matthei

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Una de las grandes paradojas de la política actual, que se manifiesta en algunas de las democracias más avanzadas del mundo, se puede describir así: mientras el grueso del electorado se posiciona en el amplio espacio del centro político, que se extiende desde la centroizquierda a la centroderecha, los extremos -por eso mismo minoritarios-, se vuelven electoralmente competitivos y en no pocos casos alcanzan el poder, al tiempo que algunos de los partidos que han representado tradicionalmente al electorado mayoritario y moderado, se reducen a la intrascendencia cuando no a su desaparición.

Esta disrupción tiene base en tendencias identitarias que han tomado inusitada fuerza en las sociedades actuales, polarizándolas ahí donde antes primaba la capacidad de alcanzar consensos. Pero -he aquí su singularidad- la polarización política no actúa sólo para acentuar la posición propia en desmedro del bando rival, sino que, en primer lugar, al interior del sector político al que se pertenece, con el objetivo de crecer desde allí a expensas de los incumbentes.

Así, los partidos de centroizquierda y centroderecha, representando los valores más transversales de la moderación y el consenso, son desafiados por nuevas agrupaciones que se sitúan en los extremos de sus sectores políticos -extremos en el sentido de representar la amplificación de las identidades de lado y lado. El Frente Amplio, por la izquierda, y Republicanos, por la derecha, son nítidos ejemplos locales de esta tendencia disruptiva de la política del siglo XXI.

Plenamente consciente de esta nueva realidad, la alcaldesa Evelyn Matthei acaba de realizar una jugada maestra en el tablero político. En días recientes afirmó que el proceso constitucional va “derechito al fracaso” y que no pondrá su “capital político para la aprobación de la nueva Constitución”, añadiendo de paso que lo que se está fraguando en el Consejo Constituyente “en realidad no es una Constitución”. Al hacerlo así, le puso nombre y apellido a ese posible fracaso, capitalizando de algo que no se le presenta con frecuencia a la centroderecha en la contienda intrasectorial: poner en un serio aprieto al partido que los amaga por su costado derecho. Y es que, cuando todavía no se lo esperaba, Republicanos se ganó una cómoda posición de poder nada menos que en el Consejo Constitucional. De pronto, devino en el socio controlador de la institución responsable del segundo intento por escribir una nueva Constitución, una que el partido no deseaba en primer lugar, y cuyo posible rechazo -porque “no es una Constitución” sino que sería más parecida a un programa de gobierno- será inevitablemente su propio fracaso.

Si antes su ausencia en posiciones de poder fue una considerable ventaja para Republicanos -lo mismo que para el Frente Amplio hasta que asumió la Presidencia y el gobierno-, de pronto en el Consejo se encuentra expuesto a las ineluctables vicisitudes de su ejercicio. Esa inesperada vulnerabilidad fue aprovechada sin demora por Matthei, en un movimiento que no sólo la aleja de las esquirlas de un probable rechazo, sino que abona en favor de un esfuerzo extraordinario por evitarlo. Esto demandaría exigentes acuerdos, en lo que los incumbentes de Chile Vamos tienen una clara ventaja en comparación con los bisoños republicanos, que además carecen por su propia identidad de una vocación orientada a negociar grandes acuerdos.

Por cierto, el rendimiento político de sacar el proceso constitucional del marasmo en que se encuentra sería elevadísimo. En palabras de la última encuesta de Cadem, “si el texto da estabilidad al futuro del país” o “si la propuesta del Consejo se aprueba de forma transversal por todos los partidos políticos” los electores repensarían su voto, que por ahora se inclina ampliamente hacia el rechazo.

La jugada de Matthei gana en cualquier caso. Si se perdiera el plebiscito el fracaso no la tocaría mayormente y, en cambio, tendría un claro responsable: José Antonio Kast (y el Partido Republicano). Si finalmente se votara a favor en diciembre los dividendos en términos de su liderazgo político serían cuantiosos. Así las cosas, el sillón de O’Higgins asoma cada vez con más nitidez en el horizonte de la alcaldesa de Providencia, desde donde, eso sí, gobernar el país tendría definitivamente otro cariz al amparo de una nueva Constitución política.

Ingeniero civil y exministro de Transportes y Telecomunicaciones

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1 Comment

  1. Ja ja ja, buen intento de envolver la píldora, esa lógica es para gente de su sector, DC, amarillos, amarillentos, tibios, timoratos…si la quieren de candidata, se la regalamos

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