Las siete elecciones presidenciales desde la recuperación de la democracia en 1989 hasta 2017, realizadas en un período que abarca casi 30 años, tuvieron lugar en un contexto nítidamente signado por la así llamada política de la transición, practicada sin remilgos durante los dos primeros gobiernos de la Concertación –cuando los pasos de Pinochet todavía se dejaban sentir en los intersticios del poder–. La que parecía una forma de gobernar de carácter excepcional, que a lo sumo tendría vigencia hasta un gobierno como el de Ricardo Lagos, se extendió mucho más de lo que nadie previó, de la mano de los sucesivos gobiernos de Bachelet y Piñera. Ni con la elección de este último en 2009, ni con la de la Nueva Mayoría en 2013, terminó del todo esa forma de hacer política, marcada a fuego por el sistema binominal y el clivaje izquierda-derecha de larga data en la política chilena.
Hasta la elección en la que triunfó Piñera por segunda vez las coaliciones políticas construidas sobre el vasto espacio que va desde la centroizquierda a la centroderecha se mantuvieron en lo fundamental inalteradas. La irrupción del Frente Amplio en esa primera vuelta –a Beatriz Sánchez le faltó lo que pareció un suspiro para superar a Guillier y pasar a segunda vuelta– fue una señal del cambio tectónico que se estaba gestando en las profundidades del sistema político, pero no tuvo entonces la magnitud que lo sacudiría un par de años después. Hasta que el estallido social, cual movimiento telúrico, modificó abruptamente la fisonomía del mapa político. Las elecciones posteriores, sobre todo la del plebiscito del Apruebo, dieron cuenta del enorme cambio acaecido en el campo social y político, cuyas coordenadas podrían quedar trazadas el próximo año –es muy probable – en una nueva Constitución.
Pero en la elección presidencial del fin de semana, la octava consecutiva, el cambio ha quedado reflejado con prístina claridad: las coaliciones políticas de la transición han quedado a la vera del camino y los chilenos seremos gobernados por una novel alianza que debutará en el ejercicio del poder. Atrás han quedado la mayoría de los partidos políticos que condujeron la transición y, de paso, sus líderes más destacados, en un proceso de renovación de la élite política cuya amplitud y profundidad el país no había experimentado en décadas.
¿Qué es lo que caracteriza a este nuevo ciclo de la política chilena? Mucho más que la cuestión social –en su versión post modernización capitalista–, lo que le da una clara fisonomía es la irrupción de las redes sociales y su extraordinario efecto sobre las principales variables y dimensiones de la política, entre ellas la percepción de la realidad y la formación de opinión de las personas. La erosión de la confianza en las instituciones, la implosión de la élite, la caída de aprobación de los gobiernos y la polarización, son todas consecuencias de este nuevo factor cuya acción omnipresente – y por momentos corrosiva– atraviesa de lado a lado, de arriba abajo, a la sociedad y al sistema político del siglo 21.
La política de la transición, que el movimiento estudiantil puso en duros aprietos en 2011 y que llegó a su fin con el estallido social ocho años después, ha sido sustituida por la política de las redes sociales, cuyas mecánicas y comportamientos difieren sustancialmente de la precedente. Todo indica que se profundizará todavía más en adelante. Pero el vaciamiento del centro político es quizá su rasgo principal, un espacio que ha sido ocupado sin demora por la izquierda y la derecha sin apellidos, un clivaje que equivocadamente se creía superado. La primera gobernará a partir de marzo, la primera vez que lo hará desde el retorno de la democracia. No será esta vez la alternancia en el poder desde la centroizquierda a la centroderecha, o viceversa, a la que los chilenos no hicimos asiduos desde la elección presidencial de 2009. Esta vez será un gobierno de carácter inédito para la mayoría de los chilenos, que en tándem con la Convención Constitucional, dejará definitivamente atrás la transición y sus largos treinta años. Chile cambió… ahora sí.
