De no mediar un desempeño imprevisto de la economía chilena el próximo año, todo indica que el gobierno del Presidente Boric se convertirá en el de menor crecimiento de las nueve administraciones que han gobernado el país desde la recuperación de la democracia. Como van las cosas, el promedio del actual mandato podría ser incluso inferior al 1,8% del segundo gobierno de Michelle Bachelet.

No deja de ser sintomático que cuando gobierna la izquierda -la Nueva Mayoría de Bachelet y la nueva izquierda liderada por Boric- la fábrica de nuestro crecimiento económico se ralentiza casi hasta detenerse. La centroizquierda de la Concertación y la centroderecha de Piñera siempre lo tuvieron como eje en torno al cual se ordenaban y priorizaban las políticas públicas.

El año recién pasado el problema de la economía chilena dejó de ser la inflación -que alcanzó las tasas más altas en mucho tiempo-. En su lugar no tardó en asomar el que, oculto entre bambalinas, es el problema más serio que enfrenta el país, tanto o más que la delincuencia y el crimen organizado que se ha agravado en el último tiempo. Hace diez años que Chile dejó de crecer a las tasas que requiere una nación para alcanzar el desarrollo y, lo que es peor, los pronósticos para los próximos diez años son decepcionantemente sombríos. Las proyecciones de nuestro crecimiento tendencial -un promedio de 2% anual- son las peores en tres décadas.

Una generación de jóvenes, que no conocieron las angustias del estancamiento económico o de la inflación, creció y se hizo grande en un país que crecía vigorosamente al compás de tasas de ahorro y de inversión que ahora recordamos con nostalgia. Una tercera década como las dos primeras de esas características habría bastado para alcanzar la anhelada meta del desarrollo.

Pero han pasado diez años y, al contrario, el vigor de la economía se ha desvanecido a ojos vista. Para peor, el programa de Apruebo Dignidad no contempló una agenda de crecimiento para retomar el dinamismo de otrora. Se ha perdido un tiempo precioso entre procesos constitucionales fallidos, reformas hasta ahora también fallidas y tibias -o contradictorias- iniciativas que no guardan relación con la gravedad del problema.

Veinte años sin crecimiento: los diez pasados y los diez que vienen, es mucho tiempo, demasiado para generaciones de chilenos que aspiran a mejores condiciones de vida y al bienestar que viene de la mano del desarrollo. Pueden ser dos décadas miserablemente perdidas para una nación que avizoró más cerca que de lejos las altas cumbres del desarrollo humano. De la política, la gran política, depende que el país le haga el quite a la ominosa trampa de los países de ingresos medios que ya ha asomado nítidamente sus contornos entre nosotros. Recuperar el crecimiento no es una utopía, pero sí lo es conseguirlo sin ponerlo en lo alto de las prioridades políticas y en el eje de las políticas públicas.

Ingeniero civil y exministro de Transportes y Telecomunicaciones

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