En una entrevista reciente el economista Gonzalo Sanhueza afirmó que “el problema de la economía chilena ya no es la inflación, es el crecimiento”. Y vaya qué problema. Hace diez años que Chile dejó de crecer a las tasas que se requieren para alcanzar el desarrollo y, para peor, los pronósticos para los próximos diez años son decepcionantemente sombríos.
No parece que volveremos a crecer sostenidamente en un plazo previsible. Es la cruda realidad que nos aguarda en el mediano y largo plazo, respecto de la cual el sistema político no tiene todavía respuesta ni tampoco una estrategia consistente para contrarrestarla. Al mismo tiempo, un catálogo de derechos sociales sería la innovación más importante de la nueva Constitución que podría darse el país antes de fin de año, para cuya satisfacción -incluso si es gradual en el tiempo- se requieren ingentes recursos que solo el crecimiento económico puede proveer.
Las encuestas muestran que la ciudadanía ya ha comenzado a intuir el futuro poco auspicioso que nos espera. Un pesado pesimismo se está dejando sentir respecto al progreso del país. Es la primera vez que los grupos medios, hijos predilectos de la modernización capitalista, se ven enfrentados a un horizonte -no a un año o dos- cargado de bruma, donde las luces económicas de los últimos 30 años brillan por su ausencia.
De pronto, Chile se ha convertido en un caso de libro de texto de una nación atrapada en la trampa en la que caen ciegamente la mayoría de los países de ingresos medios y de la cual no logran finalmente escapar. Ninguna nación latinoamericana lo ha logrado. Peor todavía, la región ostenta el extraño caso de Argentina que, habiendo alcanzado elevados niveles de desarrollo en la primera mitad del siglo 20, ha desandado el camino y está de vuelta al subdesarrollo.
Cruzar el pasillo estrecho (Acemoglu y Robinson dixit) que lleva a las altas cumbres del desarrollo humano, se está convirtiendo para nosotros en una interminable travesía de pronóstico incierto. Veinte años sin crecimiento, los diez pasados y los diez que vienen, es mucho tiempo; pueden ser dos décadas perdidas para generaciones de chilenos que aspiran a mejores condiciones de vida y al bienestar que viene de la mano del desarrollo.
Desafortunadamente gobierna el país una alianza política que aspira a superar el neoliberalismo, lo que sea que eso signifique, aunque para ello sea preciso sacrificar el crecimiento. Porque en los hechos, la víctima directa de ese discutible objetivo político es la modernización capitalista que dio al país un periodo de crecimiento sostenido como ninguno en su historia.
La confusión entre lo que sería propio del neoliberalismo -lo que se querría corregir- y lo que pertenece al ámbito de la modernización capitalista, que es deseable continuar, conduce indefectiblemente a un freno del dinamismo económico si en la práctica la acción del mercado y el desarrollo de proyectos son entendidos como “neoliberales”. Lo cierto es que nadie sabe dónde está la línea divisoria, si es que la hubiera, y como resultado de esa indefinición la modernización capitalista sobre la que se construyó el Chile de los últimos 30 años se encuentra semiparalizada.
Cuando transcurría un mes de su Gobierno el Presidente Boric utilizó la metáfora de un vuelo que “despegó con turbulencia” para explicar la serie de errores que se cometían entonces en La Moneda. Quizás no imaginó que también era aplicable para la economía: el vuelo del país hacia el pleno desarrollo se encuentra demorado hasta nuevo aviso y no parece que lo vayamos a poder reemprender en el corto plazo.
En medio de un cuadro recesivo que los jóvenes en el Gobierno solo conocían de oídas surge la duda de si acaso volveremos a crecer sostenidamente como lo hicimos no hace tanto, cuando el país parecía que podría alcanzar ese ansiado destino.
*Claudio Hohmann es ingeniero civil y ex ministro de Transportes y Telecomunicaciones
