El 4 de septiembre es un día histórico en Chile. Desde 1946 fue la fecha de las elecciones presidenciales, que en esa primera oportunidad significó el triunfo de Gabriel González Videla. En realidad, solo obtuvo la primera mayoría relativa (con el 40,2%), por lo que correspondía al Congreso Pleno definir si el Presidente de la República sería el candidato radical o el conservador Eduardo Cruz-Coke, quien había logrado la segunda mayoría (29,8%). En esa misma fecha fueron las elecciones que llevaron a La Moneda a Carlos Ibáñez del Campo (1952), Jorge Alessandri Rodríguez (1958), Eduardo Frei Montalva (1964) y Salvador Allende (1970). De todos ellos, solo Frei obtuvo la mayoría absoluta de los votos y ninguno de los gobernantes traspasó el poder a alguien del mismo partido o coalición.
Debido a la elección de Allende, el 4 de septiembre de 1970, la izquierda conmemoró durante muchos años los 4 de septiembre, en un doble sentido: por la fecha histórica de las elecciones en la democracia chilena que antecedió al 11 de septiembre y por la elección que llevó finalmente al líder socialista a dirigir los destinos del país, fecha que incluía el recuerdo de su discurso en los balcones de la FECH esa noche de la victoria (aunque todavía quedara un camino institucional por delante). Además, se convirtió en un espacio de memoria, de añoranzas democráticas en un tiempo en que no había elecciones abiertas, como ocurrió desde 1973 hasta 1989.
A pesar de lo anterior, es evidente que en esta tercera década del siglo XXI el 4 de septiembre sigue siendo un día importante, pero por razones históricas muy distintas: ese fue el día del plebiscito para definir la nueva Constitución, preparada por la Convención Constitucional y cuya aprobación significaría terminar con la Constitución de 1980, o de “los cuatro generales”, como la llamó Gabriel Boric en su momento. Por eso la nueva clave de conmemoración del 4 de septiembre en los últimos años deriva de la victoria del Rechazo en el plebiscito constituyente, que significó no solo una derrota de la propuesta de la Convención, sino que también representó una derrota del gobierno de Gabriel Boric, que se había comprometido en esa dirección en los primeros seis meses de su administración.
Se trata de un día crucial, de impacto histórico y que merece ser analizado. Uno de los temas de fondo radica en el contexto político, claramente orientado a un cambio sustancial de la vida política nacional. Hacia el año 2022 se habían verificado tres procesos de gran relevancia y que confluían hacia la que fue quizá la mayor transformación histórica de la democracia chilena desde 1990 en adelante. En primer lugar, la revolución de octubre de 2019, un proceso que se inició con la violencia, con gran participación popular y que cambió el escenario político y social, modificó la agenda del gobierno y luego dio vida a un proceso de cambio que ilustraba que Chile estaba frente a un proceso mucho más profundo que un mero estallido social. En segundo lugar, adquirió especial relevancia la formación de la Convención Constitucional, en 2021, donde la izquierda –y dentro de ella la más radical– era mayoría, por lo cual orientó su trabajo no solo a hacer un cambio de la Carta Fundamental vigente, sino que también una reforma sustancial respecto del orden constitucional de los dos siglos de vida republicana. Por último, el gobierno del Presidente Gabriel Boric, que también nació con un claro sentido refundacional, desde la famosa frase del triunfo en las primarias: si Chile había sido la cuna del neoliberalismo, sería también su tumba. La propuesta programática mantuvo el mismo tono refundacional y a esa visión se sumaba un aspecto claramente diferenciador: los ejes del gobierno de Boric eran el Frente Amplio y el Partido Comunista, agrupaciones que habían estado fuera del corazón del poder desde 1990 en adelante, con la excepción del gobierno de la Nueva Mayoría, en el segundo gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet (2014-2018).
Los tres aspectos confluyeron, y se diría que su mejor momento se vivió en 2021, primero con la amplia victoria de la izquierda para la Convención, y luego con el triunfo de Gabriel Boric en diciembre, contra José Antonio Kast. La victoria del líder frenteamplista fue el último viento de la revolución de octubre de 2019, pero a partir de entonces se puede decir que se inició un reflujo, “la resaca” de la que habla Eugenio Tironi, o sencillamente la posibilidad del inicio de la contrarrevolución. Como en todos los problemas complejos, la explicación del cambio de tendencia requiere explicaciones multicausales, que escapen de la simpleza.
Un factor decisivo del fracaso de la revolución de octubre fue el sobregiro de las propuestas y expectativas de los constituyentes. La Constitución propuesta por la Convención se dedicó a acumular grandes cambios, pero también adversarios en diversos frentes, y cayó en una visión extrema que, a la larga, alienó el apoyo de muchas personas que podrían haber apoyado el proyecto y que seguramente habían visto con esperanza el movimiento inicial de 2019. Sin embargo, la refundación anunciada el mismo día de la inauguración de la Convención y consolidado después de meses de autoconfirmación del diagnóstico y de la propuesta de cambio por parte de la mayoría del órgano. A ello debemos añadir una cuestión de imagen, especialmente del trabajo de los convencionales, pero también de los cierres de campaña, como fue la iniciativa cultural vejatoria de la bandera nacional. Todo ello contribuyó a reducir los apoyos hacia la nueva Constitución.
Un segundo factor fue la amplitud de la convocatoria que se oponía la Carta Fundamental en la cual participaron personeros y partidos de derecha, pero donde resultó clave la presencia de sectores independientes y otros agrupados bajo nuevas banderas, como fue el caso de Amarillos y de personeros que en pasado habían estado en el mundo democratacristiano e incluso algunos socialistas moderados. Por lo mismo, sería un error suponer que se trató solo de un triunfo de la oposición de derecha contra el gobierno de izquierda, porque la realidad era mucho más compleja y no solo desde un punto de vista político. Como pocas veces, también se sumó un importante arco de la sociedad civil, que no pudo contrastar esa tradicional adhesión del mundo de la cultura artística al Apruebo.
El tercer aspecto decisivo fue la evaluación del gobierno del Presidente Boric, que había comenzado el 11 de marzo de 2022, y cuyo destino se confundió de inmediato con el de la Convención ese primer año. En agosto de 2022 el apoyo al gobierno se movía entre el 35% y el 39%, es decir, las mismas cifras que se expresaron en el resultado del plebiscito de salida. Si el gobierno hubiera tenido el respaldo de la elección del Presidente Boric o de comienzos de su gestión, el resultado habría sido distinto (si bien, estrictamente hablando, no lo podemos saber). A mediados de año, ya se había perdido mucho de la mística y las expectativas iniciales de la administración. En otras palabras, si en 2021 todo había avanzado al alza y con los vientos de la revolución, al año siguiente ocurrió exactamente lo contrario, y el camino se volvió primero pedregoso y luego francamente contrario al ritmo que tomaban los acontecimientos. En definitiva, era necesario detener la revolución y volver a “la normalidad”, esa que desaparece en medio de los discursos grandilocuentes y de la violencia, de las ilusiones y de las promesas.
Ese fue el nuevo contexto en el que se desarrolló el plebiscito del 4 de septiembre de 2022. Para entonces, la revolución y la nueva Constitución, el gobierno de Boric y la Convención, ya no eran simples promesas ni esperanzas: se les podía evaluar por sus acciones y resultados: por el trabajo constituyente, por las propuestas específicas de la nueva carta, así como por el comportamiento y la imagen de los convencionales. Y, aunque no fue contra todo pronóstico, el resultado sí se dio de una forma bastante más lapidaria que lo esperado, el Rechazo obtuvo el 61,89% de los votos, una de las victorias más contundentes en toda la historia republicana de Chile.
Para terminar, vale la pena considerar un aspecto abierto el 4 de septiembre: es lo que se ha llamado el nuevo clivaje, muy distante del Sí y el No de 1988 que predominó en la era de la Concertación, para transformarse en nueva definición. Ahí se podía distinguir a quienes estuvieron con la revolución de octubre, la Convención y el gobierno de Gabriel Boric frente a quienes –desde el primer momento o a la larga– se opusieron a esos procesos. El efecto no se notó exclusivamente aquel 4 de septiembre de 2022, sino que se podría decir que estuvo presente en diciembre de 2025, cuando José Antonio Kast le ganó la elección presidencial a Jeannette Jara, por porcentajes que mantenían la línea central de esa distinción de posiciones. La proyección de ese resultado no está clara en la actualidad. Algunos hablan de la necesidad de reagrupar al 62%, de formar una coalición o de analizar otras alternativas en la misma dirección. No sabemos qué pasará en el futuro, pero ese 4 de septiembre cambió la historia. Sin embargo, es preciso tener algo claro: el futuro sigue abierto, y haber detenido un proceso no significa, necesariamente, haber abierto el camino para otro de larga duración.
Es algo que debe estar muy claro en las conmemoraciones de este viernes 4 de septiembre de 2026.

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