VICTOR HUENANTE / AGENCIAUNO

No voy a ahondar en que estoy “de acuerdo con el Acuerdo”. Ya se ha escrito mucho al respecto, y en mi caso, publiqué un hilo con 10 puntos que rescato. No. Mejor hablemos de todo lo que viene ahora; el post-acuerdo, y el paño que queda por cortar.

Porque si pensamos que con suscribir el Acuerdo por Chile estábamos listos, estaremos tan equivocados como cuando pensamos que el acuerdo del 15 de noviembre de 2019 acabaría con la violencia inusitada que se instaló en el país después del estallido social.

Por supuesto, el Acuerdo por Chile es un importante primer paso. Nos otorgó una potente idea fuerza, una docena de buenos principios, una hoja de ruta y un montón de esperanza. Pero lo más importante es que nos ha otorgado una certeza: con la suscripción de este protocolo, por prácticamente todas las fuerzas políticas -salvo el PDG y Republicanos, que a mi juicio cometieron un grave error al no firmar- podemos tener la confianza de que la política vuelve al centro.

Así es. Luego de un período de adolescente embriaguez en torno a la idea del pueblo, el activismo social y movimientos de base, unido a un explícito desprecio a la clase política -que derivó, bien lo sabemos, en una convención muy poco representativa de la realidad nacional- hoy en cambio aplaudimos el hecho de que la nueva hoja de ruta reivindica el valor de la política y de los grupos que la lideran.

En nuestro país tenemos, salvo deshonrosas excepciones, sólidos partidos y una institucionalidad política que funciona, y era hora que ello estuviera presente en el debate. Por eso, sólo queda aplaudir que el Congreso tenga un rol al elegir a los expertos que comenzarán con el proceso, y que para la elección de consejeros se haya terminado con una de las peores ideas nacidas en democracia: las listas de independientes.

Y no sólo eso. La política también vuelve al centro, porque dadas las reglas electorales propuestas en el Acuerdo, así como por la regla recién estrenada de los 4/7 para modificar la Constitución, hay tierra fértil para la emergencia de una necesaria y potente fuerza de centro, que se convierta en la quilla necesaria para cualquier proceso constitucional, como el que se nos viene.

En ese sentido, la jugada lógica para gran parte del Rechazo -los que lograron instalar el frame de que se necesita una nueva Constitución, pero no la del texto de los convencionales- es reunirse y dejar de lado a las fuerzas más derechistas, las que, por un lado, nunca se compraron ese relato de campaña, y por otro, manifestaron desde el principio su desacuerdo con el Acuerdo.

En otras palabras, lo que debe hacer Chile Vamos es buscar un acuerdo electoral -y ojalá programático- con fuerzas de centro como el PDG, Amarillos o Demócratas, en vez de repetir la alianza con los Republicanos. Y hay cinco poderosas razones para ello:

1. Las elecciones con sistema proporcional premian a las listas que logran agrupar una gran cantidad de partidos y votos. En ese sentido, el óptimo sería lograr agrupar a todos los que consiguieron el 62% del Rechazo. Pero sabemos que eso es evidentemente imposible: grupos de centro como Demócratas o Amarillos nunca se sentarían a la mesa con los Republicanos, y viceversa. Luego, hay que optar por unos o por otros. Y en aras de recuperar el centro, es más estratégico para Chile Vamos mirar a los primeros. Al menos, tengo el convencimiento de que muchos en RN o Evópoli se sentirían más cómodos con los Amarillos y los Demócratas que con los Republicanos.

2. A nivel de relato, también es más lógico para Chile Vamos aislar a los Republicanos. Ellos no creen en este Acuerdo. Ello, por supuesto, no les impide llevar candidatos (el PC no creyó en el primer acuerdo, y al final hasta se apoderó de la Convención). Pero por narrativa, es difícil para los partidos que impulsaron el nuevo proceso presentarse en lista con quienes siguen considerando que es una mala idea.

3. De hecho, para los Republicanos también es tácticamente mejor ir solos. De lo contrario, serían vistos como traidores y perderían su nicho de votos. Esta estrategia les permite mantener su coherencia, lo que es un poderoso motor al momento de buscar votos.

4. Pensando en el contenido de la nueva propuesta, también es mejor que Chile Vamos se mueva hacia el centro, y no hacia la derecha: si el nuevo texto queda «demasiado momio», Chile Vamos puede arriesgar un nuevo rechazo en el plebiscito de salida. Por ello, es mejor comenzar de inmediato a hacer alianzas programáticas con fuerzas razonables del mundo progresista y de la centroizquierda, para redactar una Constitución que equilibrada y no partisana (“una que nos una”). La centroderecha debe dejar de mirar con distancia a la socialdemocracia, y por ello, un pacto electoral con fuerzas de centro puede ser una primera prueba de confianza.

5. Finalmente, pensando en el largo plazo, también es buena idea construir una alianza de centro. La Concertación fue exitosa no porque haya gobernado 20 años sin parar, sino porque fue un grupo sensato, que logró tener un espíritu propio, incluso con dos almas (el centro y la izquierda) pero con pocos espacios para el populismo y el descontrol. Y ese es el modelo a seguir, a mi juicio, para la centroderecha. Hoy que la izquierda más dura ha logrado hacerse del poder y la socialdemocracia no es más que un actor secundario, la centroderecha tiene un rol clave para evitar el enfrentamiento entre extremos. Ya hemos visto lo mal que le hace a Chile la polarización. Necesitamos un centro firme, que ordene y equilibre. Y quizás la elección de consejeros, que tendrá lugar en 2023, puede ser el primer paso.

*Roberto Munita es abogado, sociólogo y master en Gestión Política George Washington University.

Director de Administración Pública UNAB

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