En una edición anterior nos referimos a la delicada situación global como “tiempos interesantes”, pletóricos de nuevas invenciones y nuevas realidades, que cambian de manera sustantiva la vida de las personas, de las naciones y de todo el sistema internacional. Es una realidad que el mundo de las hegemonías ha sido reemplazado por uno mucho más conflictivo, en que ya no existen “bloques” que pueden impedir que un solo actor lo altere más allá de ciertos límites.
Eso no significa que los conflictos no se produzcan en la nueva situación. La guerra de Rusia contra Ucrania afecta al mundo entero y no se habría producido en tiempos de la Guerra Fría, en que el balance en el Centro de Europa era visto como el corazón de un proceso de distensión global.
Como es natural, la atención mundial está allí donde está la destrucción, la violencia y crímenes contra los ocupantes del territorio, el desplazamiento de personas y el conflicto, a través de la OTAN, de los antiguos actores de la Guerra Fría. Pero más allá de estas realidades, repudiadas por gran parte de la humanidad, Ucrania ha resistido mucho más de lo que se esperaba y se hace cada vez más posible que esta guerra se prolongue y que al final no tenga un solo vencedor. Y son pocos los que imaginan que Rusia pueda (salvo la locura del gobernante que la provocó) recurrir a su arsenal nuclear.
En suma, basta leer a los especialistas que analizan los escenarios estratégicos más probables, para entender que su preocupación mayor está en otra zona del mundo, más cercana a las nuevas realidades del poder mundial.
En efecto, el foco principal de la conflictividad global está hoy en la disputa por el predominio en las tecnologías de punta en este período de la Cuarta Revolución Industrial. Los actores del conflicto no son los mismos que hace un par de décadas. Contrariamente a lo que se pensaba al final de la Guerra Fría, Estados Unidos ya había sacado de la escena a la Unión Soviética y no demoró en distanciarse de otros candidatos, como Europa Occidental y Japón. Todos son actores aún, con una capacidad militar o tecnológica importante. Pero el surgimiento impetuoso de China en las últimas tres décadas lo presenta como el contendor principal en la disputa por dicho predominio.
Existen por cierto el riesgo de que este proceso pueda conducir hacia un enfrentamiento bélico; pero ello es poco probable. La atención de las dos superpotencias y otras regiones ascendentes, está más centrada en las tecnologías de toda índole, que abarcan la inteligencia artificial, la medicina a distancia, vehículos autónomos, drones de todo tipo, etc., lo cual que hace que esta sea una competencia no regulada de amplio espectro.
No parece posible que este conflicto se resuelva muy rápidamente. A pesar de las graves fallas de gobernanza, de la pérdida de consensos y del subdesarrollo de su sistema político, Estados Unidos ha acumulado una reserva de conocimiento muy importante, unido a su capacidad bélica y a la riqueza de una economía que sigue siendo la mayor del mundo, en cifras globales y per cápita. Podrá llegar un momento en que Estados Unidos no domine el orden internacional: pero es igualmente difícil que otra potencia (en concreto China) lo sustituya con una hegemonía global.
Es probable entonces, que el sistema global subsista con conflictos y fraccionamiento, a diferencia del que surgió al concluir la Segunda Guerra Mundial, cuando existía a todas luces un cuadro hegemónico. Debemos pues, estar preparados para un período de fragmentación, con un debilitamiento del multilateralismo, en que la potencia “de orden” no será ya solamente Estados Unidos, pero tampoco solamente China, sino ambos, en busca del predominio o, luego, de un balance aceptable.
La confrontación entre los Estados centrales del sistema puede adquirir diversas formas, sin que ni siquiera sea posible excluir el plano militar. La guerra cibernética ya está en marcha y la lucha burocrática dentro del sistema se combinará con medidas de fuerza para evitar la expansión de las capacidades de uno u otro actor. La ofensiva de Estados Unidos contra Huawei es sólo un ejemplo de ello, como lo son las advertencias para prevenir a los países de América Latina de los riesgos de optar por tecnologías chinas y de los supuestos engaños de la Iniciativa china de la Franja y la Ruta.
Y es precisamente el intento de China de llegar a otras regiones lo que en un comienzo fue una propuesta de infraestructura para sus conexiones con Europa y Asia lo que mejor demuestra que ahora la pugna es global. Son señales de una batalla que recién comienza y cuyo objetivo no es el comercio, sino el predominio tecnológico. Aparece ahora como concentrada en dos países, pero hay otros que podrían terciar en la contienda (Europa Occidental, India, Japón y Rusia), con políticas parcialmente autónomas, aumentando así el fraccionamiento del sistema.
La confrontación comercial entre las dos principales economías del mundo ha tenido repercusiones en todas partes, en un período caracterizado por altibajos de las principales bolsas de valores, cuando se anuncian medidas y se suspenden para anunciar nuevas negociaciones. Aunque varias veces los presidentes de ambos países han anunciado treguas y la suspensión de sanciones, es claro que el conflicto recién comienza y continuará por un largo tiempo.
Desde luego, el problema comercial existe; las exportaciones chinas a Estados Unidos pagan aranceles mucho más reducidos que las de Estados Unidos a China y es posible que eso deba cambiar tarde o temprano. Pero la incertidumbre comercial es perjudicial para los dos países cuando, en un período de reestructuración de la economía mundial, deberían apuntar más fuertemente a una apertura de mercados. Aparentemente, a nadie le convendría una fragmentación del comercio mundial que puede producirse si las superpotencias no llegan a un acuerdo.
La razón de esta aparente irracionalidad está en que el eje real de la crisis no está en las diferencias comerciales, sino en la lucha por el predominio tecnológico, en medio de la Cuarta Revolución Industrial, como ha ocurrido en otros períodos de la historia. De ese predominio se ha venido hablando desde el fin de la Guerra Fría, cuando muchos asumían que la confrontación tendría lugar entre Estados Unidos, Japón y Europa Occidental. El proteccionismo y la fragmentación del mercado aparecen como tentaciones evidentes en las relaciones de los Estados industrializados entre sí o ante la competencia de Estados recientemente industrializados. Pero su aplicación choca con las realidades de la economía mundial. Una nueva división del mundo al estilo de la que ocurrió en la Guerra Fría sería demasiado onerosa desde el punto de vista político o militar; pero sobre todo sería disfuncional a la penetración que hoy requieren las empresas transnacionales en su fase actual de expansión.
El despliegue exitoso de las nuevas tecnologías “de punta” supone la existencia de mercados más amplios que los nacionales. Una potencia puede limitar exitosamente la competencia que le proviene de otros países industrializados; pero no puede por sí sola evitar los daños que a su propia expansión provocan los límites a la competencia. Y esa expansión, hoy en día, depende de un predominio tecnológico que es hoy el centro de la disputa. Este no es, por consiguiente, un conflicto comercial, sino uno científico-técnico, como ha ocurrido también en las anteriores revoluciones industriales de las cuales, dicho sea de paso, el capitalismo ha salido siempre fortalecido.
Durante la administración del Presidente Biden el conflicto se ha ampliado también al plano estratégico y militar, tomando como escenario el Asia Pacifico. La activación del QUAD (Dialogo de Seguridad Cuadrilateral) entre la India, Australia, Japón y Estados Unidos; y el reciente acuerdo AUKUS (Estados Unidos, Reino Unido, Australia) que incluye submarinos nucleares de última generación para Australia, dejando de lado un acuerdo que este país tenía con Francia; se parecen mucho al elenco de alianzas militares que formó Estados Unidos en contra de la URSS al inicio de la Guerra Fría.
La contienda por la primacía no será solamente bilateral. La Unión Europea ya busca terciar con su Decenio Digital Europeo, que tiene por objeto “el despliegue de tecnologías limpias y mejorar el entorno reglamentario para las empresas emergentes y en expansión”, pero cuya finalidad ostensible es la competencia en la carrera digital y el control de las operaciones chinas y norteamericanas en Europa, que ya han provocado algunos problemas. La India es aliado estratégico de Estados Unidos, pero tiene también capacidad y recursos para unirse a la competencia, como los tendría también la ASEAN.
Hace poco más de una década América Latina habría sido un actor potencial en el nuevo escenario global. Pero las nuevas condiciones que en que se encuentra la región lo hacen poco posible. A los serios problemas políticos y económicos que se viven desde la crisis de 2008, se han unido la pésima respuesta de la región a la epidemia del Covid-19, en la que tuvo la mayor tasa de mortalidad per cápita en el mundo, con su economía aún más deteriorada; las profundas diferencias políticas entre sus Estados; la criminalidad desatada en la mayor parte de sus Estados, y la parálisis de los organismos regionales que podrían haber coordinado respuestas más aceptables. Pero el cierre de la Unasur decidido apresuradamente por la mayoría de los gobiernos de América del Sur; el posterior fracaso de Prosur, incapaz siquiera de coordinar a estos países para enfrentar la pandemia; la opción de la Secretaría General de la OEA de tomar partido activo en las divisiones regionales; la insuficiencia de la Celac, orgánicamente débil y sin propósitos claros; las limitaciones permanentes del Mercosur, agravadas por las malas relaciones entre Argentina y Brasil; y el colapso del esfuerzo colectivo del Grupo de Lima para enfrentar la crisis de Venezuela, dejaron a América Latina y América del Sur sin una política común ni una representación regional válida para actuar en su nombre.
No hemos conocido en nuestras vidas un mundo sin hegemonías claras y no intentaremos aquí aventurarnos a describirlo. Lo que sí es claro es que el nuevo mundo se ordenará, como en los casos de anteriores revoluciones industriales, en torno a los nuevos procesos; y su posición en él dependerá de su capacidad de integrarse en cadenas de valor, de formar parte de alianzas regionales, pero sobre todo de desarrollar capacidades propias en ciencia y tecnología que le permitan encontrar nichos válidos para una inserción de punta, aunque parcial, en los mercados globales y aspirar a mejores niveles de desarrollo.
