Hace ya casi cuatro décadas, ocurrió el que quizás sea el mayor percance de la era industrial. Sus implicancias fueron múltiples. En la política, en la economía, en las ciencias nucleares, en las relaciones internacionales, y también en el terreno de las ideologías. Varias de esas consecuencias fueron detalladamente examinadas hace muy poco tiempo por N. Ferguson en su excelente obra Catástrofes.
Mirado en retrospectiva, Chernobyl tuvo dos grandes efectos, que, por mucho tiempo, no se disiparán.
Por un lado, fue un accidente que representa muy bien el complejo microcosmos del derrumbe de la URSS. A partir de su ocurrencia, se vislumbró el final de la Guerra Fría y el cambio de una era a nivel global. Simbolizó algo que algunos historiadores llaman determinismo, al asociar los finales de un ciclo a algún acontecimiento excepcional y algo cruento. En tal sentido, al ser la experiencia soviética el máximo ícono del estatismo, Chernobyl fue para aquellas ideas, demoledor.
Por otro lado, Chernobyl se convirtió también en inagotable fuente de alimento para una de las grandes tendencias identitarias que nos acompañan estas últimas décadas. Aquella encarnada por las propuestas medioambientalistas. Muy especialmente la del abandono de la energía nuclear. Esta pulsión woke se reforzó en 2018 con el accidente de Fukushima en Japón.
Como resultado de todo aquello, Chernobyl sigue siendo un excelente ejemplo para explicar cómo las emociones, especialmente el miedo, juegan en las sociedades actuales un papel algo descabellado en la percepción del riesgo. Con Chernobyl y Fukushima se generalizó la opinión, enteramente subjetiva, que lo más “saludable” es abandonar el uso de la energía nuclear por estimarla una tecnología fuera del rango de control total.
Sin embargo, pocos reparan en su uso intensivo que siguen manteniendo Francia, India, China e incluso Rusia y Japón; éstos últimos los dos países donde ocurrieron aquellos accidentes. Las visiones contrarias a la energía nuclear hacen caso omiso de otro dato irrefutable. Su bajísima tasa de accidentabilidad. Pese a todo esto, la energía nuclear pasó a ocupar, desde el mismo día que ocurrió Chernobyl, un lugar elevado en la escala sicométrica del miedo.
Varias series de televisión y documentales han puesto atención sobre estos temas y muchos otros, desprendidos de Chernobyl.
Curiosamente, son temas que casi no hacen mella en la opinión pública latinoamericana. Los motivos son varios. Fundamentalmente debido al escaso uso de la energía nuclear en esta parte del mundo, pero también a su impacto aniquilador en todo cuanto tenga que ver con las actividades económicas impulsadas por el Estado. Un tema demasiado sensible para la cultura progre regional.
Pese a esa actitud refractaria, las lecciones son varias. Por ejemplo, en un régimen de libertades no se habría producido el ocultamiento de trazos tan centrales de la información, como es la peligrosidad de los niveles de radiación. Accidentes nucleares ocurridos en otros lugares, más familiarizados con los beneficios de la energía nuclear, han demostrado que la transparencia democrática es esencial para que tales ocultamientos no sean posibles.
Luego, es sencillamente iluso rehuir el hecho que en tales emergencias surgen diversas “verdades” y que las series han logrado asimilar muy bien. En las de Chernobyl, al menos, tres.
La primera fue de carácter doméstico. Esa transmitida de manera dosificada a la población. Una segunda fue aquella informada a la Agencia Internacional de Energía Atómica. También dosificada, por supuesto, dado el hermetismo inherente al régimen. Y, finalmente, una tercera verdad (con varios escalones), orientada a mantener informadas a las autoridades políticas de todo cuanto era posible, a medida que se atendía la emergencia.
Esta última consideración adquirió gran centralidad. Se informaba de todo cuanto era posible, dependiendo tanto del lugar que ocupase en la jerarquía, como también de la capacidad cognitiva de cada dirigente. No debe olvidarse que, aunque el accidente ocurrió con Gorbachov en el poder (a la sazón con 55 años de edad), el régimen soviético era rehén de una gerontocracia bastante oxidada, poco dada a entender las nuevas realidades políticas y científicas.
Luego, la jerarquización absoluta de la administración del Estado generó una concatenación de errores humanos, de incumplimiento de normas y de persistente despreocupación por la antigüedad del reactor. Ningún alto funcionario (apparatschick) se iba a inquietar por la falta de modernización de la empresa. Fue un ejemplo de negligencia estatal extrema.
Karl Schlögel en su magnífica obra Siglo soviético, arqueología de un mundo perdido, va aún más lejos y plantea que Chernobyl corresponde al término de lo que denomina “civilización soviética”. Es decir, de una manera de ver y organizar el mundo en función y bajo las órdenes estrictas del Estado. A su juicio, la disolución de la URSS en 1993, sólo vino a dar cuenta formalmente de un hito histórico ocurrido a las 23:58 horas del 26 de abril de 1986. Es decir, cuando estalló el cuarto reactor. Ahí se acabó el sueño de Lenin.
Subraya que “las estructuras sociales no se desmoronan porque existan diferencias de opinión, por enfrentamientos de líneas generales correctas con incorrectas, o por decisiones erróneas de las autoridades. Se desmoronan cuando se han consumido por completo y cuando la gente ya sólo puede seguir viviendo si desecha o acaba con las circunstancias que perciben dañinas”.
Pero no sólo eso. Quizás lo más fuerte es que la catástrofe de Chernobyl impactó enormemente en el mundo de las izquierdas europeas, especialmente por la posición asumida por Rudolf Bahro, el primer gran disidente de la RDA, desde donde fue deportado en 1979 tras varios años de cárcel. Pese a ello, nunca abandonó las ideas de izquierda. De hecho, se opuso a la reunificación y en su lugar bregó por transformar a la RDA imponiendo un régimen ecologista. Bahro concluyó que Chernobyl representa un hecho innegable, cual es que el socialismo, en todas sus variantes conocidas, es la “economía de la irresponsabilidad”.
Al aproximarnos a los 38 años de tan singular catástrofe, siguen abiertas las lecciones. Si Chernobyl no hubiese tenido este accidente, ¿habría colapsado igualmente el experimento estatista soviético? No es una extravagancia de la imaginación pensar que sí.
Por otra parte, aunque la descarbonización total de la economía global probablemente no ocurrirá para 2050, el verdadero ejército de catastrofistas habría buscado de todas formas otro pretexto para levantar banderas identitarias verdes.

Probablemente nuestro PC no relaciona esta catástrofe con el estatismo que sigue propugnando porfiadamente. Cuando se ve la serie de televisión quedan al desnudo las diversas minicatástrofes que se produjeron a partir de la explosión del reactor y las terribles consecuencias, para humanos y animales, de las decisiones que hubo que tomar para controlar el daño.
Muy interesante ! las aplicaciones de la energía nuclear, bien controlada, ha llevado a avances notables en medicina y muchos otros usos. Mal usada, ocurre lo que se comenta en el artículo. Donde se encuentran las series mencionadas por el Sr HJR ?. Gracias