La segunda vuelta de este domingo tendrá tres candidatos en competencia: por el oficialismo, Jara; por la oposición, Kast; y por el medio, los votos inválidos (es decir, los nulos y blancos). Cada uno con sus estrategias, cada uno con sus fantasmas, las distintas opciones en juego han tenido visibilidad y estrategia, para intentar persuadir a sus potenciales feligreses. Y como esto es meridianamente obvio en el caso de Kast y Jara, me quiero concentrar en los votos nulos y blancos.
¿Qué pasará con los votos inválidos este domingo? Las últimas elecciones no nos aportan una idea clara: ya que no tiene sentido estudiar el comportamiento electoral de los votantes de nulos y blancos con voto voluntario (ya que ahí nos podemos quedar en la casa, y el voto inválido pasa a tener otro símbolo), desde que se instauró el voto obligatorio con inscripción automática, hemos visto datos muy disímiles: en la elección de alcaldes del año pasado hubo cerca de 1,5 millones de votos inválidos, y en Cores la cifra subió a casi 2,5 millones. Pero en los plebiscitos, siendo votaciones binarias, ha habido bastante menos: en torno a los 700 mil en 2023 (cuando triunfó el En Contra) y apenas 277 mil en 2022 (triunfo del Rechazo). Esto es concordante con lo señalado por un trabajo de Tamara Llorente, Patricio Navia e Isidora Otárola, quienes concluyen que los nulos y blancos suben cuando el menú es amplio -como en las elecciones parlamentarias o municipales- y caen cuando el dilema es A o B. Tiene lógica: más opciones, más confusión; menos opciones, más concentración.
Pero la cantidad de votos inválidos también depende de lo que esté en juego. En ambos plebiscitos constitucionales había incertidumbre sobre el resultado final; hoy, en cambio, la conversación pública ha instalado que Kast corre con ventaja. Cuando el partido parece resuelto, hay quienes respiran tranquilos sin tener que sufrir los costos de una victoria incómoda. Y es lo que puede pasar este domingo.
Es imposible meter en un mismo saco a todos los que votarán nulo o blanco el domingo. Primero, están los que no están ni ahí con el proceso, pero no quieren multa (en primera vuelta hubo medio millón de inválidos, sin ir más lejos). Segundo, están los huérfanos de candidatos: los viudos de Parisi y la centroizquierda que acompañó a Matthei. Tercero, asoman también quienes quieren “dar una señal” de desconfianza o desprecio a la clase política.
Pero hay todavía un cuarto grupo: los que quieren que Kast gane… pero no con su voto. Son en general liberales, opositores a este gobierno, incómodos con el conservadurismo de Kast, pero mucho más lejos del comunismo de Jara. Para ellos, el voto inválido articula un relato: son votos anti-Jara más que pro-Kast, y si la elección “ya está cantada”, anular reduce la disonancia cognitiva.
La historia reciente bien sabe de esto. En 2021, Boric ganó con un fuerte componente anti-Kast. A los pocos meses, este hecho repercutía en un apoyo cercano al 30%, mismo guarismo que lo votó en primera vuelta. De alguna forma, el querer que Kast gane sin tener que votar por él ayuda a transparentar más que el escenario es un espejismo del año 2021, aunque a la inversa.
¿Es legítimo decir “con mi voto no”? Por supuesto. Pero tiene una derivada que hay que atender. Quien más celebrará la noche del 14 de diciembre la abultada cifra de nulos y blancos será Franco Parisi, quien llamó de hecho a votar nulo, y buscará presentarlos como una “tercera fuerza invisible”. Así, paradójicamente, los liberales que quieren que Kast triunfe pero sin su voto, por evitar un dilema personal en el corto plazo, puede que terminen generando un dilema social en el largo plazo. Y bastante mayor.

Hay una cuarta categoría de votos blancos y nulos. Los que no saben cómo votar. Esto sucede más cuando hay varias papeletas, como en la elección pasada con diputados, senadores y para presidente. Personas muy educadas me llamaron porque no tenían idea cómo votar ni por quién votar. Algunos creían que tenían que votar por la lista completa.