La agonía cubana está finalizando como una película en cámara lenta. Una especie de Butch Cassidy y Sundance kid (1969) o Matrix (1999). Todos los días ocurre algo interpretable como un paso más hacia el desenlace. A paso cansino. Una secuencia de imágenes slow motion que plantean dudas interesantes. Algunas serias, otras con un toque de morbo.

Dentro de estas cavilaciones, un tema lo condensa todo. ¿Cuál será el futuro de Díaz-Canel?

Tras haber sido liquidado Jamenei y parte importante de la elite militar en Irán y la extracción de Maduro de Venezuela, la pregunta nutre todos aquellos ámbitos. La disquisición sobre la sucesión presidencial en Cuba. El carácter de la transición, los enjuiciamientos morales y las típicas truculencias que acompañan estos procesos.

Por lo mismo, la tragedia perturba el fuero íntimo de Díaz-Canel. ¿Qué diablos hacer? Se debe preguntar con angustia cada mañana. La perspectiva de pasar el resto de su vida en algún punto de confinamiento y la vergüenza de ser extraído de su reducto “inexpugnable”, no le debe parecer muy heroico. A estas alturas, el desasosiego personal le debe parecer más importante que el colapso de la revolución.

Sin embargo, para países como el nuestro, las derivadas políticas de lo que suceda con Díaz-Canel son importantes. Los países que estuvieron por décadas en el radar de Fidel Castro, como Chile, difícilmente puedan permanecer indiferentes. Sea por fallecimiento, huida al exilio, por extracción o cualquier operación híbrida, su salida del escenario tendrá repercusiones en cada uno de estos países. El destino de Díaz-Canel llevará a su clímax el dolor colectivo de los sectores más cercanos. Para bien o para mal, él representa a los restos del castrismo; esos que permanecen en el baúl de los tesoros. 

Y las repercusiones ocurrirán pese a que ya gran parte de las izquierdas latinoamericanas había comenzado a dar un vuelco histórico. Llevaban ya algunos años abandonando la intensidad revolucionaria para abrazar el wokismo. De la adoración al Che Guevara han estado migrando a otras veneraciones, menos indómitas. A Kamala Harris, a Bernie Sanders, a Jeremy Corbyn y a otros por el estilo.

Sin embargo, se harán audibles voces humanitarias para darle asilo, independientemente de si su abandono del país es producto de una negociación para el desmantelamiento definitivo del régimen o por simple voluntad propia. Esa circunstancia requerirá de cierto manejo político.

Es que podrían darse situaciones especiales. No hay que olvidar que, tras el colapso del régimen soviético, se pensó que el socialismo cubano correría la misma suerte, por lo que muchos de sus amigos prepararon “pistas de aterrizaje” para un autoexilio de Fidel Castro. Buscaron apartados lugares rurales de varios países latinoamericanos. No sería descartable que algo similar ya esté en marcha. No debe olvidarse que Raúl Castro aún sigue con vida. 

En todo caso, la presión política en favor de Díaz-Canel debería ser más bien acotada. Su falta de prosapia revolucionaria sugiere eso. Las biografías carentes de épica suelen ser poco motivadoras. En su caso particular, hasta en los ambientes favorables se le considera un simple administrador, un gestor sin materia prima que gestionar. Para un observador externo es una figura anodina e insustancial, que, si alguna vez tuvo ambición de poder, no se le notó. Los antecedentes disponibles indican que fue precisamente su carácter reservado lo que le permitió sobrevivir en el nido de víboras por la sucesión.

Cabe recordar que los Castro lo seleccionaron tras haber descartado a numerosos otros delfines. Los más famosos fueron, sin dudas, Carlos Aldana y Roberto Robaina, políticos que, por fascinarse en su momento con la perestroika de Gorbachov, fueron defenestrados. Se especula que el camino de Díaz-Canel para obtener la confianza de ambos hermanos fue muy lento, debido a que al interior de las élites cubanas siguieron rondando los fantasmas de Robaina y Aldana, quienes, por alguna razón misteriosa, a diferencia de otros delfines, no fueron fusilados. De hecho, Robaina está a resguardo atendiendo una pequeña tienda de pinturas en un lugar discreto de La Habana, al que cualquier turista puede acceder.

También se sabe que Díaz-Canel no tiene vínculos familiares con la elite castrista. Es hijo de un obrero e hizo toda su vida más bien en los márgenes de la política. Paralelo a sus estudios universitarios, realizó actividades menores en las organizaciones del Estado. 

Hay indicios de que, cuando realizó su servicio militar, fue destinado a una unidad que brindaba protección a Raúl Castro. También ha trascendido un presunto “trabajo político” realizado en Nicaragua en los años 80. Su nombre se hizo conocido en el extranjero casi de manera tímida al representar a los Castro en actividades protocolares fuera del país. De improviso, lo nombraron vicepresidente.

En 2018, Raúl Castro le pidió que se hiciera cargo del Ejecutivo. Estimó que el país vivía una cierta calma y podría retirarse al menos parcialmente. Al patriarca ya le pesaban sus 90 años de edad.

Sin embargo, no contó con que la administración Trump daría por terminada la benevolencia de Obama. También erró con la Venezuela chavista/madurista. La consideró una colonia ad eternum

Olvidó que la política es una actividad dinámica. Especialmente, la internacional. Las ideas fluyen en diversas direcciones y las circunstancias van cambiando. Por eso, el experimento sencillamente no resistió el paso del tiempo.

Es claro que ya sólo quedan los mitos. Díaz-Canel buscó administrarlos, combinando la parsimonia, con la anuencia del clan Castro y la ayuda de las empresas militares. Llamó “continuidad” a su proceso.

Frank Zimmerman, un especialista en asuntos cubanos ha escrito un libro sobre este punto tan interesante, que vino a lanzar a Chile hace un par de semanas. Lo tituló 12 mitos sobre Cuba. Del relato al dato. Cuenta aspectos fundacionales, estructurales y geopolíticos que han sido olvidados o escasamente divulgados. Su reflexión es clave para entender eso de “democracia distinta” o “democracia diferente”, concepto usado mucho por los admiradores de la revolución estos últimos años. Más que antaño, cuando se hablaba derechamente de revolución.

Hace pocos días ocurrió un hecho grotesco. En medio de una inusual verborragia por medios oficiales y redes sociales, el cantante Silvio Rodríguez, de 79 años de edad, quien suele pasar largas temporadas en México y España (país que habría elegido para una operación oftalmológica hace pocos meses, según prensa madrileña), quiso mostrar pasión belicosa y pidió al gobierno una Kalashnikov para defenderse de la “invasión imperialista”. El ministro de Defensa acudió raudo. Fue una de las tantas reacciones escenificadas por el régimen ante lo que se avecina.

En suma, la salida de Díaz-Canel no va más allá de las penas y los dolores. Personifica el fin de un régimen, cuya importancia es nula desde el punto de vista económico, a diferencia de Venezuela. Ya completamente desgastado en lo geopolítico, sólo parecer ser crucial como ofrenda electoral al exilio en EE.UU. Al burócrata taciturno le ha quedado reservado el papel de representar un final simbólico. 

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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