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La tendencia comenzó con el segundo gobierno de Michelle Bachelet. Cuando todavía no terminaba el primer año de esa administración, en febrero de 2015 estalló el escándalo de Caval marcando un antes y un después para la segunda estancia de Bachelet en La Moneda. Algo similar ocurrió en el segundo gobierno de Sebastián Piñera. No había transcurrido todavía la mitad de su mandato cuando en octubre de 2019 una grave revuelta social estalló sin control, y de ahí en adelante ya nada fue igual para el gobernante de derecha.

Era cuestión de tiempo para que el actual gobierno siguiera la tendencia y sufriera su propio descalabro. Y no tardó en llegar. Aunque en este caso a nadie le pudo extrañar que se produjera -una larga lista de desatinos lo precedió-, el escándalo de las fundaciones ha sido igualmente impactante, al desnudar la inusitada rapidez de la nueva izquierda para nutrirse de ingentes dineros desde las arcas fiscales, la misma que había enarbolado la superioridad moral como su insobornable ventaja política. El escándalo ha venido a clausurar definitivamente las pretensiones de cambios profundos del gobierno de Boric, si es que alguna expectativa albergaba todavía después de las duras derrotas electorales sufridas en el contexto del proceso constitucional, y lo ha dejado en la inanición política antes de cumplir un año y medio de mandato.

El factor común de los casos de Bachelet y Piñera fue el colapso de la confianza hacia el gobernante y su gobierno, que nunca levantó cabeza hasta el término de sus respectivos mandatos. Ni siquiera la Presidenta, una de las figuras políticas más populares en la historia reciente del país, pudo remontar una consistente desaprobación en los tres años que siguieron al escándalo de Caval. Lo de Piñera fue irrepetible: apenas unos meses después del estallido social, cuando todavía no se apagaban del todo sus ecos, se desencadenó la pandemia del Covid-19 que vino a monopolizar completamente la agenda política, hasta que la instalación de la Convención Constitucional, en el último año de su gobierno, la pudo desplazar a un segundo plano. Lo cierto es que tampoco Piñera pudo recuperar la confianza perdida en el periodo que fue desde el estallido social hasta el fin de su mandato.

Notablemente, en un país que había tenido cuatro ministros de Hacienda en 20 años (descontando a Manuel Marfán que ocupó el cargo por algunos meses al término del gobierno del Presidente Frei), esta cifra se elevó a siete sólo en los últimos diez años. ¿Tendrá esto alguna relación con la alicaída situación de la economía que sufre el país desde el segundo gobierno de Bachelet -cuando inéditamente ocuparon la cartera tres economistas, lo que se repitió exactamente en el que siguió de Piñera?.

Ahora bien, cada uno de los últimos tres gobiernos instaló un macrorelato -una descripción de los supuestos males del país y las fórmulas para su superación-, levantando de paso desmesuradas expectativas en el electorado. A saber: el de la superación de la desigualdad del gobierno de Bachelet; el de la recuperación de la prosperidad de la administración de Piñera; y, el del fin del neoliberalismo y el advenimiento de un “otro modelo” (que nunca se supo exactamente en qué consistía) propuestos con grandes ínfulas por el Presidente Boric.

Por diversas razones, ni Bachelet ni Piñera lograron avanzar en la promesa que subyacía a sus macrorelatos. Tampoco podrá hacerlo Boric que, incluso más que los anteriores, está de pronto subsumido en la más completa inanición, desprovisto de la legitimidad y la capacidad de gestión para llevar a cabo incluso los planes más modestos.

Pero hay uno que, aunque seguramente contra sus más íntimas convicciones, lo podría sacar de semejante postración: un plan de recuperación económica, llamémosle así, que sería bienvenido por la gran mayoría de los chilenos y gozaría de un amplio respaldo.

Se trata de una agenda procrecimiento audaz y contundente, para recuperar el paso y conferirle un sentido compartido al duro tiempo que se viene por delante, derrotando al pato cojo recién instalado en la presidencia, que de ir como van las cosas llegaría al fin de 2025 con las manos casi vacías.

Ingeniero civil y exministro de Transportes y Telecomunicaciones

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