Los seres humanos estamos llamados a ser felices, inmensamente felices. ¿Es compatible esta vocación con el sufrimiento que, de cuando en cuando, remece nuestras vidas y que, en algunos casos, nos desestabiliza por completo? Por supuesto que lo es: en cierto sentido, nuestra felicidad supone el sufrimiento. Chesterton diría que la verdadera felicidad es aquella que logramos alcanzar en medio de las cosas que llamamos tristes.
«Cosas que llamamos tristes» son la pérdida del empleo, la muerte de algún familiar, el agobio de las deudas, la locura del encierro. Es decir, cosas con las que nos hemos acostumbrado a convivir en estos tiempos. Nuestra sociedad parece sometida a diversos males, y no se logra ver con claridad un norte, una salida. Es normal, entonces, que abunde la desesperanza. Óptimo panorama para la demagogia, que propone contentos efímeros y superficiales, pero que termina por hundirnos aún más en la desgracia. Desesperanza y desgracia. Anarquía y –como diría un filósofo alemán– nihilismo banal.
¿Cómo llegamos a esto? La ética del progreso, aquella que predominó por muchos años, no es una ética de la felicidad, sino una ética de la frustración. Y por más que los índices económicos hayan marcado muy bien, no solo de índices económicos vive el hombre. La humanidad –nos recordaba Gabriela Mistral– es todavía algo que hay que humanizar, lo que implica que todos los que somos miembros del género humano asumamos con seriedad esta tarea. La felicidad y la humanización, en este plano, se confunden, pues apuntan a lo mismo: a darse a los demás.
Donarse a los demás es una invitación que puede sonar un poco desconcertante, porque contraría la propaganda política y económica dominante. Pero estamos llamados a ser inmensamente felices, es decir, a donarnos gratuitamente a los demás. En esto consiste nuestra máxima realización y, a la vez, nuestra propia donación es el mayor bien social. Los cambios institucionales, algunos necesarios y urgentes, jamás serán suficientes. La verdad es que nada cambiará mayormente si no asumimos, cada uno en sus propias circunstancias, el deber de la solidaridad.
Superar el hastío que tiene capturada a nuestra comunidad es una urgencia social. Las personas necesitan no solo colmar sus necesidades básicas, sino también un significado u horizonte existencial. Esta es, tal vez, nuestra carencia más fundamental. El placer y la comodidad que hoy se erigen como el fin de la vida (y que son, en alguna medida, causas de nuestro individualismo), no se comparan con el verdadero gozo de sacrificarse por los demás, por los que sufren, por los pobres. Ayudarles no es solo una urgencia social, de justicia, de solidaridad, sino que también es una necesidad espiritual. No hay otro modo de despegar la mirada del suelo. No por nada en aquel libro extraño se les promete una herencia que no es de este mundo a quienes pueden hacer suyas las palabras «porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer».
