Hay una cierta confusión, que partió en los años 90, acerca de cuál es la política de Estados Unidos hacia la región. Contemplando el debate interno estadounidense algunos creen que se trata de una proyección acerca de las aspiraciones de grupos tan disímiles entre los considerados “latinos”, como los cubanos de Miami, los portorriqueños en Nueva York o amplios grupos de mexicanos y centroamericanos en los Estados cercanos a la frontera con México. Pero ese valor que se le otorga internamente -y que ha llevado alternativamente a demócratas y republicanos a rodearse de cubano-americanos o de mexico-americanos- pierde de vista que mayor importancia tienen otros grupos de presión, como los afroamericanos.
Algo de esa confusión se evidenció en la contienda Trump/Biden. Exigir igualdad de oportunidades para los descendientes de “latinos” no tiene nada que ver con la política y preocupación por la relación con los países al sur del Río Grande o Bravo. Desde los 90 el eje ideológico se desechó y los temas dominantes han sido la migración y el narcotráfico. Por otro lado, en el enfoque interestatal, Estados Unidos ha privilegiado delegar las funciones de relacionamiento con la región en Brasil, reconociendo su liderazgo y peso, y excepcionalmente ha trabajado bilateralmente las relaciones con Brasil, Chile, Panamá y Colombia, mientras México recibe un tratamiento vecinal.
Desde otro punto de vista, la confección desde Estados Unidos de un ranking de calidad de democracia, corrupción, peligrosidad y dominio del narcotráfico, bajo una lógica de premio y castigo, son otra forma de política hacia la región, siempre mirada en relación a los países y no como conjunto. Su interés por controlar la migración descontrolada desde Centroamérica ha establecido presiones ante México, su socio comercial y vecinal, y con los países fuente de la movilización de haitianos desde Brasil, Chile y México, como aspectos suplementarios de la crisis migratoria en su frontera sur.
En otras palabras, América Latina como región no suscita una atención especial ni se reconoce un bloque preciso. Puede que esto último sea también culpa de la región que entre la maraña de organizaciones supranacionales quiere incluso desbancar a la OEA, o que tiene periódicamente como programa alejar a Estados Unidos de la zona.
Entre Trump y Biden lo único que ha cambiado es la introducción del eje de la corrupción y la calidad de la democracia. Nuevamente dos temas importantes son Venezuela y la influencia china, conectadas respectivamente con las críticas a los regímenes argentino, boliviano y nicaragüense, todo en volumen moderado. Nuevamente, en el afán de distinguirse de América Latina, Washington elige el camino de señalar el costo de la corrupción, pero no dice nada acerca del desarrollo, las inversiones o la cooperación económica. Esto tiene que ver con la inexistencia de una agenda hacia Centroamérica, el Caribe y por supuesto América del Sur que permita mejorar las condiciones de vida salvo en función de evitar la migración, e incluso con Biden, ello no pasa de ser una expresión de buenas intenciones en el viaje de su vicepresidenta.
El mutismo sustantivo de Biden es continuidad de sus antecesores, y por eso la visita de Anthony Blinken a Ecuador y Colombia sigue siendo más de interrogantes que de afirmaciones. Sus dichos sobre que hay que reparar el tejido social y el imperio de la ley, siendo genéricamente verdaderos, no constituyen una agenda de política exterior, sino simplemente consideraciones amplias sin relación con medidas. Para peor, la falta de liderazgo brasileño corta cualquier mirada de interlocución regional, habida cuenta que la cercanía entre Bolsonaro y Trump no genera confianza en Biden y su equipo, y Brasilia no ha hecho nada en el terreno de la coordinación internacional, salvo en estos días una convergencia entre Brasil y Colombia.
Lo que se puede deducir de la visita que se realiza este mes de octubre de 2021 es que Estados Unidos no tiene agenda en la región que salga de la reacción al tema de la migración, el narcotráfico y la seguridad doméstica. Algo se dice por cierto de Venezuela, más en el terreno judicial que en el político (donde Alex Saab y el “Pollo” Carvajal serán entregados por distintos gobiernos a Estados Unidos), del clima, tema clásicamente demócrata, y de la repartición a países pobres como parte de una estrategia de reposicionamiento. Washington se transforma en espectador del copamiento geopolítico de la región por China, y de la introducción de actores extra regionales como Irán, Rusia y Turquía, sin mayor palabra que decir. Un buen signo de que América Latina no pesa mucho es que hay acciones ni teorías como antaño que se exhiban para un enfoque latinoamericanista. Ello tarde o temprano, sin embargo, tendrá repercusiones negativas hacia el propio Estados Unidos, partiendo porque las relaciones de seguridad mutua tenderán a desaparecer lo mismo que los contactos económicos, sustituidos por una activa China. Ello no sería más que el desinterés de una potencia, sino fuera porque el gran tema de la agenda estadounidense es recuperar el liderazgo y empeñarse en seguir manteniendo la hegemonía global y esa actitud sí es contradictora con sus desafíos. En el contexto actual no hay mucho que esperar de Estados Unidos, así como Haití sabe que no contará con una nueva iniciativa de apoyo regional y estadounidense, el resto será manejado desde la conexión con ciertos países con simpatías o lazos especialmentes.
