Hace algunos días, el expresidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, divulgó una carta quejándose con virulencia de la segunda administración Trump. Fue un ejercicio teatral para volver con energía a la actualidad local, aunque su pesadilla con Trump no fue el único tema tratado. 

Sorprendió un poco este “revival”. Los expresidentes en México tratan de comportarse algo alejados de quien le suceda en el cargo. Optan por una especie de ostracismo voluntario. Buscan mostrarse como ciudadanos ejemplares –optimus civis-, manteniendo esta conducta de respeto formal por su sucesor como si fuera una ley no escrita. Pero también saben que si la violan arriesgan a padecer inconvenientes serios. Hubo un caso tan espectacular como sugerente. López Portillo envió a su antecesor, Luis Echeverría, de embajador a las islas Fiji, apenas éste intentó pasarse de listo y se aventuró a darle consejos.   

Cuando aquello ocurrió, AMLO era joven, pero ya estaba curtido en la política. Dicha larga experiencia es un indicador que sabe a lo que se arriesga. Pero también es un convite a pensar en qué circunstancias pudieron llevarlo a exponerse ahora. Deben ser algunas bastante complejas. 

Escogió la vía epistolar. El pretexto fue la política internacional, pero la conexión con lo doméstico es evidente. Como buen “pastor de masas” -según lo calificó uno de sus biógrafos-, en la carta traza una especie de anatomía de lo que ocurre con Trump II para ir a los sermones.  

Un observador curioso se preguntará acerca de la motivación última. ¿Cuáles habrán sido esas circunstancias complejas?

Un primer motivo -casi anodino- pertenece a su fuero íntimo. Incardina con el destino casi inevitable de todos aquellos líderes latinoamericanos que han ejercido el poder de forma caudillesca, es decir, como si fueran amos y señores de sus países. Cuando perciben que su imagen empieza a evaporarse, deciden irrumpir. No siempre con éxito. En el caso del expresidente, está por verse cuánta mella le causa el inexorable paso del tiempo. 

Ese sí que desgasta, reza un sabio proverbio del político italiano, Giulio Andreotti. 

Recluido en su hacienda, la que lleva el curioso nombre de La Chingada, ubicada en el sureño estado de Chiapas, observa cómo su figura es consumida por la menguante capacidad para influir en los acontecimientos. El tenor de la carta revela que la efervescente política local, la incierta relación bilateral con EE.UU. y el nuevo mapa mundial le inquietan de sobremanera. Percibe letalidad en los acontecimientos.

El protagonista de la carta se ha convertido en un ejemplo de lo que Enrique Krauze describe y analiza en sus extraordinarios libros Siglo de Caudillos y La Presidencia Imperial. La travesía final del patriarca siempre es dolorosa; el ocaso es penoso.

Por lo tanto, la reflexión epistolar recorre una amargura fuerte. Aunque es difícil determinar cuánto de ficticio hay en todo esto.

Habla con una franqueza impactante: Sostiene que, durante su período presidencial, Trump fue una bellísima persona; un hombre profundamente respetuoso. Un vecino extraordinario. Lo califica casi como un benefactor en los años del COVID. ¿Qué habrá pasado?, se interroga. 

Más allá de la sinceridad que puedan portar estas palabras, lo cierto que, al plantear tales dudas, salta una gran verdad. El otrora habilidoso mandatario no sólo ha perdido visibilidad e influencia. Ya no entiende, o sabe poco, respecto a cómo marchan el mundo y las relaciones bilaterales México-EE.UU.

Al leer su epístola, un lector cualquiera no podría otra cosa que asombrarse ante la cantidad de epítetos que le endilga a los funcionarios de la administración Trump II. Y de la acritud de sus palabras: “paleros, manipuladores, caciquillos, vividores, ladrones, polizontes, tinterillos, especuladores, filibusteros, potentados, trepadores, malvados”. ¿Será que Trump sigue siendo una bellísima persona y que quienes merecen esos calificativos son sólo sus cercanos?

Quizás tampoco esté en condiciones de asumir que su razonamiento tiene poco de novedoso. Hasta los admiradores de Stalin apuntaban a su entorno como el causante de los crímenes, las arbitrariedades y las injusticias. “El camarada Stalin jamás habría tolerado esto”, señalaban muchos y con insólita convicción.

En la carta se observa una ambigüedad calculada. Y es que sólo así puede llegar a lo medular. Al trasfondo último de su reflexión.

Esta anida en su preocupación ante la evidente debilidad por la que atraviesa su país en ciertas cuestiones internacionales claves. Por eso, su carta es un conjunto de admoniciones. Deslizan tormento intestinal por la falta de destreza de quien actúa como su delfín. ¿Será capaz de enfrentar a este nuevo Trump, si recién lleva año y medio?, pareciera interrogarse una y otra vez.

Como viejo zorro, formado en esa extraordinaria escuela política que fue el antiguo PRI, atisba, huele, que hay peligro.

El peligro radica en la incógnita acerca de dónde y cuándo culminarán las investigaciones judiciales, actualmente en curso, bajo la atenta mirada de Trump y Rubio. Al haber entendido que la frontera ya no es un obstáculo, debe ver como un tremendo embrollo lo que sucede con varios gobernadores. Especialmente con tres; militantes de su partido y que la prensa mexicana se encarga de ponerlos en la zona de sus mayores afectos.

No le es un asunto baladí la política de extracción practicada por la administración Trump (elemento que efectivamente no se vio en su primer gobierno). Lo reitera una y otra vez. “Licencia para secuestrar, cazar y ajusticiar de manera extraterritorial a cualquier persona”, escribe. Ese es el núcleo de su escrito.

Aparentemente, diversos testimonios de narcotraficantes atrapados por las autoridades estadounidenses han emitido declaraciones demoledoras. 

En dicha lógica, el destinatario real de su mensaje es su propia tribu; su base política, la militancia de Morena. Busca reforzarla. Es una advertencia a quienes militan en su causa -esa que en jerga política local se denomina 4 T, las cuatro transformaciones-, que la situación mundial, hemisférica y bilateral con EE. UU., es explosiva. Y señala que todo podría ser peor. Llama a cerrar filas ante cualquier eventualidad. Tal urgencia merecía salir del ostracismo, aunque fuese por vía epistolar y con una redacción necesariamente algo oblicua.

¿Será esa carta un grito en pos de una articulación de afinidades ante horas que se divisan aciagas? Estar fuera del poder efectivamente desgasta.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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1 Comment

  1. Muy interesante. AMLO debe estar sintiendo angustia y un incipiente temor……

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