El acto inaugural de los Juegos Olímpicos, que ridiculizó la Última Cena de Jesús y sus Apóstoles, puso nuevamente sobre la mesa las constantes humillaciones que debemos aguantar muchos creyentes, especialmente por las burlas a representaciones de las personas más importantes del cristianismo. Ha ocurrido, con diferentes niveles de gravedad, en eventos internacionales y en muchos países, y Chile no ha sido la excepción.
La persecución contra los cristianos en la actualidad es un martirio que ocurre en todas partes del mundo. Durante 2023, solo en Nicaragua, Bielorrusia, China y Nigeria, 132 sacerdotes y religiosos fueron detenidos, secuestrados o asesinados, según el reporte de Ayuda a la Iglesia Necesitada. Rápidamente se ha olvidado la masacre de casi 140 cristianos nigerianos para las fiestas navideñas. Pero también la blasfemia y el sacrilegio se han extendido. La blasfemia se puede entender como una actuación injuriosa contra las personas santas y cosas sagradas, o contra lo sagrado. Es tan grave la normalización de la blasfemia y el sacrilegio en una sociedad como la apatía y silencio cómplice de los creyentes que no se atreven a oponerse.
Chile no ha sido ajeno a este desprecio por el mundo cristiano. Iglesias quemadas por grupos mapuches y para el 18-O, templos vandalizados en las marchas feministas y sagrarios profanados en Halloween son noticias esperables para esas fechas. Pero hay otros modos, quizás menos dañinos materialmente, pero igualmente graves. Por ejemplo, cuando se puso un pañuelo abortista a una estatua de la Virgen María en la Casa Central de la Universidad Católica o la performance en el programa “Las Gansas” de La Red con insultos al Papa, a los católicos en general y actos obscenos con un rosario, del mismo estilo que el banderazo del Apruebo en Valparaíso. En otro nivel de gravedad, pero igualmente vejatorio, son las estatuas de la Virgen María en varias sucursales del bar “La Virgen”. Es un insulto para los católicos que al interior y exterior de los locales hayan instalado estatuas o imágenes a modo de decoración, como si fuese un simple cuadro o adorno más. También ha hecho noticia el reconocimiento legal de la organización satánica Templo de Satán, que basa su religión en el símbolo de Satán como el adversario a toda imposición dogmática. Y así suma y sigue una larga lista.
Otra fuente de ataque a los cristianos, y a todas las religiones en general, es el cumplimiento de una sentencia internacional de la Corte Interamericana de Derechos Humanos contra Chile, que le ordena modificar nuestra normativa para que la elección de los profesores de religión no discrimine arbitrariamente. El Gobierno, por supuesto, ha aprovechado la oportunidad para tratar de controlar que la calificación de la idoneidad quede radicada finalmente en el Estado y ya no en las autoridades eclesiásticas. Curiosamente, para decirlo en términos suaves, el argumento de la separación Iglesia – Estado que se escucha cuando la Iglesia Católica se opone a temas como la píldora anticonceptiva, el “matrimonio” igualitario, el aborto o la eutanasia -progresos de nuestro tiempo, en palabras de un senador- ahora no se escucha.
Mediante avances sutiles y pasos tácticos, pero lentamente el anticristianismo, en distintos niveles y con diferente intensidad, ha ido calando en el mundo y en Chile. Es tiempo de que personas e instituciones defiendan su fe en el espacio público.

Gracias a Roberto Astaburuaga por su claro y valiente testimonio.
La responsabilidad del anticristianismo no es de los mal llamados «progresistas», que cumplen con lo que predican. Es de la Iglesia, es decir, de nosotros los católicos, que no lo hacemos y permitimos la persecución y la blasfemia con nuestra comodidad, conformismo y cobardía.
Somos nosotros, los católicos, los que seguimos votando por políticos que aprueban el aborto y la eutanasia.
Somos nosotros, los católicos, los que permitimos que un partido que se dice llamar «cristiano» haga alianzas con los comunistas.
Dios nos libre y nos ilumine.
Aunque el cristianismo ha sido perseguido desde sus inicios, hoy esa persecución se da en formas nuevas, como lo que vimos en el acto inaugural de los juegos olímpicos de Paris. Y bajo el argumento de la tolerancia, en especial esgrimido por grupos que son minoritarios y que en base a una supuesta deuda histórica de la sociedad hacia ellos han ido acaparando cada vez más poder político, los cristianos y en especial los católicos han dejado de alzar su voz, principalmente porque hay laicos y también congregaciones dentro de la misma iglesia católica que comulgan con esas ideas. Está bien acoger a todas las personas, más allá de su condición sexual. Pero una cosa es acoger o no discriminar ni tratar mal, y otra muy distinta es traicionar los principios propios de la misma iglesia (iglesia de la que forma parte y es responsable tanto el clero como los laicos).
Es cierto que hace 99 años se separó la iglesia del estado chileno, sin inmiscuirse ninguno de los 2 en las decisiones y autonomía del otro. Pero eso tiene que ser para los 2 lados.
La corte interamericana de derechos humanos al emitir un fallo que obliga al estado de chile a inmiscuirse abiertamente en la autonomía de la iglesia católica, y que de paso vulnera la constitución política vigente en el país, viola esa separación.
Finalmente, al parecer, lo que grupos de ultraizquierda y el partido comunista trataron de imponernos a través de una constitución aberrante y que fue ampliamente rechazado por los chilenos, lo están logrando por otros caminos.