En la Expedición Líbero a Washington para las elecciones, fuimos testigos de un verdadero tsunami republicano que derrotó al Partido Demócrata no sólo en la presidencial con probables 312 votos finales, sino también en el Senado, donde obtuvo la mayoría con 53 senadores, necesitándose 51 y en la Cámara, aún faltando 35 disputas por decidir al momento de escribir esta columna, a los Republicanos les faltaba sólo ganar 8 escaños para tener también la mayoría de 218 representantes. En gobernadores, se elegían sólo en 13 Estados y en 9 de ellos también ganaron los Republicanos.
Adicionalmente, el voto popular lo ganó también Trump, lo que no ocurría con un republicano hace 20 años. Sin embargo, un análisis más fino muestra que los demócratas perdieron 12 millones de votantes en comparación con la elección de 2020, donde Biden sacó 81MM de votos versus los 69MM de Kamala Harris. Parte de esos votos optaron por los candidatos independientes Jill Stein del Green Party que obtuvo algo más de 660 mil votos y por Robert Kennedy, quien logró casi 640 mil sufragios a su favor aún habiendo decidido públicamente apoyar a Trump y no competir en todo el país. Y Trump obtuvo prácticamente los mismos 73.5 MM de votos que no le permitieron ser reelegido en 2020, aunque aún faltan votos por contar.
Antes de la elección se especuló mucho, porque así lo decían las encuestas, que los resultados serían muy estrechos y que sería probable que no se conociera el ganador la misma noche del 5 de noviembre, sino muchos días después de la elección. En Washington se temía que por esa causa se hablaría de la probabilidad de fraude y surgieran actos violentos, por lo que se cercó con vallas y rejas el Capitolio, la Casa Blanca, parques cercanos, tiendas y edificios e incluso hubo negocios tapiados con madera para evitar posibles daños en los vidrios, lo que fue muy chocante, hasta para los propios norteamericanos.
Nada de eso ocurrió afortunadamente y pasada la medianoche se conoció el arrollador triunfo de Donald Trump y del Partido Republicano, cuyo correlato es un sustantivo viraje a la derecha del electorado en la mayoría de los más de 3.000 condados que existen en el país, lo que fue sorprendente por la dimensión del cambio.
Lo que es interesante de observar en estos resultados y que permite visualizar con optimismo las elecciones presidenciales de 2025 en Chile -si se hace bien lo que hay que hacer- es que los norteamericanos se cansaron de que el Partido Demócrata se desligara de los reales problemas de la gente y se dedicara a promover las causas identitarias, a apoyar la ideología woke, a la cancelación de quienes pensaban distinto y también se cansaron del gobierno de Biden, que entre otras debilidades, no supo contener la enorme inmigración ilegal que tantos problemas de seguridad, entre otras cosas, ha ocasionado en EE.UU.
Si pensamos más allá de los resultados, lo que esconden esos números es una verdadera batalla cultural entre dos visiones muy distintas de la sociedad, y la actuación del Partido Demócrata durante los cuatro años de Biden recibió un profundo rechazo del electorado por no representar los intereses de la gran mayoría de los norteamericanos que quería un cambio que Kamala Harris y los Demócratas no lograron representar.
En Chile, el oficialismo, al igual que el Partido Demócrata en EE.UU., apoya intensamente las causas identitarias y el wokeismo. Pero si nos quisieron refundar la República y ahí estuvo presente, entre otras causas, el indigenismo. Y se declararon feministas, pero a la primera ocasión de demostrarlo -léase caso Monsalve- se olvidaron de sus principios.
La inmigración ilegal en Chile, al igual que lo ocurrido en los cuatro años de Biden en EE.UU., ha sido criticada intensamente por la ciudadanía, porque nos ha traído aparejado crimen organizado, narcotráfico, aumento en los homicidios, asaltos y un largo etcétera, que los parlantes en la frontera de la Ministra Tohá ciertamente no eran la solución.
La economía, otro factor importante en la decisión norteamericana, en Chile hace agua. Un 0% de crecimiento en septiembre, las cuentas fiscales estresadas al máximo, permisos que hacen imposible el desarrollo de proyectos y espantan la inversión; carencia total de ideas y una ideología gobernante que no cree en el modelo que nos puso al borde de ser un país desarrollado, sólo ha logrado hacer crecer las contrataciones estatales de miles de personas que no se sabe qué hacen.
Termino diciendo que las similitudes con el cansancio estadounidense con las causas identitarias, el desacople del gobierno con las necesidades ciudadanas, la inmigración ilegal y una economía que no ayuda a la gente, nos pueden permitir mirar con cierto optimismo la elección presidencial de 2025.
Si se hacen las cosas bien y se le ofrece al país un programa realista que no genere expectativas inalcanzables, se puede permitir el cambio que Chile necesita con urgencia.

EXCELENTE
Excelente columna!
Excelente.