No. No hablaré de los papitos corazón. Hablaré de esos padres presentes, que quieren a sus hijos, que se hacen cargo, los cuidan, alimentan, pero no los educan. Es un tema del que hablamos poco, y que solemos esconder bajo la alfombra. Lamentablemente en nuestro país, hemos “clientizado” la educación: básicamente los padres externalizan la educación de sus hijos en las escuelas, de las cuales se consideran clientes con los más amplios derechos del consumidor. No sólo se espera lo mínimo e indispensable de una educación (que les enseñen a leer o sumar, por ejemplo), sino que les transfieran las virtudes morales para convertir a sus hijos en ciudadanos respetuosos, empáticos, y un largo etcétera. Fuera de las puertas del colegio, no se educa.
¿El problema? Que no se puede no educar. La educación no tiene puerta de salida y cuando los padres no cumplen ese rol, nadie puede entrar a suplir, sino que, simplemente, se mal educa. Ahora bien, no sólo los padres han tomado un rol espectador en la materia, pareciera ser que tampoco nos importa que lo hagan y, en vez de buscar involucrarlos, incentivamos su ausencia. Hoy ni los padres ni las familias son considerados a la hora de pensar las soluciones a la larga lista de problemas que tenemos tanto en los establecimientos educacionales, como fuera de ellos.
Un buen ejemplo de esto es la discusión sobre la prohibición de celulares en los colegios. Sin duda, las razones para prohibir los celulares en las salas de clase -especialmente a temprana edad- tienen justificación suficiente. Desde el daño que ellos producen en los aprendizajes y salud mental, hasta el acceso ilimitado a contenidos inapropiados para la edad y muchas veces violento. Sin embargo, fieles a nuestra idiosincrasia legalista, insistimos en que las leyes establezcan acciones prohibitivas a las escuelas, debiendo asumir ellas la responsabilidad para dar solución al asunto. ¿Y los padres qué?
En parte, el problema que enfrentan las escuelas tiene que ver con que, en esta lógica clientelista, los padres -que hasta el momento siguen siendo los principales educadores-, muchas veces ya ni siquiera son colaboradores en la educación. Imagínese que cada vez que un profesor retiene el celular de un estudiante por usarlo en clases, el padre llame para alegar y revertir esa decisión. O que, a pesar del trabajo del colegio por concientizar respecto del uso del celular, al llegar a sus casas los padres se los entreguen sin ninguna limitación. Así como con este ejemplo, pueden enumerarse muchos otros donde los padres asumen un rol pasivo en la formación de sus hijos.
No se trata de indicar culpables. Los padres muchas veces no son realmente conscientes de esto y una mirada más profunda de este fenómeno, nos abre diversas aristas que son necesarias de comprender: por ejemplo, nos enfrenta a los cambios en las relaciones entre padres e hijos. Ya no son figuras de autoridad, sino sólo soportes afectivos. Esto se refleja también en el modo en que se relacionan los padres con la escuela. Por otro lado, la exacerbación de la autonomía progresiva del niño y el enfoque de derechos, muchas veces ponen a los padres como obstaculizadores del desarrollo individual. De hecho, durante la discusión del uso de celulares, no faltaron las voces que alegaron la afectación a los derechos del niño. Miradas que muchas veces son ajenas a una realidad donde los adultos deben proteger a niños que están en desarrollo. Sin duda esa progresiva pasividad de los padres obliga a preguntarnos cuánto hemos incentivado que den ese paso al costado.
Así como no podemos esperar que los daños asociados al uso del celular se resuelvan por el sólo hecho de prohibirlos en las escuelas, no podemos esperar mejorar los resultados de aprendizaje si los padres no se hacen parte del proceso formativo de sus hijos. La evidencia es elocuente en relación con ello. No basta con papitos corazón que pagan su pensión de alimento. Hace falta una verdadera presencia e involucramiento de los padres. Partamos entonces, por involucrarlos en la solución de los problemas.

Uno de los principales problemas derivados de la distancia entre los padres y sus hijos es la crisis valorica.
Los valores son fundamentales en la formación de los niños. Hoy vemos como se ha deteriorado el respeto a las demás personas, la ética en el trabajo y la importancia de la familia como centro de la sociedad.
Los padres deben tomar conciencia de su irreemplazable rol para la formación de sus hijos como personas de bien.
No será que hace rato estamos siguiendo el modelo Nórdico donde a temprana edad el Estado se hace cargo de la educación-alimentación-separando a los padres de toda
interacción con sus hijos-dejando el rol de los padres en un nivel secundario y sin responsabilidad formativa- por cierto en un nivel muy primario y chapucero ya que el Estado no dispone de los recursos par a implementar dicho modelo