¿Por qué actuamos como actuamos? No quiero plantear una pregunta metafísica ni teleológica, porque no pregunto sobre el libre albedrío, sino que planteo algo que tiene una implicancia práctica, empírica e incluso, si se quiere, pública: ¿por qué, ante un determinado evento, decidimos cumplir con lo que se espera de nosotros, o al menos, con lo que nosotros esperamos de nosotros mismos? O dicho de otro modo, ¿por qué optamos por hacer lo correcto, en vez de hacer lo incorrecto?
Hay distintas teorías para explicar el comportamiento humano. La última de ellas tiene que ver con “el sistema” mismo, y por tanto, la dejo afuera: “hacemos lo correcto porque no podemos hacer otra cosa”. Un ejemplo de esto es el auto que no permite arrancar hasta que el chofer se haya puesto cinturón de seguridad. Algo similar se ha sabido recientemente, a propósito de la eventual llegada de semáforos con inteligencia artificial, que detectarían a los motociclistas que están andando sin casco, y que mantendrían la luz roja hasta que el infractor cumpla con la ley (de hecho, hay un video con una campaña realizada en Argentina sobre esto, que se ha hecho bastante viral). En ambos casos, el buen comportamiento está dado por el sistema, y por tanto, no hay mucho que hacer al respecto. No son más que versiones más complejas y actualizadas de la “técnica Ludovico” que aparece en la película La Naranja Mecánica, y que a fin de cuentas, le impide a Alex DeLarge seguir cometiendo sus fechorías (perdón por el spoiler pero la película tiene más de 50 años… si no la han visto, ya no la vieron). En estos casos, claro está, no hay una decisión del agente, sino que su comportamiento está comandado por terceros.
Pero hay casos en que sí depende de cada uno actuar como actuamos. Y es más, en muchos casos, una persona sabe perfectamente que podría hacer el mal, y lograría “salirse con la suya”, pero a pesar de todo, decide hacer el bien. ¿A qué se debe esto?
Una alternativa es que tenemos una inclinación natural hacia la responsabilidad, es decir, hacia hacer lo correcto; y durante nuestra vida en el mundo, nos vamos alienando, nos vamos contaminando, y empezamos a conocer los manjares de la irresponsabilidad (esta teoría sería propia de un pensamiento a lo Rousseau, quien en El Contrato Social asume que el hombre nace bueno pero es la sociedad la que lo corrompe). Por lo tanto, no sería tan difícil devolver “el agua al molino”, y sólo sería necesario generar acciones para recomponer esta tendencia natural hacia la responsabilidad.
Pero está la otra alternativa, la contraria: según esta otra visión, tenemos una inclinación natural hacia la irresponsabilidad, y necesitamos moderadores que nos lleven a hacer el bien (esta idea es más cercana al postulado de Hobbes, quien en el Leviatán plantea que el hombre es lobo para el hombre).
Si creemos en el segundo postulado, hay que pensar qué elementos inciden como “moderadores” del comportamiento humano. Y en ese plano se pueden destacar al menos tres tipos de factores que influyen en nuestras decisiones, inhibiendo un comportamiento antisocial.
El primer factor que opera como moderador del comportamiento es, claramente, la ética o la moral: hacemos lo correcto porque es lo correcto; porque estamos llamados a hacer el bien y no el mal. No me hagan meterme en temas irrisoriamente complejos, como qué es el bien, o si podemos lograr un acuerdo masivo (¿un Contrato Social?) sobre quién define lo que se puede y no hacer. Pero lo que sí está claro es que, en nuestra conciencia, podemos advertir perfectamente cuándo estamos haciendo algo malo. O al menos potencialmente malo.
Ese “Pepe grillo” viene muchas veces por formación, por influencia paternal, de la escuela o de pares, pero a veces es algo intrínseco a nosotros. Puede ser incluso una cosa “de guata”, que nos haga optar por no hacer algo, si no estamos seguros de que está bien. Y eso, por tanto, nos inhibe, nos frena, y funciona como un buen moderador del comportamiento.
Un segundo factor tiene que ver con la sanción jurídica: en sociología del derecho se enseña muy bien qué hay detrás de una norma, especialmente de una norma penal, y de qué modo la tipificación de una conducta como algo malo puede influir en que los individuos dejen de hacerlo. Los fines de una pena son múltiples y variados, y aunque no tengo la intención de meterme mucho en el asunto, pues este no es un ensayo jurídico, sí debo decir que, en una sanción penal, hay algo mucho más profundo que simplemente castigar directamente a una persona (aunque, en verdad, el castigo mismo es uno de los fines de la pena), y de hecho, se reconocen otros objetivos en la pena, como inhibir a la población a cometer el delito, generando un “miedo a la pena”, o inhibir personalmente al infractor para que no vuelva a delinquir, e incluso la posibilidad de resarcir el daño causado (eso se da, sobre todo, en sanciones económicas, o en penas alternativas).
Lo que sí está claro es que la sanción jurídica también funciona como un moderador del comportamiento humano. “Don’t do the crime if you can’t do the time”, rezan los gringos, y tienen toda la razón. Mucha gente se contiene ante hacer un ilícito, no por la falta de moralidad del acto, sino de puro pensar en que puede ser aprehendida y apresadas. Eso sí, para que la sanción jurídica sea efectiva, es necesario que se den dos requisitos sine qua non: que la probabilidad de captura sea alta, y que la pena también sea importante. Mientras más insignificantes sean estos elementos, menos va a funcionar la sanción jurídica como inhibidor de la actuación humana.
Pero hay, con todo, un tercer factor de moderación del comportamiento. Y este, a mí parecer, es más potente que los otros dos. Me refiero a las sanciones sociales. Es decir, a la capacidad que tenemos los seres humanos de modificar nuestro proceder, por el impacto que puede tener en el resto. Y sí, en muchos casos ese impacto puede ser el descrédito de la persona (o de la organización), lo que en última instancia es un valor fundamental para todos nosotros, que estamos dispuestos a cuidar con el alma.
En los MBA se enseña que la reputación es uno de los atributos más importantes de una empresa, y que pese a que la compañía puede haberse pasado años construyendo dicha imagen, se puede desmoronar en una cosa de días, por una crisis o una mala gestión. El descrédito, por tanto, no sólo es un asunto que importe a las personas naturales, sino que es algo propio de todos los entes que actúan en sociedad: ONG, gobiernos, asociaciones, pymes y, por supuesto, grandes corporaciones. Todas y cada una de estas instituciones, partiendo por la persona humana, está permanentemente expuesta a un descrédito mayor, que puede significar incluso la desaparición, o al menos el ostracismo temporal.
Si entendemos esto, queda claro que “el qué dirán” -que no es otra cosa que la versión gráfica de las sanciones sociales- funciona como un importante motor que puede moderar el comportamiento humano. Y como es obvio, en un mundo organizado y gobernado por las redes sociales, este tipo de sanciones se ha vuelto cada vez más importante, y más peligroso. Más importante porque, por un lado, puede ayudar a generar individuos más virtuosos; pero más peligroso porque, por otro lado, tiene implicancias devastadoras cuando se trata de desacreditar a alguien: las redes sociales operan en cosa de minutos, y son irreflexivas y lapidarias. No tienen el más mínimo temor a equivocarse -aunque muchas veces lo hacen- y sus sanciones pueden llegar a ser catastróficas.
Por lo tanto, estamos pisando sobre huevos. Y es bueno que lo sepamos.
