y la delincuencia estén contenidas.
Es esta priorización la que queda reflejada en el Presupuesto y lo que se expresa en recursos asignados es la verdad, lo demás queda en intenciones.
Cuando lo que se quería conseguir eran reformas estructurales, lo que había que despejar era la negociación con la derecha. Este tipo de conversaciones han adquirido en el presente un tono surrealista
Ahora importa alcanzar mínimos aceptables de calidad de vida, y lo que interesa es que los recursos públicos sean bien empleados, algo que anteriormente se daba por supuesto, o, al menos se daba como un objetivo honestamente procurado.
Cuando se estaba emplazando a la derecha a no poner obstáculos a los cambios que aseguraban equidad, se estaba a la ofensiva. Ahora que se tiene que probar que se respeta la responsabilidad fiscal, se está a la defensiva. Hoy la honestidad en la administración pública es algo que no se da por supuesto, sino que se tiene que probar una y otra vez.
Nada más distinto a la administración Boric al asumir que su gobierno en su tiempo medio. De emplazador se pasó a emplazado y el que vino a cambiar el país con equipos y estrategias resplandecientes por su falta de uso, está ahora siendo transformado para conseguir un buen funcionamiento de las tareas habituales.
La situación creada es sólo apta para personas con criterio suficientemente golpeado por la contingencia, dispuestas a encarar los hechos desnudos.
Ya es suficientemente malo que te emplacen por las promesas que no pudiste cumplir, es todavía peor que sean pocos los que se tomen la molestia de recordar tus promesas iniciales. Como dice sabiamente el vals peruano es preferible el odio a la indiferencia. Esto pinta muy feo. Por si fuera poco, el país está adquiriendo la costumbre de dividirse entre buenos y malos.
Hago la guerra para llegar lo antes posible a la paz
Sin darnos cuenta, estamos pasando a un mundo de blancos y negros en el que, por fortuna, cada uno de nosotros está, por definición, en el bando correcto.
No es que a alguien se le escape la necesidad de incentivar los acuerdos, más bien lo que ocurre es que nunca parece llegar el momento de reconocerlos como prioritarios. Incluso la exitosa agenda de seguridad, donde la derecha ha tenido un papel protagónico, no se celebra como un logro trascendente, se la ve a partir de lo que le falta. Cuando los acuerdos consiguen triunfos tienen que pedir disculpas.
Los partidos están jugando cada vez menos su papel de procesadores de diferencias porque la posibilidad cercana de alcanzar el poder se está considerando motivo suficiente para incentivar la polarización.
El paso dado por la derecha en su conjunto es decisivo. Si radicalizó el discurso de campaña pensando que, en todo el país, los ciudadanos estaban rechazando en exclusiva al gobierno, todo habrá salido de acuerdo a lo planificado y esa línea política no hará otra cosa que profundizarse en los años siguientes.
Si ocurre de manera distinta, es decir, si los ciudadanos están cansados de la política partidista y de bloques, y lo que ha hecho la derecha es salir de su exitosa estrategia de mimetizarse con los votantes, el error cometido es de primera magnitud. Se habrá convertido en un actor político más, peleando para ejercer el poder para sus propios fines, y esa pérdida la absorberá el liderazgo republicano.
Entonces la tortilla se dará vuelta. La derecha seguirá teniendo la primera opción presidencial, puesto que el gobierno seguirá siendo respaldado por una minoría, pero se tendrá conciencia de haber extraviado el camino el último año.
La duda cambiará de domicilio. Tras el triunfo republicano que lo convirtió en la primera fuerza política, la centroderecha no ha dejado de dudar de sí misma. Creyó que intentar ampliarse hacia el centro y moderarse había sido un error, se vio superada por un actor inesperado en sus reductos, dejó lo que sabía hacer bien y adquirió un tono tan agresivo que llega a la impostura. Son conversos al radicalismo haciendo procesión de fe. Nada muy edificante.
Pero si gana el En contra, la derecha moderada despertará como de un ensueño y volverá a tener más confianza en lo que ha sido siempre. Sabrá que tiene una oportunidad para imponerse en su sector y empezará una competencia de resultado incierto, que son siempre las definiciones más apasionantes.
Cuando nadie gana todo, nadie pierde todo
Siempre es un error prepararse sólo para la eventualidad de ganar porque un revés deja sin conducta. Eso no tiene sentido porque en una elección los resultados pueden ser dos y de no ser así, nadie participaría.
Por eso nos estamos aprestando a la confrontación, pero no para la cooperación, aunque la vivencia de la democracia implica hacer ambas cosas. Nunca hay que olvidar que se comparte una elección y que se comparten también las consecuencias del resultado, con independencia de cómo votemos.
Como señala John Rawls, para que una democracia funcione en la actualidad, se necesita que la sociedad política sea entendida como “un sistema equitativo de cooperación a lo largo del tiempo”.
Este sería un país de juguete si una de las opciones a votarse este domingo significara el mal absoluto. Sea el que sea el resultado, hay que prepararse para asumir las consecuencias y seguir construyendo Chile, sumando sus dos mitades, sin construir al medio un muro infranqueable.
Eso sí, de ganar el En contra las posibilidades de reencuentro se facilitan. Será un triunfo ambiguo en que los perdedores al cien por ciento no existirán. El último intento refundacional habrá sido superado, ya no existirá la posibilidad de escribir una Constitución nueva de principio a fin o del completo agrado de algunos que se imponen. Lo que quedará seremos nosotros, los mismos, todas y todos, buscando entendernos para hacer al país un poco mejor.

Ja ja ja, un malabarista intelectual…. muy tarde, pasó la vieja, como dijo la vieja….ya muy pocos les creen, son muy soberbios, inoperantes y cdr