Para empezar, una crisis de confianza. Eso es lo que pudiese haber provocado el caso del ejecutivo del Banco Santander involucrado en la red de lavado de activos del Tren de Aragua. Pero, es mucho más que eso. Es la muestra de cómo el crimen organizado va a buscar a las personas adecuadas para el desarrollo de su plan de negocios.
No es que el sicario haya pasado de moda. Ese rol seguirá muy presente en un mundo donde la competencia se elimina, literalmente, pero es necesario conversar de todo eso que no se ve y que genera un daño bastante más profundo que una balacera entre dos facciones criminales: todas esas profesiones habilitantes que le permiten a la criminalidad organizada transformarse en esa empresa multinacional.
Así como se emplean asesinos a sueldo, grupos como el Tren de Aragua, el Primer Comando de la Capital, o cualquiera de los carteles del narcotráfico internacional buscarán contratar a esos contadores, abogados y ejecutivos bancarios, al mismo tiempo que formarán a todos aquellos profesionales que necesiten para infiltrar la empresa privada y el Estado.
Por eso hoy hablamos del ejecutivo del Banco Santander. Porque, con una carrera financiera internacional, sus conocimientos se transforman en oro para quienes necesitan blanquear el dinero obtenido de extorsiones, venta de productos ilícitos y más. No es el banco lo que estos grupos buscan, son las personas que pueden aportar. Compran conocimientos, experiencias y redes de contacto.
Qué no nos extrañe si en un futuro una persona es preparada por este tipo de grupos para integrarse en alguna fuerza policial o militar o en alguna otra institución del Estado. Los perfilan, los entrenan y los preparan para que no levanten sospechas, parezcan lo más ajeno a ese mundo criminal y, para que se ganen la confianza de todos. Así, sin estruendos, se integran en la legalidad. Sin llamar la atención, sin tomar un arma, sin extorsionar ni amenazar, hacen un trabajo profesional, prácticamente perfecto, que le permite a la empresa criminal para la que realmente trabajan extender sus tentáculos y ganar dinero.
Que el caso del ejecutivo bancario no quede en conversaciones de asombro, que sirva para incorporar en el proceso de toma de decisiones el riesgo de la criminalidad organizada, no para alarmar, sino, para proteger la industria, el Estado y el desarrollo económico.
Que sirva para conversar realmente de lo que nos falta en materia de persecución patrimonial del crimen. Para cambiar el foco y, mientras analizamos la organización criminal, también avancemos en institucionalidad para perseguir la ruta del dinero. Es decir, hablar sobre el comiso sin condena, sobre un órgano administrador de bienes decomisados, sobre la velocidad de destrucción de productos incautados… Sobre, la necesidad de que el Ministerio de Hacienda incluya una perspectiva de crimen organizado, pues, de él dependen servicios como Aduanas, Impuestos Internos, Unidad de Análisis Financiero o la Comisión para el Mercado Financiero.
La discusión sobre cómo enfrentar el crimen organizado debiese salir de lo policial y centrarse en todas sus dimensiones, sobre todo, en aquella que resulta más atractiva para estos grupos y que en Latinoamérica Chile representa una oportunidad: El lavado de activos y el uso de la industria formal para ello.
