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Este miércoles 18 de septiembre se realizó el tradicional Te Deum de Fiestas Patrias en la Catedral de Santiago, que contó con la presencia del presidente Gabriel Boric y otras altas autoridades nacionales. No cabe duda que lo más comentado del evento fue la homilía del arzobispo de Santiago, Fernando Chomalí. El tema es de la mayor importancia histórica y tiene un especial valor presente.

Las palabras del arzobispo deben entenderse en el contexto en el cual se pronunciaron, cuando Chile está a un año de cumplir el primer centenario de la separación constitucional del Estado y la Iglesia. Desde una perspectiva religiosa, el país ha sufrido en las últimas décadas un claro proceso de secularización y de pérdida de influencia de la Iglesia Católica en la sociedad. A ello se suma la crisis experimentada por los abusos de algunos sacerdotes, lo que generó indignación y desconfianza. No se puede dejar de mencionar, en los últimos años, la falta de liderazgo y de relevancia pública de muchos altos dignatarios de la Iglesia en Chile, que pudimos constatar en una voz ausente, situación compleja en momentos de tensión y en medio de múltiples problemas. Por último, la Encuesta UC-Bicentenario de 2022 muestra algunos resultados muy ilustrativos: de los jóvenes entre 18 y 34 años, a la pregunta “¿Qué religión profesa?”, solo el 36% declara que la católica, en tanto el 41% responde que ninguna (en 2006 las cifras eran 63% y 19% respectivamente). En cuanto a la creencia en Dios, el 73% responde “Creo en Dios y no tengo dura de ello” (frente al 93% de 2006), y el 11% sostiene “No creo” (era el 3% en 2006). Otras preguntas y respuestas ilustran muy bien los cambios religiosos de Chile en las últimas dos décadas (ver Centro de Políticas Públicas UC, Resultados Encuesta Nacional Bicentenario UC 2022).

No cabe duda que la presencia del arzobispo Chomalí ha representado un cambio, al menos al interior de la Iglesia. Activo en las redes sociales, suele pronunciarse sobre temas muy variados, desde la perspectiva de la fe. Él tiene una formación muy completa y un liderazgo –si se puede decir así– que parece de otros tiempos (en el buen sentido de la palabra). Está dispuesto a hablar, a poner su voz en la esfera pública, consciente de la compleja situación institucional y nacional. Así lo expresó en su primera entrevista al asumir como Arzobispo en Santiago a fines de 2023: “El drama es que tenemos una indiferencia religiosa que es mucho más compleja de reconocer, y tenemos también una cultura que no solamente es antirreligiosa, sino que también es antiautoridad y a nosotros nos pasa lo mismo. Yo pienso que una de las grandes tareas que tiene la Iglesia es recomponer el tejido social de la tolerancia y con fraternidad” (“Monseñor Fernando Chomalí: ‘El nivel de beligerancia que tenemos en la clase política es realmente intolerable’”, El Mercurio, 24 de diciembre de 2023, p. D8. Entrevista de Cristián Pizarro).

La homilía del Te Deum fue inteligente, bien pensada y con visión de futuro. Está basada en buena medida en el concepto de esperanza, en una época difícil para el país, cuando muchos parecen tirar la toalla. Chomalí lo reconoce con una afirmación que repite: “Chile no se caerá a pedazos”. Si bien se trata de una afirmación tácita de que en el último tiempo ha existido mucha destrucción y que hay demasiados pedazos de la patria en el suelo, el arzobispo prefiere enfrentar el futuro con trabajo y esperanza, en vez de hacerlo con la habitual crítica estéril y una pérdida de fe que conduce a una derrota anticipada. Hay razones para la esperanza, a juicio del prelado: los padres y madres con su trabajo, los jóvenes que se esfuerzan a pesar de la adversidad, los profesores y servidores públicos, los empresarios y emprendedores, los gendarmes, profesionales de la prensa y pueblos originarios.

A pesar de ello, no se oculta a monseñor Chomalí que el país tiene problemas graves, que expone como dolores. Ahí están los jóvenes y su soledad, así como los 400 mil “ninis” (que no estudian ni trabajan) entre los 15 y los 24 años, cifra que crece sobre medio millón si lo extendemos a los 29 años. Otro tema es el “empobrecimiento del valor del trabajo” y los despidos masivos, la precariedad laboral y la informalidad. Asimismo, no eludió el tema de la inseguridad y la corrupción, presente en la sociedad y en las instituciones del Estado, frente a lo cual invitó y exhortó “que se piense en la posibilidad de un gran acuerdo nacional donde todos quienes tenemos responsabilidades en el país –públicas y privadas– nos escuchemos y dialoguemos”.

En la parte final se refirió a las elecciones de fines de octubre de este 2024, llamando a dignificar la política, en el marco de una cultura del diálogo y con cuidado del lenguaje. Terminó asumiendo el compromiso irrenunciable “desde la fe en Jesucristo”, como no podría ser de otra manera. En esa parte afirmó nuevamente a que Chile no se caerá a pedazos, y reivindicó que la Iglesia seguiría alzando la voz por aquellos que no la tienen: “Desde los niños no deseados en el vientre de sus madres hasta los ancianos descartados que dan su último respiro”.

Se trató de un discurso macizo y necesario. Como siempre, es posible hacer matices u observar limitaciones –incluso análisis incompletos o que presentan fallas– en algunos temas opinables de políticas públicas o de la realidad económica y social. En la homilía, por ejemplo, parece que el problema de los despidos y de la precariedad laboral tiene razones profundas de decadencia económica, que la propia Iglesia debe haber percibido. ¿Por qué la Iglesia Católica, sus instituciones y sus miembros no crean decenas de buenos colegios tan necesarios para mejorar la educación en Chile y que, de paso, generarían muchos empleos (en construcción y en enseñanza)? Sabemos la razón: es cada vez más difícil hacerlo, la ley se ha encargado de complicar las cosas, con limitaciones a la libertad de enseñanza, especialmente en los sectores populares.

El arzobispo plantea una pregunta interesante en otro ámbito: “¿Cómo no abrirse a un debate sereno respecto de las pensiones donde prime un espíritu solidario?” Debemos preguntarnos seriamente cuál ha sido el inconveniente al respecto: ¿El debate no ha sido sereno o no ha habido espíritu solidario? Es verdad que el individualismo es un problema en Chile, pero también lo son la falta de claridad, la indefinición, la indolencia, la falta de respeto a la propiedad y el malgasto de recursos estatales. Y en estos casos concretos, como recordaba Juan Pablo II al referirse a la solidaridad –en su discurso en la CEPAL en 1987, durante su visita a Chile– es necesario “sentir la pobreza ajena como propia”, es decir, es un dificultad grave que no nos duelan diferentes males sociales presentes en el país como debería ser.

A propósito de la homilía del arzobispo Fernando Chomalí, parece imposible no recordar ese gran documento que es Spe salvi, del Papa Benedicto XVI. La encíclica de 2007 se refiere precisamente al tema de la esperanza cristiana, y en una de sus partes explica que ella no es individualista, como a veces parece. Por otro lado, refiriéndose a la “verdadera fisonomía” de la esperanza cristiana, el Santo Padre se pregunta “¿qué podemos esperar? Y ¿qué es lo que no podemos esperar?” (N. 24). Ahí explica que el progreso acumulativo sólo es posible en lo material, pero no ocurre lo mismo en el plano de la conciencia ética y la decisión moral. Y plantea dos reflexiones muy importantes, para tener a la vista a la luz de la homilía del Te Deum: 

a) El recto estado de las cosas humanas, el bienestar moral del mundo, nunca puede garantizarse solamente a través de estructuras, por muy válidas que éstas sean…

b) Puesto que el hombre sigue siendo siempre libre y su libertad es también siempre frágil, nunca existirá en este mundo el reino del bien definitivamente consolidado”.

Estamos frente a un tema de fondo. Se puede tener esperanza en Chile y en su futuro. Se puede y se debe trabajar por una vida mejor. Debemos ocuparnos sin descanso por ampliar las condiciones de la vida, justicia y libertad de cada uno de los habitantes de nuestra tierra. Pero eso no es suficiente, como explica Benedicto XVI: “En este sentido, es verdad que quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (cf. Ef2, 12). La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando ‘hasta el extremo’, ‘hasta el total cumplimiento’ (cf. Jn 13,1; 19,30)” (N. 27).

En una sociedad secularizada y compleja, con muchos rasgos individualistas y autorreferentes, ciertamente resulta necesario mirar la esperanza cristiana en su conjunto, como un aporte genuino, generoso e insustituible para un Chile mejor. Felizmente, este 18 de septiembre hemos recibido un gran regalo para nuestro país.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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2 Comments

  1. Gracias Alejandro
    Muy buen “ resumen” del fondo de la homilia. Solo agregar el
    Llamado al compromiso personal

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