Chile

En Chile celebramos las Fiestas Patrias con alegría y tiempo, con fondas, baile y comida, con diversas expresiones de amor a nuestra tierra y con ciertos hitos que son parte de las tradiciones de dos siglos de vida republicana: el Te Deum, las celebraciones populares y la Parada Militar son claras expresiones de ello. En el ámbito social, e incluso laboral, el “18” se convierte en un parteaguas, y muchas veces repetimos: “nos juntamos después del 18”, “la reunión la hacemos después del 18”, “a la vuelta lo vemos”, son algunas frases recurrentes en la primera mitad de septiembre.

Es importante, después de las Fiestas Patrias, pasar a un escenario distinto, que ya ha tenido diversas expresiones, como el anuncio -por parte del presidente Gabriel Boric- de postular a Michelle Bachelet como candidata a liderar la Organización de Naciones Unidas (ONU), asunto que tendrá su propia lógica, desarrollo y contradicciones. No obstante, parece claro que la principal atención estará puesta en la elección presidencial y los comicios parlamentarios del próximo 16 de noviembre y la eventual segunda vuelta presidencial del 14 de diciembre. Es lógico que así ocurra, pero no es conveniente ni necesario enclaustrarse en la cuestión electoral, dejando de lado los temas de fondo que afectan al país.

Al respecto, me parece que hay dos temas centrales: los problemas económicos y la nueva cuestión social -aspectos ya tratados en una columna anterior- ambos íntimamente vinculados en sus posibilidades de solución, pero también en la repetición de los resultados mediocres y el agravamiento de algunas de las realidades sociales del país.

Me parece que en esta ocasión Chile puede volver a repetir el error de septiembre de 2022, tras el contundente resultado en el plebiscito sobre la nueva Constitución. En esa ocasión, creo que se caía de maduro que el país -en especial sus sectores dirigentes- debían abordar con urgencia y decisión la cuestión social, grave desde distintos puntos de vista y creciente en algunas áreas sensibles. En vez de eso, el gobierno de Gabriel Boric y los partidos de Chile Vamos optaron por iniciar un segundo proceso constituyente, con la contradicción que implicaba y con el desgaste y gasto de recursos involucrados. No podemos decir que haya sido un año perdido, pero pospuso nuevamente, tanto en la preocupación cómo en la urgencia, los temas sociales.

Hasta donde tenemos conocimiento, no parece haber una definición precisa para enfrentar problemas en materia de campamentos, listas de espera o incluso delincuencia. En otras palabras, tenemos derecho a preguntarnos en qué fecha Chile tendrá menos de 100 mil y luego menos de 50 mil familias viviendo en campamentos, desde las 120 mil que hoy están en esa condición; y cuándo las listas de espera estarán bajo el millón (desde los tres millones actuales), y bajo los 100 mil en el caso de las listas de espera para operaciones, desde las 300 mil personas que hoy se encuentran en esa situación. En materia de delincuencia el país lleva algún tiempo con más de 1000 asesinatos anuales, y se discute más sobre cuándo comenzó a aumentar este índice y no respecto de la fecha en que volveremos a la situación de hace una década, fecha en que las cifras eran en torno a las 500 personas. Los problemas sociales son bastante más amplios, pero lo anterior permite ilustrar el tema.

Lo mismo se puede decir en el plano económico, donde también existen variados asuntos que atender. Uno es bastante práctico e inminente: la ley de presupuesto para el año 2026. Ya se empiezan a notar las primeras escaramuzas -en medio del proceso electoral- ante la convicción de sectores de la oposición, en el sentido de que el gobierno estaría escondiendo o maquillando las cifras. El tema de fondo es la recta administración de los recursos públicos, la necesidad de contar con gastos adecuados, frente a unos ingresos que -como se repite habitualmente- son menores a los esperados. Desde hace años escuchamos hablar de nuevos endeudamientos, con todo lo que ello implica. La austeridad no debe ser un principio útil para tiempos de crisis, sino una forma de administrar el poder y los recursos; es preciso gastar lo que se requiere y no aquello que se estima por voluntarismo, presiones sectoriales o una mala gestión de Hacienda. De ahí que se haya instalado la idea de reducir el gasto estatal como una noción básica para enfrentar el tiempo que viene.

El otro desafío es el crecimiento económico, en la convicción de que los niveles mediocres de progreso terminan perjudicando a Chile y a sus habitantes. El crecimiento económico fue un motor del progreso y de la superación de la pobreza, y debe volver para quedarse. En otras palabras, más que confiar en milagros o en declaraciones oportunistas, nuevamente hay que poner objetivos y medios adecuados para recuperar la confianza en lo que somos capaces de construir juntos. Ello requiere ideas valientes, decisiones y sacrificios, liderazgo y convicciones.

Ya pasó el 18. Bien por las celebraciones y por el espíritu patrio. Pero se vienen grandes desafíos: es preciso estar a la altura, por el bien permanente de Chile, y no solo por el recuerdo patriótico de las fiestas nacionales.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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