Uno de los desafíos más complejos para la izquierda en los próximos meses será articular un mensaje razonable y popular que pueda convertirse en alternativa al discurso de mano dura que ha promovido José Antonio Kast. Porque la gente quiere mano dura, el discurso de prevención e inclusión social que siempre privilegia la izquierda no tendrá mucha acogida. A su vez, el hecho que el mensaje de ley y orden que ha popularizado Kast contrasta de forma demasiado patente con el recuerdo de los llamados a refundar Carabineros y las desafortunadas frases como ‘evadir, no pagar, otra forma de luchar’ que la izquierda pronunció en años recientes y que ahora le pasan la cuenta a un sector que se cuadró con los delincuentes del estallido social más que con las fuerzas de ley y orden.
A una semana de haber ganado las elecciones, el Presidente electo Kast ha doblado su apuesta en temas de seguridad. Su discurso de ley y orden la noche de la elección dejó en claro que Kast aspira a que el respeto a las reglas y las buenas costumbres sea una de las prioridades de su gobierno. Igual que en la conocida teoría de las ventanas rotas que sugiere que combatir las incivilidades menores contribuye a crear una cultura de compromiso con la seguridad, Kast ha dejado en claro que, para que se restablezca el imperio del orden, todos deberemos respetar la ley y condenar las incivilidades. Contrastando su mensaje con la legitimación de la violencia para el cambio social que impulsó la izquierda durante el estallido (los encapuchados que imponían el caos en Plaza Italia, ‘el que baila, pasa’, y la idealización del perro matapacos, entre otros), Kast ha impulsado la idea de tolerancia cero a todas las formas de incivilidades.
En ese contexto discursivo, la izquierda lleva todas las de perder. Por un lado, el gobierno de Boric aparece como defensor simbólico de incivilidades que buscaban promover un cambio social a favor de un modelo social y político que fue derrotado en el plebiscito constitucional de 2022. Por otro lado, la izquierda no tiene una respuesta creíble para la demanda por más seguridad que existe hoy en el país.
Si la izquierda dobla la apuesta e insiste en normalizar incivilidades y discursos violentos y agresivos (convirtiendo los ofensivos cánticos ‘el que no salta es nazi, el que no salta es Kast), el gobierno fácilmente podrá asociar a la oposición con los instigadores de la violencia verbal, el desorden y la cultura de la incivilidad. Así, para la opinión pública, será natural asociar a la izquierda con la violencia y la simpatía hacia las incivilidades y, por asociación, la delincuencia y la inseguridad. Así como el saliente Presidente Boric debió cargar con la pesada mochila de haber indultado a delincuentes con amplio prontuario so pretexto de que eran combatientes sociales que luchaban por un país más justo, la izquierda será vista como más cercana a los delincuentes mientras que el gobierno será percibido como aliado de las fuerzas del orden. En ese escenario, aunque el nuevo gobierno lo haga mal y no logre disminuir la delincuencia, la opinión pública seguirá apoyando al gobierno y castigando a la oposición por los altos niveles de inseguridad que se perciban.
Si en cambio la izquierda busca ganar terreno y proponer políticas más duras contra la delincuencia, el gobierno podrá perder batallas específicas, pero habrá ganado la guerra ideológica. Así como la derecha en los 90 ganó la disputa sobre el modelo económico -aunque fue la Concertación la que ganó las elecciones y logró profundizar el modelo- la batalla ideológica sobre el combate a la delincuencia será una victoria para la derecha si la izquierda empieza a poner sobre la mesa propuestas de mano dura y tolerancia cero con las incivilidades.
Es cierto que la izquierda tiene hoy poco espacio para maniobrar. Después de la paliza electoral del 14 de diciembre y producto de la insensatez de legitimar la violencia contra la propiedad pública y privada durante el estallido social, no tiene ni credibilidad ni ideas progresistas que puedan dar respuesta a la sensación de inseguridad que predomina en el país.
Lamentablemente para el país, y afortunadamente para la izquierda, muchas de las propuestas que ha puesto Kast sobre la mesa parecen más respuestas a la frustración que propuestas factibles que ayuden a disminuir la percepción de inseguridad. Expulsar a migrantes ilegales suena bien, pero la gran mayoría de los delitos son cometidos por nacionales y migrantes legales. Mientras no se reforme el sistema judicial y no pierdan poder los jueces garantistas, de poco servirá que la policía arreste a delincuentes infraganti. Si sigue existiendo una puerta giratoria en el sistema procesal penal, de poco sirve darle más atribuciones a Carabineros para combatir el crimen.
Como el país necesita propuestas sensatas y pragmáticas de políticas públicas que produzcan resultados concretos para reducir la delincuencia y disminuir la sensación de inseguridad, la oposición puede asumir un rol de fiscalización y sacar al gobierno al pizarrón cuando la percepción de inseguridad y los indicadores de delincuencia no mejoren de la forma que se espera. Una oposición que le pierda el miedo a propuestas sensatas de mano dura le hará bien al país y contribuirá a que el gobierno se sienta obligado a mostrar resultados concretos en lo que, al menos durante el primer año de esta administración, será el principal problema del país.

Se necesitan cárceles y la construcción de nuevas toma varios años. Los municipios las rechazan incluido el de Santiago. Lo realista es habilitar cárceles en edificios públicos y privados que se compren o arrienden para trasladar a reos de baja peligrosidad y dejar las actuales para los reos peligrosos cuyas redes deben desarticularse separando a sus integrantes en diversos penales.