Este 2026 comenzó con una noticia tremenda en América Latina: la caída del dictador venezolano Nicolás Maduro. Se trata de una situación en pleno desarrollo, considerando que el régimen bolivariano no ha terminado, y que el sufrido país sigue en una situación ambigua y con perspectivas abiertas.
Lo ocurrido en Venezuela es parte de la compleja y cambiante realidad de América Latina al cumplirse el primer cuarto del siglo XXI. En la primera década, el socialismo del siglo XXI se levantó como una alternativa importante y atractiva para varios líderes, como fueron Lula en Brasil, Kirchner y después Cristina Fernández en Argentina, Evo Morales en Bolivia, a quienes se sumaron otros gobernantes que peregrinaban con cierta frecuencia a Venezuela y a visitar la Cuba de Fidel Castro.
Pero las cosas han cambiado. La segunda década del siglo, así como lo que va corrido de esta tercera década, han estado caracterizadas por la alternancia, por gobiernos de izquierda que son reemplazados por otros de derecha y viceversa. Esto ya ocurrió en Argentina, en Chile, en Brasil, y en otros lugares donde el triunfo de la oposición se ha vuelto una costumbre y la continuidad de la línea política de los gobiernos una excepción.
Se ha dicho que ahora último el continente ha ido virando hacia la derecha, aunque la realidad es más confusa. Quizá los triunfos de Javier Milei en Argentina y de José Antonio Kast en Chile a fines del 2025 han generado esa sensación, a los que debe sumarse el giro producido en Bolivia con la victoria de Rodrigo Paz, que puso término a una larga etapa de predominio de la izquierda. No obstante, es preciso considerar lo ocurrido en Uruguay y en México: el triunfo de Yamandú Orsi en la Banda Oriental marca el regreso del Frente Amplio al poder, mientras la victoria de Claudia Sheinbaum consolida a la izquierda tras la administración de Andrés Manuel López Obrador.
Este año 2026 habrá elecciones en cinco países de la región, comenzando por Costa Rica -una de las democracias más sólidas del continente- este 1 de febrero, aunque es posible que se desarrolle la segunda vuelta el 5 de abril. El caso de Perú resulta muy especial, debido a la situación política y los cambios de gobierno que han existido en el país del Rímac en los últimos años, que se suma al encarcelamiento, exilio y suicidio que han sufrido los gobernantes del país en este siglo. Los comicios serán el próximo 2 de abril y la segunda vuelta está prevista para el 7 de junio, en la espera de lograr la estabilidad y continuidad gubernativa que no ha existido en el último tiempo.
Colombia tendrá sus comicios el 8 de marzo, apenas tres días antes del cambio de mando en Chile. En caso de haber segunda vuelta, está sería el 21 de junio; lo que está en juego es la permanencia de la izquierda en el poder o que se produzcan esos cambios tan habituales en la región. Brasil, el país más grande de Sudamérica, concurrirá a las urnas el 4 de octubre y el 25 del mismo mes se desarrollará la segunda vuelta en caso de ser necesario. Ahí se definirá quien sucederá a Lula, con la paradoja que dos gobernantes han estado presos en los últimos años en tanto otra fue depuesta hace una década. A todos ellos se deben añadir las elecciones de Haití, que se realizarán el 30 de agosto, con una posible definición en diciembre, en un país que ha sufrido inestabilidad y debilidad institucional.
Todavía subsisten tres dictaduras importantes en el continente, mezcla de resabios ideológicos y de interés personal de sus gobernantes, como son los casos de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Ellas son una piedra en el zapato en esta era de la democracia, que sucedió a la era de los generales y a la de las revoluciones, que marcaron al continente desde 1959 en adelante. Con todas sus dificultades y contradicciones, los países esperan vivir en democracia, gozar de libertades civiles y políticas, poder cambiar de gobierno cuando estiman que no funciona el vigente.
A pesar de lo anterior, resulta claro que la democracia no atraviesa por su mejor momento en América Latina: hay decepción y desafecto, algunas encuestas muestran una baja en el apoyo a la democracia así como la preferencia de los gobiernos autoritarios “en algunas circunstancias”. Según el Latinobarómetro se detuvo la caída que experimentaba el apoyo a la democracia: sin embargo, el mismo estudio muestra que la baja en la aprobación es sistemática y que llegó a estar bajo el 50%. Los argumentos para ello son muchos, como la persistencia de la pobreza y la corrupción, el rechazo a las instituciones tradicionales -especialmente los parlamentos y los partidos-, el fracaso, la falta de crecimiento económico y las promesas incumplidas.
Por lo mismo, no es casualidad que en distintos estudios el gobernante mejor evaluado de América Latina es Nayib Bukele. Ciertamente, los ciudadanos del continente no valoran el compromiso con la democracia del Presidente de El Salvador, sino simplemente su capacidad para enfrentar la delincuencia, en un momento en que los países sufren el narcotráfico, el crimen organizado e incluso el terrorismo. Los gobiernos democráticos la mayoría de las veces han fallado en la lucha contra esos males, mezcla de ideología, incapacidad, desidia, torpeza o corrupción. Con ello, no solo se desacreditan, sino que afectan el prestigio de la democracia misma. Frente a eso, Bukele aparece como un líder decidido, comprometido con la gente honesta de su país, que ha sufrido la muerte y el crimen, y ha sido exitoso en su lucha, en la que otros fracasan. Parte de esto estuvo en el interesante diálogo que sostuvo con el Presidente electo de Chile José Antonio Kast, que terminó con una clasificadora conferencia de prensa.
No resulta claro hacia dónde avanza o retrocede América Latina, continente de esperanzas y de utopías, de fantasmas y dolores, de fracasos y éxitos relativos. Continente que ha tenido triunfos mundiales en la literatura y en el fútbol, pero que sigue en deuda en la política, la economía y el desarrollo social. Por lo mismo, no basta tener elecciones cada cierto tiempo, en una repetición de ciclos que ahora y decepciona: se requiere un cambio de fondo, sin revoluciones violentas ni líricas, sino con un trabajo intenso y bien orientado, antes que siga siendo tarde.

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