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Lejos ya de esas elegías llenas de épica que provocó la revolución cubana, a lo largo y ancho de América Latina, comienza a aflorar un interesante intercambio de opiniones acerca de los aspectos más sustantivos de la experiencia vivida bajo los Castro.

Su larga extensión en el tiempo, su fuerte impulso igualitarista, sus aires refundacionales como marco de acción, visión jacobina de la política y la tremenda retórica incendiaria, fueron, sin dudas, sus aspectos más llamativos. Del mismo modo lo fue su proyección de poder alcanzada a nivel internacional, especialmente mediante incursiones militares en Africa, desde fines de los setenta hasta mediados de los ochenta.

Se trató de un experimento con rasgos bastante asombrosos para las dimensiones del país. Ante aquello, surge una duda capital. ¿Cómo pudo haber llegado entonces a aquello que en ajedrez se denomina posición de jaquemate?  

Hace pocas semanas, Enrique Krauze se interrogó sobre este punto planteando el camino a la ruina como una sucesión de errores de larga duración. Debido a ello -advirtió- la reconstrucción será igualmente extensa.

Loris Zanata, en tanto, en su brillante obra biográfica Fidel Castro, el último rey católico, prefiere ver el fracaso de la revolución como obra terrenal de una persona con trazos febriles, moldeados esencialmente por su profunda formación jesuita. Gerardo Arreola en Cuba, el futuro a debate, pone énfasis en la completa policialización del régimen como causa principal. Esto conecta a la “democracia especial” de los Castro con las “democracias populares”, filo-soviéticas y no industrializadas. Es decir, con la Rumania de Ceauscescu o la Bulgaria de Zhivkov.

Sin embargo, pareciera haber otra posibilidad. Más acorde con la personalidad hiper-histriónica de Fidel Castro. La revolución cubana fue, esencialmente, una secuencia de piezas teatrales, llenas de recovecos políticos y con impronta policíaca. Un régimen fascinado con el pobrismo y convencido de una vara mágica llamada estatismo desbocado. Siempre con una elevada auto-percepción de eje revolucionario mundial. 

Mirada con esa perspectiva, sus primeros años se asemejan a un vodevil, que más tarde se convirtió en drama y luego en opereta. Finalizó de la única forma posible; en una tragedia.

El vodevil castrista dura hasta mediados de los 80, cuando sobre el escenario articula una puesta en escena geopolítica al servicio de la URSS, cuyo origen es la crisis de los misiles. El cazurro Nikita Khrushov captó con rapidez cómo manejar el ego desenfrenado de los hermanos Castro. Por eso, al retirar de la isla aquellas armas -sin consultarles- los llamó a construir un lazo amistad al alero del “internacionalismo proletario”. Para efectos prácticos le ofreció un millonario subsidio anual, que le permitió a los líderes cubanos resolver las provisiones esenciales de su población y financiar sus focos insurreccionales por toda la región. La única condición fue dedicarse a provocar las iras estadounidenses; de la manera que fuese.

Como buen espectáculo de variedades, aquel vodevil lo representó una canción famosa, símbolo de los albores de la revolución, cuyo estribillo sirvió al texto de Krauze para iniciar su reflexión: “… y aquí pensaban seguir…  jugando a la democracia… y el pueblo en su desgracia, se acabará de morir… llegó el comandante y mandó a parar”.

Fue justamente ese cantante, Carlos Puebla, el primero en deslumbrar a los revolucionarios de todo el continente. Con esa melodía y letra se sintieron convocados a romper las democracias imperantes. Los más extremistas tensionaron el ambiente regional secuestrando aviones para dirigirlos hacia La Habana, transformada en capital imaginaria de los movimientos revolucionarios. Los intelectuales de todo el mundo corrieron a conocer de cerca la construcción del “hombre nuevo” (anti-estadounidense, se entiende). Sólo unos pocos -los más perspicaces, como Mario Vargas Llosa- captaron lo que significaba eso de que el comandante había mandado a parar. Fueron el caso Padilla y la huida de numerosos intelectuales cubanos que insinuaban los primeros indicios de una disidencia cultural.

Sin embargo, pronto fracasó aquello de los focos insurreccionales. Eso incitó a Fidel Castro a actuar con tropas regulares en varios países africanos e hizo un despliegue impactante por Angola, Guinea, Etiopía y varios otros. Unos sesenta mil soldados; una cifra colosal para un país de no más de doce millones de habitantes. Fidel Castro sintió que empezaba a jugar en el gran tablero mundial. En América Latina rugía el fervor.

Aunque varios partícipes de aquellas aventuras han entregado sus testimonios, poco se conoce de su verdadero trasfondo. Lo más sabido fue el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa, jefe de aquellas operaciones y acusado de tráfico de diamantes desde Angola.

Visto en perspectiva, hoy en día llama la atención el silencio de ese país africano ante la crisis cubana. Gran productor de petróleo y principal base militar cubana durante aquellas guerras, Angola no ha movido un dedo por el destino de la revolución. La explicación no debe andar muy lejos de los traumas propios de cualquier experimento colonialista arrogante y paternalista, de abusos militares y del desastre de las recetas de economistas cubanos que retrasó el despegue de Angola. 

Tras la caída de la URSS y el fin de los subsidios ordenado por Gorbachov, el drama se tomó el escenario. Luego, Yeltsin cortó todo vínculo con la isla y pidió el pago de la deuda contraída en los años del vodevil. El retorno de los soldados desde Africa generó un desempleo gigantesco y las grietas del régimen se hicieron evidentes. Se asumió el fin del “hombre nuevo” y partió un rigor nunca antes visto. Los simpatizantes latinoamericanos admitieron que la revolución se encontraba en jaque y empezaron a mirar a Castro con un dejo de lástima. De aquellos años procede La Utopía Desarmada de Jorge Castañeda. Muchos pensaron que había llegado la hora final de Castro (título de una excelente biografía de A. Oppenheimer también de aquella época).

Fue la aparición de Chávez la que transformó el drama en una opereta, acompañada del debilitamiento físico de Fidel Castro y de una retórica algo infantil tratando de re-lanzar el romanticismo respecto al experimento “igualitarista”. El pathos revolucionario se mantuvo gracias a las impresionantes donaciones de petróleo de Chávez.

Pero la muerte de éste, junto a las irracionales asesorías de economistas cubanos, desataron una crisis total en Venezuela provocando un impacto demoledor en Cuba. Fue el inicio de la tragedia.

El igualitarismo quedó al desnudo. El modelo estatista arruinó lo que era hasta los años 50 la tercera economía de la región, con cifras socio-económicas descollantes (Cuba tenía más ganado vacuno que habitantes). Remitir la crisis a la falta de dólares -la divisa imperialista denostada en los años del vodevil- no fue más que la evidencia de un fracaso estrepitoso. El régimen revolucionario terminó favelizando a todo el país, y el destino dejó a la revolución en posición de jaquemate.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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