24 de Agosto de 2021 / ÑUÑOA Construcción del nuevo Parque Deportivo del Estadio Nacional para recibir los Juegos Panamericanos Santiago 2023 FOTO: DIEGO MARTIN / AGENCIAUNO

Un reciente artículo de la revista The Atlantic se titula, elocuentemente, “El fin de la confianza”. Allí se nos recuerda que sin confianza -un capital social muy difícil de cuantificar-, la mano invisible del mercado se queda guardada en el bolsillo. Su declinación, cuando no es el fruto de una súbita crisis, se percibe vagamente hasta que finalmente es sentida en plenitud. El autor nos informa de una importante caída de la confianza interpersonal debido a los efectos de la pandemia –las cuarentenas y el trabajo a distancia que vinieron con ella–. Cita estudios que revelan que la confianza entre los empleados de las empresas decayó significativamente con la implementación del trabajo a distancia forzado. Como era de presumir, la falta de contacto presencial que resulta de la distancia social y el trabajo en línea no sería neutra en esta materia, sino que, en los hechos, incrementa la desconfianza. También los ciudadanos comienzan a desconfiar de la acción coercitiva del Estado para gestionar una crisis sanitaria que comienza a parecer interminable.

Podríamos estar en medio de una “recesión de confianza”, en contraste con una larga historia de altos niveles en el pasado, y que fueron consustanciales al vigoroso crecimiento de las economías desarrolladas en el siglo 20. Habría que añadir a esto el efecto de la creciente polarización, potenciada por las redes sociales, que añade fuerza a la corriente de desconfianza que ha venido desbordando los cauces institucionales y erosiona aceleradamente los liderazgos. Lo cierto es que la confianza no es sólo un pilar estratégico para el desarrollo de las instituciones y las empresas, sino que se inscribe en una dimensión mayor, la del funcionamiento de los mercados y el crecimiento económico.

El problema es que la recuperación de la confianza, aunque del todo necesaria, toma tiempos largos, tratándose de un capital social en cuya gestación intervienen múltiples factores en forma compleja. ¿Cuánto nos tomará a los chilenos recobrarla después de la seguidilla de escándalos corporativos e institucionales, y también después del estallido social, que la han dañado profundamente? Cualquiera que sea la respuesta, podemos estar seguros que no será en el corto plazo, por lo que en el futuro próximo no contaremos con la ventaja de confiar entre nosotros y en las instituciones.

Deberemos trabajar arduamente con ese fin y adoptar las mejores prácticas sobre la materia -y que están en constante revisión debido al efecto debilitante de las redes sociales sobre la confianza-. Sería un contrasentido dejarse estar o actuar pausadamente como si nada hubiera pasado en este ámbito. Incluso puede estar pasando ahora mismo un nuevo golpe a la confianza, desde un flanco inesperado, en una seguidilla que no da respiro. Al contrario, debe realizarse un esfuerzo deliberado e implicar talento y recursos para recuperar niveles que sean compatibles con el bienestar y el desarrollo. Volver a crecer no es solo un problema de productividad, como tampoco volver a la política de los acuerdos es un problema de voluntad. Es también –sobre todo en nuestro país– un problema de confianza. La misma que se ha manifestado disciplinadamente durante la pandemia respecto a las vacunas para combatir el coronavirus, que tiene a Chile entre los países de mayor inoculación como porcentaje de su población a nivel mundial. Se trata de una espectacular exhibición de confianza en la autoridad sanitaria y en el sistema de salud, una muestra que hay entre nosotros una confianza basal que no ha sido del todo devastada por las redes sociales y la posverdad.

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