“Estamos viendo la madre de todos los experimentos keynesianos que haya vivido una economía emergente” afirmaba hace unos días el exministro Rodrigo Valdés. No otra cosa puede considerarse el colosal traspaso de recursos hacia las personas y las familias desde las arcas fiscales, equivalente al 1% del PIB cada mes. A esto habría que sumar los retiros desde los fondos de pensiones de una magnitud, hasta aquí, equivalente al 14% del PIB -cuya recuperación se convertirá en una obligación del Fisco más temprano que tarde.
Pocas naciones, desde luego ninguna emergente, han implementado transferencias monetarias a esta escala, desplazadas desde el ahorro al consumo. Con razón el ex ministro habla de un experimento, algo que no se ha hecho antes con la intensidad que se ha verificado en nuestro país. Pronosticar sus efectos no resulta una tarea trivial, aunque algunas de sus consecuencias ya están a la vista: se han gastado los ahorros fiscales que habíamos acumulado trabajosamente por décadas y también la totalidad de los ahorros para las pensiones de millones de personas. Además, estamos recurriendo al ahorro externo llevando la deuda del país a sus mayores niveles desde la recuperación de la democracia en 1990.
Lo que sí se puede decir más allá de toda duda es que a partir de estas transferencias, de escala macroeconómica, se ha configurado un nuevo escenario radicalmente distinto al que vivíamos antes de la pandemia. El neoliberalismo chileno, lo que sea que eso signifique, convertido en el blanco favorito del progresismo y de la izquierda, se está desvirtuando a ojos vista, dando paso a un estado benefactor de unas proporciones que sus más entusiastas impulsores no se habrían soñado hace apenas unos años. Mucho antes que una nueva Constitución o un eventual gobierno progresista se dieran a la tarea de reemplazarlo, el neoliberalismo, por lo menos el que el progresismo y la izquierda tienen en la mira, se encuentra ahora en pleno proceso de disolución.
Sería bueno que la política vaya tomando nota de este significativo cambio de coordenadas. En menos de lo que canta un gallo, políticamente hablando, se ha sacrificado la disciplina fiscal y el ahorro interno -y sus derivadas en materia de inversión e inflación-, y nos encontramos de pronto animados por un impulso keynesiano como no ha conocido generación alguna en Chile. La pandemia ha viabilizado lo que en tiempos normales habría requerido acuerdos políticos casi imposibles. Resulta toda una paradoja -una suerte de torcedura de la historia- que haya sido un buen economista de Chicago, el ministro Rodrigo Cerda, el conductor de este brusco viraje ejecutado en medio de la peor crisis sanitaria de los tiempos modernos. La consecuencia de todo esto es que la aspiración de superar un neoliberalismo, que en los hechos comienza a desdibujarse, ya no tiene mayor sentido. Inesperadamente, el enemigo número uno de la oposición, simbólico culpable de casi todos los males que nos aquejan, ha sido despojado de sus principales fortalezas y se encuentra herido de muerte. La combinación de un cuarto retiro y la prolongación del IFE deberían asestarle el golpe definitivo.
En lugar de ese objetivo obsolescente, el sistema político -y a la izquierda que aspira a gobernar próximamente- deberá hacerse cargo de los nuevos y acuciantes dilemas que enfrenta ahora el país, entre otros, el financiamiento del estado benefactor a que ha dado lugar el experimento keynesiano y las nuevas tensiones macroeconómicas -toda una novedad para la mayoría de los chilenos, sobre todo los más jóvenes-, a la vez que la recuperación de la inversión y del ahorro, cruciales para el desarrollo. Otra de las extrañas torceduras del momento histórico que vivimos es que caerá sobre los hombros de una generación marcadamente anti-economicista la enorme responsabilidad de recuperar el crecimiento, sin el cuál será imposible cuadrar las cuentas nacionales. Son tareas extraordinariamente exigentes que demandarán lo mejor de la élite política, justo en momentos en que se encuentra en proceso de profunda renovación.
