Solo en el marco del vaciamiento de la verdad característico de los tiempos posmodernos podemos explicar que la mentira y el oxímoron, figura retórica que combina los opuestos, hayan cobrado una centralidad sumamente peligrosa. Es importante detenerse a explicar en qué sentido hablamos del vaciamiento de la verdad. Desde Nietzsche en adelante, el objetivo de los intelectuales de izquierda y sus brazos políticos ha sido persuadirnos de que no existe una realidad independiente de la voluntad del sujeto. En breve, nos hemos tragado la cantinela de que nada es verdad y nada, mentira, todo depende no del cristal con el que se mira, sino de la voluntad de poder de los individuos. De ahí que, el nuevo contrato social, Agenda 2030 – 2045, con su ideología de género niegue la realidad empírica del sexo biológico como fundamento de la distinción hombre y mujer, dando paso a la esquizofrenización de nuestras categorías tradicionales y de los valores fundantes de Occidente. ¿Esquizofrenización?
¿Y qué otra cosa puede implicar la genitalización de una sociedad en cuyo Congreso se habla de “personas menstruantes” y se aprueban leyes para terapias afirmativas a partir de los 3 años? Uno de los ejemplos más recientes del avance del triunfo del progresismo y del proceso de deconstrucción de las instituciones en nuestro país es el proyecto de ley que elimina el mérito como fundamento de la elección de los miembros de los directorios en las empresas. Hablamos de la ley de cuota de género que luego se extenderá a todos los géneros reconocidos (se habla de 112), en cuyo marco ni la inteligencia ni el esfuerzo o el talento tienen preponderancia en nuestra posición social. Solo quedará la autopercepción de ciertos rasgos identitarios vinculados a una genitalidad imaginaria que licúa la legitimidad de la propiedad privada. Estamos ante una de las armas más potentes de la subversión cultural ampliamente denunciada por intelectuales como Ayaan Hirsi y Jordan Peterson basados o por el ex KGB Yuri Bezmenov y en la evidencia empírica irrefutable de la destrucción gramsciana que observamos deja la batalla cultural. El arma, en este caso, consiste en el cambio de nuestra concepción antropológica cristiana -criaturas iguales hijos de Dios con derechos fundamentales que anteceden a la existencia del Estado-, por una concepción antropológica materialista de autopercepción genital. Materialista, pues niega la relevancia de todo rasgo psíquico/ espiritual, de autopercepción -pues niega la verdad empírica del sexo biológico- y genital dado que invierte y transvalora los fundamentos de una cultura que abogó tradicionalmente por el imperio de la razón por sobre las pasiones. De ahí que la legitimidad de la propiedad y la posición social tuvieran a la base el talento, el esfuerzo y la virtud.
Es en el marco del avance de la esquizofrenización descrita donde podemos explicar no solo el ascenso de la candidata Jeannette Jara, sino, el apoyo y normalización del oxímoron -comunismo democrático- por parte de varios medios de comunicación y de intelectuales como Carlos Peña. Imagino que el eterno rector de la UDP considera de toda lógica democrática las declaraciones de Daniel Jadue, respecto a que “cuando el Estado no sirve para garantizar los derechos esenciales, el pueblo tiene todo el derecho y la razón para pasarse por sobre el Estado de Derecho”. También es muy democrático que tengan vínculos con Caracas y La Habana y con grupos guerrilleros como las FARC. Por supuesto, usted no se preocupe. No debe tener miedo porque este es un comunismo color rosa, un comunismo democrático. Lo que sí debe hacer es respaldar toda iniciativa que silencie a quienes consideran que, ante una situación como la del régimen inconstitucional de Allende, los chilenos debimos aceptar el derecho de comunistas y socialistas a violar nuestros derechos. También debe estar de acuerdo con que quien se manifieste hoy en contra de dicho derecho a violar derechos sea perseguido y silenciado.
Hablamos sí, no solo de un intento por bajar a Johannes Kaiser, líder del partido de la derecha con mayor militancia en el país a través del Tribunal Constitucional, sino, ahora, del proceso sancionatorio abierto en el Servel contra el Partido Nacional Libertario cuyo fin es su disolución. ¿Ha visto usted alguna defensa por parte de los pseudodemócratas que legitiman el comunismo “especial” y “diferente”? En otras palabras, ellos están a favor de la participación política del PC y la llegada al poder de Jara, pero en contra de un partido libertario que defiende la soberanía nacional y el derecho de los ciudadanos a ser protegidos de golpistas, narcopolíticos y terroristas. Lo más triste es el silencio de los otros candidatos. Triste tanto porque se espera que la defensa de los principios constitutivos de un piso mínimo para la gobernabilidad del país no sea un asunto de oportunidad política, como por la ignorancia que refleja su silencio. Y es que no solo están obviando el eterno retorno de la misma terrorífica experiencia bajo el sangriento signo comunista, sino, además, porque en un país donde se permite la persecución política, no pasa mucho tiempo hasta que se impone una dictadura comunista. Estamos en un momento histórico clave y no nos damos cuenta debido a los narcóticos efectos del oxímoron del comunismo democrático. En este contexto es irrelevante si el próximo es un gobierno de derecha, pues no tendrá cómo defenderse del próximo golpe de Estado. Los muros ya preparan el ánimo. Recorriendo la comuna de Jadue puede usted leer: “Si el voto cambiara algo, ya estaría prohibido. Súmate a la revolución”. En definitiva, demasiados son los que están jugando con fuego, el fuego del calvario comunista que cuando se enciende, efectivamente, deja a todos igual. Igualmente pobres, hambrientos, exiliados, violentados y con los derechos fundamentales suspendidos. Siempre empiezan con un grupo, como es el caso de los nacional libertarios. Luego vienen por los demás.

En relación con la brillante columna de Vanessa —como acostumbra— y el peligro que acecha a la democracia, me parece pertinente citar a Julián Marías:
“Se piensa, sobre todo, en que la democracia puede ser destruida desde fuera, quiero decir por un poder ajeno, un golpe de Estado o una subversión. A mí me preocupan más los riesgos intrínsecos de la democracia, los que la afectan inevitablemente y por su propia índole y que son los que hay que tener primariamente en cuenta. No se puede olvidar que el régimen hitleriano llegó democráticamente a Alemania en 1933 con votaciones mayoritarias y plebiscitos triunfantes. Y no es el único caso, ni mucho menos.
El peligro que acecha a la democracia es la posibilidad de manipulación de la opinión. En ella el poder se obtiene o se conserva consiguiendo votaciones que aseguren el dominio en los Parlamentos y, a través de ellos, en los Gobiernos. La tentación, difícil de evitar, es la acumulación de ofrecimientos y promesas que seduzcan a los electores, o el uso de lemas y consignas que puedan arrastrarlos demagógicamente. En nuestro tiempo, los recursos de los medios de comunicación son tales que estas posibilidades son mayores que nunca. Pequeños grupos bien organizados, dedicados profesionalmente a ellos, con el uso de prestigios forjados según su conveniencia y presentados como tales, pueden aparentar que reflejan la opinión de grandes minorías y seducir o intimidar a las mayorías.
Si esto ocurre, la democracia se desvirtúa y corrompe desde dentro, simplemente porque los ciudadanos abandonan el ejercicio de esa libertad irrenunciable, que es la que completa la de expresión: la libertad de juzgar, de aprobar o negar, en suma, de tener una opinión propia, no inducida falazmente… Se trata de esa libertad igualmente esencial que la de expresión: la de reaccionar intelectualmente a eso que se ha expresado. Es menester que cada persona mida por sí misma la verdad, justificación o acierto de las opiniones que ha leído o escuchado. Pueden ser inteligentes, capaces de prueba, acordes con la realidad, veraces; pero pueden ser falacias, abusos de la palabra, disparates, estupideces o pura y simplemente mentiras. Hay derecho a decirlas, pero los demás tienen el de valorarlas y formar su propia opinión”. Julián MARÍAS, “Las diversas libertades”, diario ABC, Madrid, 25 de enero de 1991.
Adolfo Paúl Latorre
Abogado
Magíster en ciencia política