Estas últimas semanas se han observados dos movimientos extraordinariamente interesantes en la arena internacional. Uno de gran magnitud y otro que destaca por su singularidad. Ambos cargados con una buena dosis de irritabilidad para algunos. Pese a ello, son portadores de trazos que revelan una dinámica emergente muy difícil de negar. Son movimientos que tienen a China continental y a Hungría como protagonistas.
Es evidente que los países latinoamericanos tendrán que ir observando estos movimientos, y cada vez con mayor atención y pulcritud. Cambiarán tanto los ejes de la discusión, que se hará cada vez más difícil mirarlos con indiferencia.
El de mayor magnitud corresponde a China continental, cuya diplomacia convocó a su capital, y con mucha discreción, a catorce facciones palestinas, dando muestras de un pragmatismo rara vez visto en ellos. Se trata de grupos gravemente enfrentados entre sí. Auspició lo que pudiera llamarse una “cumbre de reconciliación palestina”. Es importante tener en consideración que no se trató de grupos marginales. Entre los invitados se encontraban Hamas y Fatah, las facciones más grandes, organizadas y polarizadas.
Como se sabe, el primero de ellos se formó en 1987 y ha controlado hasta ahora la llamada franja de Gaza. Su rasgo principal es su fuerte inspiración islámica. El segundo, Fatah, se fundó en 1959 al alero del ahora mítico Yasser Arafat y tiene un corte algo más laico. Este administra la zona conocida como Cisjordania.
Ambos grupos han cultivado desde siempre una férrea enemistad. Se hicieron irreconciliables en 2006, cuando estalló una feroz guerra civil, la cual, con diversos intervalos e intensidades, duró hasta 2011. El peak ocurrió en 2007 cuando murieron centenares de combatientes de lado y lado. La distancia física entre los territorios controlados por cada uno (poco menos de 100 kms.), así como la presencia militar israelí en aquel espacio, evitó que los enfrentamientos se transformaran en un baño de sangre aún mayor.
Hamas y Fatah difieren no sólo en su matriz, sino también políticamente. Por eso, su enemistad es una de las claves del panorama del Medio Oriente. No se veía fácil superarla. Hasta que aparecieron los chinos.
Ninguna otra potencia, en el mundo de hoy, está en condiciones de conseguir algo similar. Rusia ya lo había intentado, sin éxito. Turquía, otro tanto. Por su parte, EE.UU. se encuentra enfrascado en una campaña electoral que disminuye sus capacidades. Por estos meses, tanto élites como sociedad estadounidense deambulan en una selva de términos poco comprensibles y que los medios de allá llaman the double haters, the Harris Honeymoon, the freedom coalition, the Biden factor, the flip-flopping candidate, y otros por el estilo, los cuales disminuyen su accionar externo.
Los chinos han logrado que toda esa masa heterogénea de grupos palestinos inicie una discusión de largo plazo entre ellos; de manera ordenada y conducente. Consiguieron que todos se comprometan a ir superando sus aversiones y a sellar acuerdos que pueden ser fundamentales para la paz (o para una relativa tranquilidad) en el Medio Oriente. Aun cuando pueda sonar algo utópico, los concurrentes aseguraron a sus anfitriones que le darían gobernabilidad conjunta a la totalidad de los territorios palestinos una vez que concluya la guerra en Gaza.
Pekín demostró también conocer la naturaleza de las personas y su aplicación en política. Han aprendido a ser sugerentes. Adelantaron una gran zanahoria. Ofrecieron US$ 70 mil millones para la reconstrucción de Gaza. Una promesa muy difícil de igualar.
Se trata de la segunda vez en muy poco tiempo que la proyección internacional de poder de Pekín consigue una hazaña de tal magnitud. Ya en marzo del año pasado habían llevado a Irán y Arabia Saudita, enemigos históricos -en lo político y religioso- a conversaciones tan fructíferas que terminaron restableciendo relaciones diplomáticas.
Esto demuestra que los chinos se encuentran inmersos en una gran ofensiva global. A inicios de la “operación especial” rusa en Ucrania intentaron acercar a las partes e hicieron despliegues pro-paz muy amplios y vistosos. Llamaron a un alto al fuego y a un compromiso para iniciar conversaciones. No les fue bien, pero siguieron insistiendo con discreción. Por estos días, lograron que el canciller ucraniano vaya a Pekín a examinar posibilidades.
La ofensiva global de los chinos muestra resultados innegablemente sorprendentes. Esto estimulará aún más las discusiones de estos últimos años acerca de cómo y cuándo la superpotencia china va a desplazar a EE.UU. Por ahora todo se había limitado a los planos teóricos, diplomáticos y académicos. Se especula con el 2049 como el año mítico para el desplazamiento del hegemon. Justo cuando se vayan a cumplir 100 años de la revolución china. Por eso, algunos creen que ambas superpotencias ya se encuentran en rumbo de colisión.
Graham Allison vaticinó contornos apocalípticos sobre este punto. Su paper La Trampa de Tucídides -y su posterior libro Destined for war– se convirtieron en clásicos en esta materia. Estudió 16 casos similares, de los cuales 12 terminaron en guerra.
La verdad es que en los últimos años se han producido varios hitos que avalan tal conjetura. Los avances chinos en materia espacial, y tecnológica en general, recuerdan el impacto de avances similares de los soviéticos en los años 50 y que alimentaron la Guerra Fría. También Pekín dispone de muy ingentes recursos financieros. Sin embargo, había consenso que, hasta ahora, los logros chinos en materias político-diplomáticas iban a la zaga. Hasta ahora.
Entretanto, estas últimas semanas hemos asistido a otro movimiento de carácter global que no deja de sorprender. Se trata de la singularidad que representa la Hungría de Orban.
A partir del uno de julio, a Budapest le correspondió asumir la Presidencia del Consejo de la Unión Europea, un cargo rotatorio por un semestre. El breve lapso, que va desde inicios de mes hasta el día de hoy, ha sido tan vertiginoso como lleno de sorpresas. Apenas asumido, el premier Viktor Orban tomó una iniciativa inesperada. Partió raudo a Pekín, a Moscú y a Mar-a-Largo. Se reunió con Xi Jingping, Putin y Trump. La eurocracia de Bruselas, representada por Borrell y Von der Leyen no ha superado su profunda irritación. Ambos trataron de quitarle un piso político, que Orban no buscó.
El resultado de su gira no deja de asombrar. A quien haga caso omiso de las maniobras de Hungría le costará mucho reponerse y estar en condiciones de entender el significado de los cambios que se están viviendo. Es evidente que las críticas de ser una democracia iliberal no le afectan. Sencillamente, aquel pequeño país centroeuropeo, de apenas nueve millones de habitantes, empezó a protagonizar un caso que se inserta de lleno en las materias emergentes de las relaciones internacionales. Sabe que, sin este tipo de gestos audaces, el conflicto en Ucrania se prolongará innecesariamente y que la Unión Europea estará relegada políticamente a un segundo plano.
En suma, están sucediendo cambios cruciales en los ejes globales. Son cambios en los equilibrios de poderes y en las fuentes de legitimidad internacional, como vaticinó Kissinger en su Orden Mundial. Las maniobras descritas indican que ya no son cuestiones imperceptibles o simples perspectivas abstractas. Los países latinoamericanos, en conjunto, o en pequeños grupos, o individualmente, deberán ir dando cuenta de ellos.

Lo de Hungría eso si tiene fecha de nacimiento y muerte, seis meses, suena más a arrancada de tarros….