Es difícil saber en qué momento se fraguó la indiscutible victoria de la opción “A favor” en el plebiscito de salida de diciembre de 2023. Sin duda, el punto de inflexión fue la preparación de los 50 años del Golpe de Estado. A pesar de las presiones del PC, el Presidente Boric confirmó una y otra vez en su cargo a Patricio Fernández, y éste pudo culminar su labor, ofreciendo al país -y al mundo entero- una serie de actos conmemorativos ejemplares, que permitieron un halo de reflexión, unidad y reconciliación inusitado.

Ese mismo espíritu de diálogo y recomposición nacional fue trasladado, inexcusablemente, al Consejo Constitucional, a cargo de escribir la nueva Constitución de Chile. Este Consejo ya venía operando hacía un par de meses, y lo cierto es que no tuvo un buen comienzo. Si bien los Republicanos, quienes comandaban el proceso por tener una mayoría apabullante (22 escaños de 50) señalaron en un principio que no iban a “pasar máquina”, al poco andar descubrieron el verdadero poder que tenían, y comenzaron a ingresar enmiendas que le hablaban sólo a su sector. La más famosa de ellas fue la constitucionalización del Rodeo como deporte nacional, una idea muy popular en el mundo campechano, pero que difícilmente lograría generar puentes hacia sectores medioambientalistas o animalistas.

Las cosas no andaban bien en el Consejo. La Cadem del 15 de septiembre fue lapidaria: sólo un 23% votaría “A favor” en el plebiscito de diciembre, contra un potente 57% que se inclinaría hacia el “En contra”. Desde el comienzo del proceso, nunca antes la brecha había sido tan grande. Durante esos cortos días antes del receso por fiestas patrias hubo muchas reuniones, a puertas cerradas, con una sola idea en la cabeza: la izquierda más dura (el PC, la Lista del Pueblo, los Movimientos Sociales) se farrearon una oportunidad de oro en el primer proceso constituyente. ¿Estarían dispuestos los Republicanos y Chile Vamos a hacer lo mismo? Por supuesto, el 18 ayudaría, cambiarían los ánimo, habría un descanso. Pero había que hacer un cambio en la estrategia. La pregunta era: ¿cómo?

Entonces, los consejeros empezaron a hacer eco de las buenas gestiones que había realizado Fernández en La Moneda. El abrazo fraterno del hijo de un torturado con la hija de un torturador, en Villa Grimaldi, fue especialmente conmovedor. También lo fue el análisis crítico que se realizó, desde La Moneda, sobre el gobierno de Allende, y que culminó con un sobrio, pero certero acto, liderado por Boric y todos los ex presidentes vivos, y que firmaron todos los partidos políticos con representación en el Congreso. Ni uno solo faltó. Ese 11de septiembre, las banderas de Chile flamearon más que nunca, y si bien hubo desmanes, no fueron más que hechos aislados propios de un lumpen antisistémico que nunca se dará por vencido.

La misma lógica de amistad y respeto cívico llegó a las oficinas de los consejeros: quienes estaban en la mayoría comprendieron que debían dar los espacios a quienes estaban en la minoría, para construir entre todos, un texto que fuera no la sistematización de un programa de gobierno, sino el reflejo del alma de Chile.

Según se supo después, la Presidenta del Consejo, Beatriz Hevia, pensó en renunciar. Pero ello no fue aceptado ni por los consejeros republicanos, ni por el Pleno. Hasta el académico Aldo Valle, el vicepresidente que la acompañaba en la testera -elegido en cupo del PS- la apoyó. A pesar de las diferencias entre ambos, habían conseguido dirigir de forma franca y armónica el proceso.

Lo que hicieron, en cambio, fue algo completamente fuera de la caja: Hevia y Valle decidieron ampliar la mesa, invitando a dos personas más, una de Chile Vamos y otra del Frente Amplio, como vicepresidentes. Por los primeros asumió Edmundo Eluchans, de la UDI, un jurista, ex presidente de la Cámara de Diputados, que daba garantías a todos. Y por el Frente Amplio asumió Paloma Zúñiga, una joven arquitecta, que permitió alejar un poco la discusión del árido derecho, para recordar siempre que la nueva Constitución no sería sólo un texto jurídico, sino también un texto social.

Los Republicanos parecían estar locos: aceptaron estar en minoría en la Mesa, y que se les pudiera bloquear. Cuesta encontrar otro signo mayor de confianza política hacia los adversarios. El compromiso era construir un texto que a nadie dejara tan contento, ni tan descontento. Un texto fome, si se quiere, pero que otorgara garantías a todos los sectores políticos. Y nacida en democracia.

Aunque cueste creerlo, los consejeros, ayudados por la Comisión Experta, lo consiguieron. El 7 de noviembre se clausuró el proceso constitucional, luego de aprobar el borrador por una amplia mayoría. Por supuesto, no todo estuvo exento de polémicas: el PC, con sus dos votos en el órgano, finalmente no se sumó, y varios republicanos amenazaron con renunciar. José Antonio Kast les respondió que acá estaba en juego el futuro de Chile, y eso valía mucho más que algunos escaños. Finalmente sólo renunciaron tres. Y esos fueron los únicos cinco votos en contra. El resto, el 90%, aprobó el texto.

La campaña del “A favor” fue histórica. Sabiendo que los consejeros socialistas tuvieron un rol predominante en la redacción, Lagos se apuró en llamar a aprobar el texto. Bachelet reconoció que “no es perfecta, y quizás no es lo que siempre soñé, pero es mejor que la de Pinochet”. Al poco tiempo, el hashtag #mejorqueladePinochet se impuso con fuerza, a la que se sumó Javiera Parada, resucitando su movimiento “Una que nos una”.

En una cosa de días, casi ningún político estaba al margen. Se armó una gran “Caravana de la unidad”, que recorría Chile con dirigentes de izquierda y derecha de forma alineada. Kast y Matthei decidieron hacer campaña en conjunto, mientras Bachelet y Parada recomponían una relación un poco rota, tiempo atrás. Los cuatro se reunieron, en el Templo Votivo de Maipú, junto con el alcalde de la comuna, Tomás Vodanovic, en el cierre de campaña. Era el nuevo Abrazo de Maipú.

El día de la elección había mucha expectativa. Si bien se esperaba el triunfo del “A favor”, el voto obligatorio había incluido a 5 millones de nuevos votantes -eminentemente rechacistas- lo que sembraba más de una duda. Pero el resultado fue categórico: más de un 70% de los ciudadanos aprobó la nueva Constitución, asegurando con ello una legitimidad social y política nunca antes vista. La imagen del Abrazo de Maipú dio vuelta al mundo entero, y Chile asomó como ejemplo democrático a seguir.

Corolario: la anterior es evidentemente una historia de ficción. Desde ya sabemos que la participación de Patricio Fernández previa al 11 de septiembre terminó muy mal. Pero la historia se sigue escribiendo permanentemente, y es posible que, cualquiera de estos días, haya otro punto de inflexión. Un nuevo vector en el multiverso, que genere las condiciones para un acuerdo cívico transversal. Y que así, podamos generar una nueva Constitución que represente a la inmensa mayoría de chilenos. Una que, nacida en democracia, finalmente nos una.

Director de Administración Pública UNAB

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1 Comment

  1. Ummmmm, yo creo que tu gran capacidad de soñar…te aleja del rudo mundo real….la democracia es democracia, vayamos a plebiscito y contemos los votos, simple. No se porque la izquierda cuando es minoría es tan llorona e inventa normas nuevas sacadas bajo la manga…

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