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“Pasan los años y cómo cambia lo que yo siento”, cantó Pablo Milanés, recién fallecido y seguramente nunca olvidado. Y tenía razón: los años van dando madurez y lo que ayer era amor, pasión, quizás fanatismo, va dejando paso a la contemplación de otras alternativas, a la aceptación de otros sentimientos. Esa mayor amplitud de la perspectiva, esa serenidad ante los desafíos, lo proporcionan las experiencias o simplemente el haber vivido. Algunos lo llaman sabiduría.

Sabemos que son rasgos de personalidad que no podemos exigir hoy día al presidente Boric y a sus acompañantes más cercanos -algunos ocupados en ministerios- debido a su juventud y poco recorrido en la vida. Con una mayor madurez y, consciente de que está gobernando en minoría, probablemente decidiría concentrarse en llegar a acuerdos transversales que le permitieran llevar a buen puerto -o a algún puerto- las reformas a los sistemas tributario y de pensiones; también podría acompañar y estimular un buen procedimiento para la elaboración de una nueva y buena Constitución. De hacerlo podría terminar en buenos términos su administración y con la satisfacción de haber sido el promotor de esos logros que en el futuro serían asociados a su nombre.

Pero, claro, hasta ahora no es algo que podamos exigirle, aunque sí pedirle, casi suplicarle, a nuestro presidente. En lugar de ello él insiste en acometer tareas en las que rápidamente, y a veces con perjudiciales efectos, muestra su todavía inmadurez. Las más recientes de ellas se han situado en el campo de las relaciones internacionales, lo que lo ha llevado en no más de diez días a intentar “atraer” inversiones extranjeras, primero  en la reunión del TPP11 en Singapur, leyendo un discurso seguramente preparado por el inexplicable subsecretario de Relaciones Económicas Internacionales José Miguel Ahumada, que parecía más bien orientado a desalentar esas inversiones; y luego a visitar México en donde, dirigiéndose a empresarios y hablando de la situación política del país, definió el rechazo a la propuesta de Constitución elaborada por la Convención Constitucional como “un traspié democrático importante” y, aunque no se crea pero para generar confianza entre los inversionistas, agregó “en mi país las confianzas están resquebrajadas, estamos tratando de rearticularlas”. Afortunadamente el discurso en México fue escuchado por inversionistas mexicanos que ya están instalados en nuestro país y, por lo tanto, saben de la juventud y de las ideas del presidente. Y en México, además, brindó otra perla de inexperiencia en materia de relaciones internacionales (en ciertas islas menores de los mares del Sur a eso se le llama “metida de pata”). Ocurrió que mientras leía su discurso ante el pleno del Senado -de rigor en este tipo de visitas- se fijó en carteles que exhibían parlamentarias de oposición denunciando la inseguridad que vive su país; entonces, presa del espontaneísmo juvenil que lo suele acometer, hizo el comentario que seguramente había hecho ya en alguna reunión con sus amigos o conversando con su pareja: calificó de “brutal” la cifra de feminicidios en México. La afirmación le valió, desde luego, el aplauso cerrado y de pie de las bancadas de la oposición mexicana, que han mantenido una constante disputa con el presidente López Obrador sobre este tema. En esta oportunidad y a diferencia de los empresarios, los senadores oficialistas y seguramente el propio López Obrador comenzaron recién a conocer las consecuencias del ímpetu juvenil y de las ideas del presidente de Chile.

En fin, qué se va a hacer, así se las gasta nuestro presidente. Sólo cabe esperar que él o sus cercanos terminen por comprender que el mejor gobierno es el que se concentra en lo posible y no intenta lo imposible y, sobre todo, que cuando se habla mucho, en especial cuando se sale de los libretos preparados, aumenta el riesgo de cometer errores. Mientras tanto, hay que tener paciencia y esperar que haga lo correcto, aunque para esto último es necesario proporcionarle apoyo, demostrarle que el resto del país también quiere lo mejor para Chile. Y la mejor manera de probárselo no es combatiéndolo encarnizadamente sino demostrando buena voluntad. Eso, naturalmente, es algo que puede hacer gente madura, dirigentes políticos que no tienen la excusa de la juventud o de la falta de experiencia para justificar errores.

Desafortunadamente, parece que esa madurez y experiencia tampoco se da en el campo de los opositores al presidente Boric. Por el contrario, parecen actuar con el desenfreno de niños de colegio peleándose en el patio del recreo. Su decisión política más importante en el período reciente no se ha relacionado con proposiciones relativas a los problemas de seguridad pública o de contención de la crisis económicas que ya golpea nuestra puerta, sino la de censurar a trece presidentes de comisiones de la Cámara de Diputados para substituirlos por parlamentarios que les son afines. La razón: ninguna. O porque así entienden la política, algo que se desprende de las palabras del jefe de la bancada de diputados de la UDI que afirmó: “Uno en política tiene que estar preparado para ocupar los espacios de poder. El día que Vlado Mirosevic pierda la mayoría circunstancial que tiene en la Sala, va a ser censurado. De eso que no quepa duda”. Es decir, una rapiña constante de puestos, orientada por la estrategia del “aquí te pillo aquí te mato”.

¿Será entonces que en la política chilena ya no queda nadie con la madurez que dan los años? ¿Que ante un presidente que hace gala constante de su inmadurez y de la simplicidad de sus convicciones, deberemos conformarnos con la ramplonería de sus adversarios que sólo buscan ponerle obstáculos en el camino, arrebatar “espacios de poder” aunque sean mínimos y sin ningún motivo aparente, excepto la convicción de que “la política es así” y que “uno debe estar preparado para ocuparlos” aunque luego no sepa qué hacer con ellos?

Eso es algo difícil de creer. Aunque puede terminar por imponerse como verdad en los hechos si los adversarios del presidente Boric continúan aceptando la guía de parlamentarios tan maduros como el diputado Gonzalo de la Carrera, que lideró la censura contra el presidente de la Comisión de Economía de la Cámara. La madurez de nuestra política y de nuestros políticos debe demostrarse por su capacidad para llegar a acuerdos en beneficio de Chile y no por su avidez con relación a los “espacios de poder”. El presidente ha propuesto reformas a importantes sistemas nacionales y debe ser respondido con la disposición de sus opositores a ceder en todo aquello en lo que sea posible para propiciar de ese modo los acuerdos, en el entendido que la otra parte actuará también con esa disposición.  Y otro gesto de madurez que nuestros políticos, de gobierno y de oposición, deben mostrarnos a la brevedad, es darle término a la discusión sobre la modalidad que tendrá la elaboración de un nuevo texto constitucional. Para ello cuentan con suficientes insumos y por lo menos cuatro proposiciones concretas de entre las cuales se debe arribar a un consenso, si es que existe voluntad para ello.

Quizás lo único cierto en el océano de incertidumbres en que nos desenvolvemos en este momento, es que ante un gobierno que madura lentamente, quienes tienen la obligación patriótica de mostrar madurez son sus adversarios.

*Álvaro Briones es economista y escritor. Ex subsecretario de Economía y ex embajador de Chile.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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