AGENCIAUNO

La reciente postulación de Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU, empujada por el eje Boric-Lula-López Obrador, no es solo un movimiento táctico; es el síntoma de una diplomacia chilena que ha abandonado su vocación de Estado para convertirse en una herramienta de trinchera ideológica. Mientras el mundo asiste a lo que el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, define en Davos como una «ruptura del orden global, no una transición», Chile parece insistir en habitar una ficción de bloques que ya no responden a la realidad del siglo XXI.

Carney ha sido crudo: el viejo orden no volverá y las grandes potencias hoy utilizan la integración económica y las cadenas de suministro como armas de coerción. En este escenario de «sálvese quien pueda» geopolítico, la respuesta de nuestra política exterior ha sido refugiarse en afinidades de partido, buscando cuotas de poder en organismos internacionales para sectores específicos en lugar de perseguir la eficiencia institucional que los ciudadanos demandan. Es la paradoja de una élite que busca hablar desde la ONU en Nueva York mientras ignora que las potencias medianas están en riesgo de ser «el plato principal» si no actúan con pragmatismo y unidad.

La respuesta a esa polarización no puede ser la construcción de polos ideológicos opuestos que solo profundizan la fractura. El error del gobierno saliente ha sido alinear a Chile con un bando, debilitando nuestra posición como socio estable y confiable ante un Estados Unidos que hoy mira con atención las afrentas y los «gustitos» que se dan algunos mandatarios.

Chile debe retornar a su tradición en relaciones internacionales, por lo que necesita una vuelta al pragmatismo liberal-clásico. Las relaciones internacionales deben basarse en la cooperación económica, la seguridad y la defensa de valores permanentes, no en el color del gobierno de turno en Brasilia o Ciudad de México. Si, como dice Carney, la integración se ha convertido en una fuente de subordinación, nuestra tarea es construir coaliciones basadas en intereses comunes y no en rituales ideológicos vacíos.

El desafío de la nueva administración será sacar a la diplomacia de TikTok y devolverla a la gestión. No necesitamos más activismo de nicho, sino una nueva generación de servidores públicos capaces de comprender que la diplomacia y el gobierno se juegan en la métrica, en el cumplimiento de acuerdos y en la eficiencia de los procesos. La verdadera soberanía se construye con gestión, coherencia y un pragmatismo que nunca más vuelva a sacrificar el interés nacional por el gustito ideológico del momento.

Ingeniero Civil Industrial en Tecnologías de la Información y Director Escuela de Gobierno Universidad Nacional Andrés Bello

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