Mi colaboración a José Antonio Kast se inició durante su campaña presidencial anterior, en mi calidad de economista. Había participado antes en otras campañas presidenciales de nuestro sector que me habían dejado la triste percepción de que, en la búsqueda de votos, habíamos ido abandonando la defensa de nuestras ideas, por lo que de a poco íbamos pareciéndonos al adversario, pero en una versión medio deslavada. Como sector, me parece que nos hemos ido sumando a esa visión paternalista, para la cual el rol del Estado es resolver la vida de las personas, visión que se ha ido acentuando en nuestro país y que lleva a algunos al extremo de sugerir la necesidad de un Ministerio de la Felicidad (sería bueno preguntarle a lo más de cinco millones de venezolanos que han huido de su país qué opinan del rol del Viceministerio para la Suprema Felicidad del Pueblo). Sin duda, el rol del Estado es fundamental en la vida de las personas, pero más que asegurar determinados resultados, debe permitir que existan las condiciones para que todos puedan desplegar sus talentos y lograr buenas condiciones de vida por medio de su esfuerzo. La defensa de esos principios fue el motivo para tomar la opción de colaborar con una campaña que tendría en ese momento un carácter testimonial, pero que permitiría avanzar en la consolidación de un nuevo referente político en la derecha, que representara la muy legítima opción de la defensa de la libertad, junto con los valores de la tradición cristiana, lo que jamás me ha parecido contradictorio, como plantean algunos. Es más, la defensa de la libertad implica reconocer también sus límites, que en esencia se constituyen por la libertad del otro. Bajo esta concepción, entre otros, el rechazo al aborto es perfectamente consistente con la defensa de la libertad.
José Antonio Kast cumple además con un requisito fundamental para la defensa de esas ideas: no tiene temor de decir lo que piensa, lo defiende muy bien, y además es coherente en el actuar y el decir, condiciones que están siendo cada vez más escasas en nuestro escenario político y también en nuestro sector, temeroso de defender lo que la izquierda ha bautizado como “el modelo neoliberal”, a pesar de que el gasto social ha crecido al doble del PIB en las tres últimas décadas. Kast no tiene temor de ser políticamente incorrecto, porque ha demostrado que prefiere ser coherente, característica que me parece muy valiosa y necesaria en el Chile actual. Lo sorprendente de esta elección presidencial, y que es uno de los motivos de mi profundo agradecimiento, es que se demostró que la ciudadanía valora esa coherencia y claridad, y que alguien que defiende lo que cree, y actúa en consecuencia, sí puede aspirar a muy buenos resultados, lo que parecía imposible cuando se inició la campaña.
Estoy agradecida además de haber podido ser parte de un equipo de primera, que trabajó en forma desinteresada por lo que creemos es el bien de Chile. Más importante, agradezco haber podido trabajar para un candidato de gran sencillez humana, totalmente dispuesto a escuchar a sus equipos cuando se trata de materias que no son de su dominio, y también de reconocer los errores que se podrían haber cometido. Pero junto con eso, un candidato con mucha calle, con gran sensibilidad social, que no es experto en todo, pero que tiene la inteligencia de acoger de muy buena manera los planteamientos de los técnicos de distintos ámbitos.
Le agradezco también haber vuelto a poner la eficiencia del Estado como un imperativo ético, y defender que la satisfacción de las demandas sociales no puede provenir principalmente de una mayor carga tributaria a la actividad privada, sino del crecimiento económico y del uso eficiente de los crecientes recursos que los ciudadanos ponemos en manos del Estado. Finalmente, estoy convencida de que la propuesta de esta candidatura es el único camino que se hace cargo de la sostenibilidad de los beneficios, y no como temo que nos ocurra hacia adelante, que sean las generaciones futuras las que deban hacerse cargo de las generosas promesas de gasto del candidato ganador, a través de una creciente mochila de deuda.
Por último, le agradezco la vocación de unidad y búsqueda de acuerdos que mostró durante la campaña de segunda vuelta, porque si bien comparto y considero legítimas y válidas sus ideas, resulta evidente que para ser gobierno se requiere la construcción de acuerdos amplios, no sólo con los del mismo sector, sino también con sectores de la izquierda democrática. Finalmente, el único camino de progreso que tenemos como país es volver a un debate serio de ideas, sin descalificaciones personales, sin caricaturas y alejado de las consignas que con éxito ha instalado la izquierda radical. Necesitamos en forma urgente recuperar la amistad cívica, y estoy agradecida de José Antonio por haber construido en esa dirección. Queda mucho trabajo por delante para que triunfen nuestras ideas, necesitamos sumar para lograr mejores resultados, respetando las legítimas diferencias que tenemos (menores a las que tiene la izquierda), pero con clara vocación de mayoría.
