Constitución
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Jean-Baptiste Lully fue una de las grandes personalidades del siglo XVII. Nacido Giovanni Battista Lully en Florencia, Italia, emigró a Francia en donde en 1652, con veinte años, entró al servicio de Luis XIV como bailarín de ballet y violinista. Fue el comienzo de una carrera en permanente ascenso. Poco más tarde dirigió una de las orquestas reales y en 1662 ya era director musical de la familia real. Llegó a ser considerado el primer compositor de la corte y hasta hoy se lo tiene por iniciador de la ópera en Francia y creador de la «tragedia lírica». Luis XIV lo nombró su compositor de cámara y más adelante su Superintendente de la Música. En 1681, finalmente, se convirtió en secretario del Rey. Fue entonces cuando se pegó un tiro en el pie, esto dicho en el sentido figurado con que hoy se emplea esta expresión. Ocurrió que Lully era bisexual, esto es que, no obstante que se había casado y tenía hijos, mantenía también relaciones sexuales con hombres. En esas condiciones en 1685, cuando estaba en la cima de su carrera como músico y en lo más alto que podía escalar en la corte francesa, se descubrió o se hizo público que había mantenido relaciones con cierto joven paje y ello le significó perder los favores del rey.

Desprovisto de esos favores siguió componiendo, pero ya nada fue igual: se había labrado su propio destino y era culpable de su propia decadencia. En tales condiciones murió dos años más tarde y su muerte fue una consagración de aquello de darse un tiro en el pie, aunque en su caso fue un bastonazo, porque murió de gangrena a consecuencia de una herida que se hizo justamente en un pie con su bastón de director de orquesta. El bastón era una pesada barra de hierro que servía para llevar el compás golpeándolo en el suelo; la herida le provocó una infección que acabó lentamente con su vida, porque, sin reparar en que ya no estaba en edad de bailar y de que, caído en desgracia nadie lo iba a requerir para hacerlo, se negó a que le cortaran la pierna, lo que podría haberlo salvado. 

Sin duda Jean Baptiste fue un maestro en el arte de hacer aquello que perjudica al que lo hace en lugar de beneficiarlo. Arte que, en justo homenaje a tan alto cultor, llamaré de aquí en adelante “darse un bastonazo en el pie”. He buscado ejemplos de este arte para ilustrar el comentario y, lamentablemente, el único que se me hace presente, una y otra vez, es el de nuestro presidente Gabriel Boric. Por lo mismo pido respetuosamente excusas por referirme a él en lo que sigue de este texto. En su caso, además, este arte adquiere una expresión colectiva porque no es solo él quien se da los bastonazos sino que sus colaboradores directos, con mucho entusiasmo, también se los dan. La lista es larga y, para comenzar con los primeros días podemos recordar a la segunda autoridad del poder Ejecutivo, aquella que reemplaza al presidente en su ausencia, la ministra del Interior y Seguridad Pública, jefa natural de las fuerzas de orden del país, garante de la seguridad de todos nosotros, Izkia Siches, retirándose humildemente luego de que se le exigiera visa para entrar a una comunidad situada en una parte del territorio nacional que ella supuestamente controla. Y la ministra siguió dándole bastonazos a su jefe: en un Comité del Senado denunció, haciendo derroche de buen humor, el regreso de un avión de extranjeros expulsados que nunca había ocurrido; en otra, también luciendo su sentido del humor, acusó a los diputados de “pegarse en la cabeza” porque no entendían nada, un chiste que nadie celebró; más recientemente afirmó que Carabineros era una institución autónoma, por lo que debieron explicarle que no lo era y que en realidad dependía de ella misma. La lista de bastonazos es larga, casi prodigiosa si se considera el escaso tiempo que el presidente y sus colaboradores llevan en sus cargos. Algunos han sido pequeños, en realidad insignificantes, como las reflexiones económicas del ministro de Economía; otros un poco mayores y más peligrosos, como el del seremi de Salud del Biobío cuando aseguró que Boric lo había «mandatado» a hacer campaña por el Apruebo (peligrosa por aquello de que la Contraloría ya investigaba la ilegalidad de situaciones como la que denunció el seremi penquista). Otros bastonazos, en fin, han sido simplemente monumentales, como el que le propinó su fiel escudero el ministro Jakcson cuando reveló lo que él -y presumiblemente el resto del equipo de gobierno- pensaba de todas las generaciones anteriores de políticos, incluyendo a sus aliados del socialismo democrático. 

Pero en esto de darse bastonazos en el pie nadie supera al propio presidente, quizás en mérito de su propia alta investidura. No cabe mencionar aquí las pequeñas distracciones en las que suele incurrir pues estas son sólo eso, distracciones, ni tampoco en algunos tics como los que cualquiera puede tener. No, yo me refiero a bastonazos en serio. El principal de ellos tuvo lugar el día mismo de su investidura, cuando desde el balcón de La Moneda declaró su apoyo incondicional a la Constitución que elaboraba la Convención Constitucional. Sí, que elaboraba, porque nuestro presidente apoyó públicamente un texto que ni él ni el resto de chilenos y chilenas conocía y en cuya elaboración no tenía posibilidad alguna de incidir dado el peculiar carácter de los convencionales, que sí conocía. En un acto más que temerario, ese día apostó todo su capital político a una variable que no estaba bajo su control, casi tanto como decir “si este año el Real Betis Balompié no gana la Liga Española de Fútbol, renuncio a mi cargo”. Trató luego de reparar lo hecho, tal vez después de que alguien le explicara que el proceso terminaba con un “plebiscito de salida” del cual él, como máxima autoridad del país, tenía el deber de ser garante; por ello declaró que su gobierno sería neutral ante el evento. Pero no lo fue. Ni él ni su gobierno. Y ya fuera porque se convenció de que el mal estaba hecho y nadie olvidaría su declaración inicial, o porque de veras cree en las virtudes del texto constitucional propuesto, el hecho es que no sólo no ha sido neutral sino que asumió en la práctica la dirección de la campaña de una de las opciones en contienda. 

La legalidad de esta última decisión y su puesta en práctica no es materia de este comentario, sino la temeridad política que ella entraña. Una temeridad que bien puede significar el más espectacular bastonazo en el pie que un político activo haya decidido auto infringirse. Realmente digno de un Jean Batista Lully porque posiblemente nuestro presidente haya llegado a la peor situación a la que pueda conducir una apuesta política. Si gana, su victoria no le agregará capital político alguno pues presumiblemente arrojará un resultado inferior en preferencias a los votos que obtuvo en su propia elección y ello logrado con el apoyo de la estructura del Estado hoy a su disposición. Y si pierde, lo que es más que probable a juzgar por todas las encuestas realizadas hasta hoy, habrá perdido todas o casi todas sus capacidades de liderazgo político: el liderazgo de las coaliciones que hoy lo apoyan pero, lo más grave, el liderazgo de la nación que le fuera concedido por votación popular.

¿En qué situación nos deja esta triste perspectiva a quienes deseamos el éxito del gobierno porque somos conscientes de que, si a un gobierno le va bien, a Chile le va bien? No lo sé de seguro, pero probablemente en la misma en que estaban los admiradores de Jean Baptiste Lully cuando veían que a su ídolo lo invadía la gangrena, producto de un bastonazo que él mismo se dio en el pie.

*Álvaro Briones es economista y escritor. Ex subsecretario de Economía y ex embajador de Chile.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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