En las últimas semanas, Chile ha dilapidado un importante capital institucional que nos tomó más de tres décadas construir. El quiebre en el proceso de transición política del gobierno saliente de Gabriel Boric y el gobierno entrante de José Antonio Kast es una demostración más del debilitamiento institucional que ha venido experimentando Chile en años recientes. A menos que nos tomemos en serio la necesidad de fortalecer las instituciones en los próximos años, el deterioro institucional del país representará un complicado obstáculo en el esfuerzo por retomar el sendero de desarrollo sostenido y generación de riqueza y oportunidades para todos.
Es incuestionable que las instituciones políticas en Chile son hoy más débiles de lo que lograron llegar a ser en la primera década de este nuevo siglo. Después de las reformas políticas adoptadas bajo el segundo gobierno de Bachelet y especialmente después de la borrachera del proceso constituyente, la reputación que había logrado construir Chile como un país serio con reglas claras y estables y con una sociedad que respetaba las reglas se ha visto en entredicho. Resulta incomprensible entender la facilidad con la que la clase política —y el también el liderazgo empresarial y de la sociedad civil—decidieron hipotecar nuestra reputación de país serio al echar a andar un proceso constituyente mal diseñado y pesimamente administrado. Aunque la evidencia de América Latina sobre el impacto negativo de los procesos constituyentes fundacionales es abrumadora, la élite política y social chilena se embarcó en la aventura constituyente fundacional convencida de que Chile iba a ser una excepción en una triste historia de procesos constituyentes inútiles en la región.
Si bien la aventura constitucional, afortunadamente, terminó en un rotundo fracaso, las consecuencias de esa borrachera colectiva las seguimos pagando hasta el día de hoy. La debilidad institucional en el país se ha profundizado. Muchas de las cosas que eran impensables hace dos décadas en materia de responsabilidad fiscal, acuerdos políticos, respeto por las instituciones, construcción de acuerdos y amistad cívica son ahora parte de la cotidianeidad. Hemos normalizado comportamientos y actitudes que hace dos décadas rechazábamos como país porque estábamos plenamente conscientes de que ese tipo de prácticas llevaban a los países por un mal camino. Hoy, la agresividad en los debates entre la élite política, la irresponsabilidad de propuestas de reformas, la falta de disciplina en el gasto fiscal y la falta de pudor en las discusiones en la arena pública son parte del paisaje. Hemos descendido a ser crecientemente una república bananera. Lo que es peor, nos hemos acostumbrado a eso y ya no nos sorprendemos ni hacemos esfuerzos por revertir la situación.
Es verdad que las señales de que íbamos por mal camino se empezaron a dar antes del estallido social y de la lastimosa decisión de adentrarnos en un proyecto constituyente fundacional. El fin de la democracia de los acuerdos en la primera década de este siglo y una serie de reformas políticas voluntaristas y mal diseñadas —como el nuevo sistema electoral aprobado en 2015, pero también la reforma tributaria de ese periodo—contribuyeron a que el país abandonara el camino de los grandes acuerdos y las reformas graduales y pragmáticas de las primeras décadas de democracia post dictadura militar.
Ya se han gastado muchas páginas discutiendo cuándo se jodió Chile (parafraseando ese gran concepto que usó en una de sus novelas Mario Vargas Llosa para lamentar el mal camino que había tomado el Perú). Lamentablemente, hemos dedicado mucho menos tiempo y energía a buscar formas de retomar el sendero del fortalecimiento institucional y la construcción de confianza y espacio para el diálogo constructivo.
Como país, avanzamos a paso firme por un mal camino y nadie parece muy interesado en intentar corregir rumbo. Es verdad que los chilenos votaron mayoritariamente por un giro a la derecha. Pero hay pocas señales de que el nuevo gobierno vaya a combatir el ambiente de confrontación y conflicto que ha reinado en el país. Más bien, pareciera ser que simplemente tendremos un cambio de lado en el que el oficialismo de izquierda pasará a ser la oposición obstruccionista de derecha y la oposición acérrima de la derecha fragmentada pasará a ocupar el espacio de un oficialismo que carece de consenso sobre el país que quiere construir.
Los países exitosos, como demostraron en su momento Douglass C. North hace varias décadas y Daron Acemoglu y James Robinson en décadas más recientes, son aquellos que tienen reglas claras e instituciones sólidas que permiten dar continuidad a los acuerdos y certeza a las sociedades. Para poder retomar el sendero del desarrollo, en Chile tenemos que volver a entender que hay que cuidar y fortalecer las instituciones y las tradiciones que alguna vez nos hicieron ser la democracia más sólida y la economía más exitosa en América Latina.

Super Cantinfla el penúltimo párrafo, es como win win…….