Los efectos de la guerra en Irán son globales. No sólo sus consecuencias económicas; petróleo, fertilizantes. También en cuestiones del arte de la guerra; misiles, drones. Es parte de una contienda global. La actitud de las potencias centrales necesariamente intersecta con todo este proceso. Por eso, resulta sugerente la moderación mostrada por Pekín.

Difícil habría sido para los chinos proyectar indiferencia si este conflicto ocurre no tan lejos de sus fronteras y con tantos efectos de naturaleza muy distinta. Ha optado por una moderación activa, cuyos réditos le podrían ser bastante positivos. Todo esto mirado hacia el mediano y el largo plazo, pues para el corto, su actitud se condice con un viejo proverbio chino: “observad desde la colina la pelea de los tigres”.  

La moderación activa es interesante toda vez que obliga a conjugar cuestiones de idiosincrasia con asuntos más bien estructurales.

De forma muy especial porque Occidente se ha sumido en un mar de dudas. Nadie sabe si EE.UU. e Israel se metieron en un laberinto o en un caos. Se asume que Trump quiere imponer su visión del mundo, pero temen desbordes y errores tipo Vietnam o Irak. Algunos europeos están horrorizados; otros dubitativos. Hay temores generalizados de su impacto en la arquitectura financiera global. 

Lo central es que la moderación china proviene del hecho que interviene en un escenario demasiado explosivo. Por eso, su esfuerzo se ha orientado a tratar de atemperar los ánimos y evitar desenlaces demenciales. En Pakistán ha encontrado un socio relevante.

Lo demencial radica en los impulsos eruptivos que los ayatollahs se empecinan en confirmar con extraordinaria frecuencia. No disimulan su objetivo político-estratégico, cual es borrar del mapa a Israel, utilizando la bomba atómica. Ahí radica su obstinación con el enriquecimiento de uranio. 

El conflicto presenta un cuadro que inevitablemente trae a la memoria a Borges y su admiración por el nacimiento de Suiza, cuando en 1291 diversos cantones formados por personas de distintas lenguas y religiones -los Eidgenossen– decidieron dejar de lado sus interminables litis por territorios, religiones, clanes etc., y formaron la Confederación Helvética. Tomaron -dice Borges- la extraña resolución de ser razonables y olvidar sus diferencias.

Los ayatollahs representan las antípodas. En pleno siglo 21 sueñan y actúan mediante procedimientos apocalípticos. Por eso, no captan que su dantesco deseo político-estratégico respecto a Israel es algo sencillamente imposible de materializar.

De sus belicosas declaraciones se desprende que no entienden la enorme especificidad de lo nuclear como recurso bélico. Se niegan a aceptar la bomba sólo como material disuasivo. 

A dicha actitud deben sumarse sus acciones. Ese pavoroso proceder represivo contra adversarios políticos internos o contra todo aquel que no comparta cualquier elemento de su espeluznante cosmovisión. Ahí está la severidad aplicada por la Gasht-e Ershad, esa tenebrosa policía de la moral, a mujeres contrarias al uso del hiyab. Las acciones de sus grupos proxies en diversos países refuerzan esta impresión.

Sólo un observador ingenuo negaría lo obvio, que los ayatollahs van a contrapelo de la práctica consensuada incluso entre países que ya han alcanzado capacidad tecnológica para enriquecer uranio, más allá de las necesidades para el desarrollo atómico pacífico. Ahí están Pakistán e India, países para los cuales la bomba atómica ha sido un objetivo político-estratégico concebido dentro de la capacidad disuasoria. 

Incluso Kim Jong-un, a quien nadie consideraría un adalid de la paz, se ha mostrado relativamente cauto con el eventual uso de la bomba. Es cierto que amenaza, amaga, advierte y, posiblemente, imagina gozar con una explosión nuclear sobre Seúl, pero su peligro no es equivalente al de los ayatollahs. Por ahora, los sueños nucleares de Kim Jong-un y jugarretas con misiles intercontinentales despiertan una especie de “incredulidad congelada”.

Por todo esto, impresiona que Pekín haya decidido actuar. Ha escogido hacerlo de forma indirecta, oblicua. Algo tras bambalinas. Siempre cautelando su posición y calibrando espacios para lo primordial; o sea, su interés en crecer como gran potencia. Su norte estratégico es el año 2049, fecha clave para su gran plan. Dará el sorpasso a EE.UU. y desea ser reconocida como primera potencia mundial. Lo más probable es que Xi esté calculando que este conflicto en torno a Irán puede ayudarle en un salto cualitativo en esa dirección.

Los chinos han desarrollado una relación ambivalente con Teherán. Con sus altibajos. Accedieron a firmar un Acuerdo de Asociación Integral en 2021, el cual no se ha desplegado en su totalidad, aunque los ayatollahs le han hecho ver su necesidad imperiosa de inversiones extranjeras. Los chinos promovieron un comercio bilateral en renmimbi para obligar a estos clérigos a comprar en China. Sus importaciones de petróleo iraní son importantes, pero acotadas. No pierden de vista la diversificación. 

Luego, en 2023, su diplomacia promovió un acercamiento (histórico) de Irán con su eterno enemigo, Arabia Saudita. También los llevó a su Organización de Cooperación de Shanghai. O sea, un acercamiento real, pero cauteloso. 

Por eso, la conducta china, actuando con sus socios pakistaníes, revela un cálculo fino. Con sutileza, ayudaron a convencer a los iraníes a volver a la negociación en Islamabad. Es probable que Xi tenga razón y este conflicto le termine ayudando a afianzar el espacio diplomático y proyección militar de Pekín. 

Por un lado, está logrando penetrar en una matriz distinta, la islámica, en una zona dominada por nacionalismos de fronteras cerradas. Apoyando a Pakistán, está avanzando en generar confianzas en un vecindario históricamente hostil. Por otro, la guerra le ha ayudado también en cuestiones militares. Sus depósitos de galio, tungsteno, tierras raras, grafito se han revalorizado. Son esenciales para la fabricación de armamento moderno, desde sistemas de sensores en tanques hasta componentes de los cazas F-35, que requieren grandes cantidades de titanio y otros materiales, mientras que submarinos nucleares necesitan ingentes cantidades de tierras raras para su construcción. Están terminando de comprender que la energía ya no es una variable de mercado; es un reservorio de poder.

La conducta moderadamente activa de los chinos contribuirá en definitiva al derrumbe del régimen de los ayatollahs y eso será saludable para todos. Lo interesante es el paradojal impacto en América Latina. No sólo se acabó su presencia directa en Venezuela. Ya no pueden ayudarse mutuamente con los chavistas/maduristas ni pueden hacerse asesorar por las tenebrosas fuerzas Basij en materia represiva. Por extensión, es altamente probable que los remanentes de Hizbollah dejen de deambular por las zonas grises latinoamericanas. La historia reciente muestra que lo hacían con designios no muy santos.

Además, si concluye pronto la guerra en Irán, la administración Trump no demorará mucho en concentrarse en Cuba. Será la gran paradoja de todo esto. La actitud moderada de los chinos terminará ayudando, por efecto carambola, a resolver ese, el más espinoso tema regional latinoamericano por décadas. 

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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