¿Pueden seguir igual los objetivos, medios y prácticas de la política exterior chilena ante la nueva era que plantea el Presidente Trump con su intervención en Venezuela, que se agrega a su imposición arbitraria de tarifas y a todas las justificaciones y explicaciones que ha acompañado su irrupción en el mundo?
Me parece que sería un gran error no prestar mucha atención y estudiar en profundidad respuestas adecuadas a esa pregunta, ante la magnitud del cambio que experimenta el mundo y en particular ahora América Latina. Considérese solamente la preocupación que ha expresado por mucho menos la Unión Europea ante este tema.
Algunos creen que esas intervenciones no son tan nuevas (Gallagher, El M. 14-1-6). Otros podrán pensar que Trump puede durar poco y va a sufrir una derrota este noviembre.
Personalmente creo que el regreso de la Doctrina Monroe puede durar bastante tiempo y es algo inédito y profundo. Tampoco estoy solo en esto. Esta misma semana la revista Foreign Affairs publica un artículo de dos profesores de Yale, Hathaway y Schapiro con el sugerente título de “Un mundo sin reglas: las consecuencias del asalto de Trump al Derecho Internacional”. Son los mismos autores del importante libro “Los internacionalistas: Cómo un plan radical para hacer las guerras ilegales rehicieron al mundo” (2018).
Lo que nos ha dejado estupefactos del ataque quirúrgico a Venezuela para extirpar a su dictador, no fue sólo la precisión y eficacia de la operación norteamericana. Tampoco debiera ser solamente qué implica para ese país y los caminos más probables de su evolución futura. Menos nos sirve a nosotros debatir sobre las razones de EE.UU. Más inútiles son todavía las admoniciones moralistas de algunos de que no debería pasarse por sobre el derecho internacional. Lo clave, me paree, es de qué manera nueva debería comportarse un país pequeño como Chile ante este brusco y profundo cambio de su escenario externo.
Para introducir el tema comencemos por precisar, ¿qué cambió? En el lenguaje académico o especializado se responde: “El sistema (u orden) internacional de postguerra”. Es así, pero explicitemos. A partir del quiebre del orden mundial que ocurrió con la Segunda Guerra, a su fin (1945) se construyó un sistema basado en las Naciones Unidas como foro para debatir y acordar decisiones políticas y militares entre Estados o países, el Fondo Monetario Internacional (FMI) para administrar el sistema monetario o crediticio internacional, el Banco Mundial como institución para apoyar el crecimiento de los países subdesarrollados y el Acuerdo General de Tarifas y Comercio (GATT en inglés y OMC desde 1995) para acordar y definir materias de comercio internacional (importaciones y exportaciones).
Alrededor de esas cuatro instituciones -con sus estatutos fundadores, el conjunto de reglas de cada una, de reuniones periódicas anuales, de procesos especiales para acordar materias, escoger sus autoridades y reformarse- se alcanzó todo el desarrollo que hemos observado de cada país y del mundo entero en los últimos 80 años. En la construcción y mantención de este sistema, el principal y fundamental agente fue siempre el gobierno de los Estados Unidos de América. El mejor nombre que podría dársele a ese orden de postguerra es el de un “sistema mundial basado en reglas y multilaterales”, es decir, en normas convenidas por todos los países y un modo acordado en conjunto para hacerlas respetar. En cierto sentido, un mundo regido por una “Democracia relativa o parcial” donde, aunque el voto de cada país no hubiera pesado lo mismo al establecerse las reglas, por lo menos había reglas conocidas a las que atenerse y una entidad más o menos imparcial a quien reclamar incumplimientos. Es lo contrario de un orden dictatorial o imperial.
El cambio fundamental que Trump ha iniciado y expresó con su ataque del 3 de enero consiste en pasar a un “Sistema internacional no basado en reglas”, sino en acciones unilaterales de las potencias mundiales. Un modelo de (probablemente) tres “áreas de influencia”, que, en el caso de Chile y América Latina, nos corresponde la de Estados Unidos. Esto es lo que expresa Trump con su desprecio por Naciones Unidas para aprobar su intervención en Venezuela, su retiro de muchas agencias de la ONU, su elevación arbitraria y unilateral de tarifas de importación (hoy prohibidas en la OMC) y, sobre todo, su intervención militar unilateral en Venezuela para secuestrar su gobernante.
¿A qué se podría comparar este cambio para entenderlo? Diría que es como si se cambiara el sistema del tránsito público y sus reglas en una ciudad. Para un ciudadano común (o sea, para el equivalente a un país chico), lo que está realizando Trump en el mundo equivale a un cambio de ese tipo. Hasta ahora en la ciudad existen semáforos y con luz roja uno se detiene, se transita por la derecha, si me chocan por atrás el otro debe pagar, etc. Si todo esto cambia, como ciudadanos, ¿deberíamos seguir haciendo lo mismo al tener que salir en auto? ¿Qué deberíamos hacer distinto? ¿Debemos dejar de salir? ¿Acompañarnos con otro? ¿Con quién?
Un desafío de este tipo es el que enfrenta nuestro país.
Este espacio no permite hacer una propuesta completa de modificaciones de la política exterior que Chile ha seguido los últimos 30 años para enfrentar la era Trump. Pero me atreveré a señalar algunos lineamientos para invitar (o provocar) a otros especialistas a terciar en este debate. Opino aquí basado en mi limitada experiencia como embajador de Chile ante los Organismos Internacionales de Naciones Unidas y asesor de la Cancillería y de privados en las negociaciones de Acuerdos de Libre Comercio con EE.UU. y la UE por casi una década. Me concentro aquí principalmente en aspectos económicos.
Primero, la Cancillería chilena debiera establecer un Grupo de Trabajo (Task Force) de funcionarios especializados y otros de alto nivel para monitorear principalmente lo que está haciendo o imponiendo Trump y su gobierno en materias internacionales y, especialmente, en tarifas y modificación de reglas del comercio mundial (OMC). Debemos ser capaces de ser de los primeros en identificar restricciones a exportar ciertos productos, y de superarlas. Imagine el lector que los exportadores chilenos operarán como un chofer de un auto que tendrá reglas distintas para transitar en 3 o 4 regiones distintas del mundo. Es como si en una ciudad hubiera cosas que son infracción en cierta comuna y no en otra, etc.
Segundo, ese grupo debería sugerir políticas a seguir para enfrentar temas que pueden despertar las iras o simpatías de los nuevos “dueños” o “policías” de nuestra parte del mundo. Por ejemplo, hasta ahora en Chile hemos estado debatiendo un tanto nuestra necesidad de inversión en nuevas refinerías de cobre. Frente a eso, uno de los inversionistas a atraer serían obviamente los chinos. Hoy no estoy tan seguro. La nueva prioridad de EE.UU. de autonomía en materia de recursos naturales los puede llevar a ver eso con muy malos ojos. En cambio, pueden aparecer ahora inversionistas de ese país que se interesen más por refinar en Chile. O puede ser que convenga más atraer empresas de la India. Algo semejante puede suceder en litio, hidrógeno o tierras raras.
Tercero, la nueva política exterior para la era Trump debiera intensificar la cooperación con países distintos a los tradicionales. La prioridad de buscar unirse a otros países de América Latina para intentar presionara EE.UU. pierde ahora todo sentido. No sirve. En cambio, por ejemplo, en materia de cobre y minería, la cooperación con Australia es fundamental. Ellos tienen muchas décadas de relaciones privilegiadas con EE.UU. y China. Tenemos que saber qué planean hacer, aprender de ellos y tratar de hacer cosas juntos. Lo mismo con Nueva Zelanda en materia de productos agrícolas. Y así con otros en materias específicas.
Cuarto, la necesidad de más cooperación Estado-sector privado en esta nueva era cae por su propio peso. Ya había sido importante para alcanzar los numerosos y beneficiosos Acuerdos de Libre Comercio suscritos por Chile. Ahora es mucho mayor, por la importancia que, en este escenario de políticas discrecionales por parte de los norteamericanos, asumen las relaciones de amistad y confianza entre personas. Aquí, empresarios privados pueden abrir puertas no accesibles a funcionarios gubernamentales. De la misma forma debiera recurrirse a personas de otras áreas que tengan acceso a círculos de poder de la metrópolis de nuestra región geográfica, sea en la academia, las artes, el deporte, etc.
Concluyo que -aunque sea incierto lo que dure el cambio introducido por Trump en el sistema internacional- su profundidad es de tal magnitud que a un país pequeño como Chile le exige adaptarse también a fondo y rápido. De lo contrario los costos a pagar pueden ser muy altos. En esto debiéramos enfocarnos, y no en disquisiciones moralistas ni de las razones que tenga nuestra potencia regional para actuar. La llegada de un nuevo gobierno es una oportunidad para enfrentar este desafío con inteligencia y determinación.

Así es, aplicar tacto, criterio, sentido común. Comprar Ubicatex , no es caro. Trabajar duro para tener nuestras fronteras controladas, de ingreso y egreso, exportación no tradicional de lanzas y delincuentes. Una política exterior inteligente, aunque a muchos ello les cueste, para tener por norte siempre a Chile, su seguridad y desarrollo.