Dediqué buena parte del miércoles pasado a vivir el cambio presidencial por la televisión. Partí con los diputados jurando o prometiendo respetar la Constitución y me seguí con toda la ceremonia ante el Congreso Pleno. Por supuesto no pude sino sentirme orgulloso de mi país y emocionado al ver que todavía somos capaces de practicar las tradiciones con que se ha ido vistiendo nuestra democracia a lo largo de los años.

Y, ciertamente, no pude dejar de pensar que la política suele avanzar a trompicones y, así como nos entrega días como el pasado miércoles, hay otros que nos deja la impresión de que el hilo que sostiene la convivencia institucional estuviera a punto de cortarse. Por eso, cuando ese hilo no se rompe o, cuando habiéndose tensado peligrosamente vuelve a anudarse, se debe reconocer la importancia del momento. Y un momento como ese fue el que nos brindó la superación del diferendo entre el gobierno saliente y el gobierno entrante a propósito del llamado “cable chino”.

Como comenté la semana pasada, ese episodio pareció instalar un clima de desconfianza que amenazaba con erosionar una de las tradiciones más valiosas de la política chilena: la continuidad institucional entre administraciones de distinto signo. Y más negativo aún resultaba el hecho que esa situación pareciera ser provocada exclusivamente por la ansiedad de Gabriel Boric por generar una “izquierda unida” atrincherada en la futura oposición. Sin embargo, el hecho de que el propio Boric haya decidido dar pie atrás en su decisión inicial de no aclarar el asunto y haya tomado la iniciativa de solicitar la reanudación del diálogo muestra la madurez de aquel a quien, como presidente de la República en ese momento, le cabía la mayor responsabilidad en la situación creada.

Para ser completamente justos con el contenido de ese momento es preciso anotar, también, otra realidad que los momentos postreros del gobierno de Boric se encargaron de mostrar con brutal claridad: el fracaso del ahora expresidente y su sector político más directo (PC y Frente Amplio), por lograr esa unidad por la que estuvieron a punto de arriesgar tanto. Los episodios más elocuentes de esa incapacidad fueron, el primero, la elección de la presidencia de la Cámara de Diputados. Incapaz de levantar una candidatura propia, el oficialismo terminó recurriendo a una figura que no parece responder a orientación política alguna: Pamela Jiles. Se trató, en cierto modo, de la admisión de que no existe un liderazgo interno capaz de articular una mayoría disciplinada y ni siquiera en esas condiciones se logró mantener la cohesión. Y el resultado final fue la elección del diputado Jorge Alessandri, representante del ahora oficialismo.

El segundo episodio que habla de la incapacidad de Boric y su sector de aglutinar a todas las izquierdas bajo su liderazgo fue la elección de Paulina Núñez como presidenta del Senado. Ésta se logró con los votos del actual oficialismo más los de los senadores socialistas y del PPD mediante un acuerdo que garantiza a la presidenta del Partido Socialista la próxima presidencia de esa cámara. De ese modo parece configurarse una situación que probablemente vaya a caracterizar la política durante el futuro próximo: un gobierno que va a enfrentar a una fuerza opositora probablemente intransigente integrada por el PC y el Frente Amplio y otra abierta al diálogo y a las posibilidades de entendimiento, que tendrá a al PS y al PPD como protagonistas junto a los partidos de la llamada izquierda democrática. Nuevamente para ser justos con la totalidad de la evidencia, hay que reconocer que en el escenario futuro hay aún otras dos fuerzas políticas que no han terminado de definir con precisión su rol ante el gobierno recién constituido: el Partido de la Gente y el Nacional Libertario. Por ello, como ha sugerido Eduardo Saffirio recientemente, el nuevo gobierno podría tener que enfrentarse no a dos sino a cuatro oposiciones, lo que si bien le da ventajas tácticas también puede incrementar sus riesgos.

Mientras tanto, el nuevo gobierno se ha iniciado sin apartarse de la línea que marcó José Antonio Kast la noche misma de su elección, esto es concentrado en tareas que lo llevan a abordar los temas que la que él mismo ha definido como emergencia (seguridad pública, contención de la inmigración fuera de control y crecimiento económico). Se trata de una señal propiciatoria de la posibilidad de diálogo y deseablemente de acuerdos con sus opositores menos recalcitrantes, pues resulta difícil oponerse a buscar soluciones a esas materias que, emergencia o no, es urgente resolver. Abona la posibilidad de ese entendimiento el hecho que Kast haya renunciado a su militancia en Republicanos al asumir la presidencia y que en su discurso del miércoles haya dejado expresamente de lado, sin siquiera sugerirlos, los temas valóricos que serán siempre el refugio último de los intransigentes y obstinados que querrán mantenerse vigentes sobre la base de una oposición pertinaz al gobierno.

Esa actitud, por cierto, desde que se manifestó por primera vez ha desconcertado y en no pocas oportunidades despertado las iras de quienes actúan frente a Kast de acuerdo con lo que la retórica conoce como la falacia del “hombre de paja”, esto es construyendo primero un “hombre de paja” convenientemente relleno de las intenciones que ellos le atribuyen, para luego criticar con indignación esas intenciones. Combatir a un hombre de paja tiene una ventaja porque siempre se le puede derrotar, pero tiene también un inconveniente: el adversario real rara vez está hecho de paja. Es lo que le ha ocurrido a un conocido columnista que el jueves pasado expresó en El Mercurio su indignación porque el nuevo presidente no había abordado en su discurso los valores y principios que él le atribuye y que en su nota describió meticulosamente sin darse cuenta de que estaba peleándose con el “hombre de paja” que él -como otros- se ha inventado y no con el Kast que ha comenzado a gobernar. Contrasta esa actitud con otras señales de la existencia de una voluntad orientada en la dirección de inclusión y diálogo de la que hasta ahora ha hecho gala el nuevo mandatario. Entre ellas se debe mencionar el gesto del nuevo presidente de la Cámara de Diputadas y Diputados que, en su discurso luego de ser electo, mencionó sólo dos nombres como ejemplos de conducción de esa Cámara: José Antonio Viera-Gallo y Juan Bustos, ambos socialistas.

Lo cierto es que el diálogo y el acuerdo son hoy imprescindibles para solucionar los problemas inmediatos que nos aquejan. Con ellos, quizás sea posible poner fin a la situación en que parece estar inmersa la política chilena, atrapada en un movimiento pendular entre dos fuerzas opuestas -la refundación de izquierdas y la restauración de derechas- sin que ninguna logre cerrar el ciclo. Una situación que nos condena a ser una suerte de parodia de Esperando a Godot, la obra de Samuel Beckett en la que los personajes aguardan un acontecimiento que nunca llega. En nuestra parodia esperamos permanente el “gran cambio” que siempre está por venir pero que nunca termina de materializarse en un orden estable, mientras los problemas cotidianos -aquellos que el nuevo gobierno califica como “emergencia”- se acumulan y nos siguen dañando.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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