En el Libro V de sus Crónicas de las Guerras del Peloponeso (Emecé Editores, S.A., Buenos Aires, 1944), Tucídides relata la negociación que tuvo lugar entre los representantes de Atenas, la potencia en expansión, y de Milo, la pequeña isla que Atenas deseaba someter. Los atenienses comenzaron por exigir de Milo una completa rendición y sumisión, con todas las consecuencias que la sumisión, en aquellos tiempos, traía consigo. Los representantes de Milo replicaron que ellos no se consideraban beligerantes con relación a Atenas y que podían garantizarle a esta su permanente neutralidad. Contestaron los atenienses entonces que la neutralidad no era suficiente. Que aceptarla representaría, a los ojos de sus enemigos, un signo de debilidad. Milo, en consecuencia, no tenía más alternativa que someterse o perecer. Relata el historiador que, llegado ese momento, los embajadores de Milo no pudieron sino exclamar consternados: “pero esto no es justo”. Entonces los griegos se irguieron en su superioridad para enunciar el principio que orientaba sus decisiones: “La justicia está reservada sólo para los iguales”. El fin de la historia es conocido: Milo fue finalmente conquistada y convertida en una colonia de Atenas en 476 A.C. Sus hombres fueron masacrados y los sobrevivientes esclavizados. La justicia, claramente, no estaba hecha para ellos: no eran iguales, eran inferiores.
Desde antes de esta penosa historia y ciertamente después, hasta nuestros días, la “justicia” ha sido entendida por quienes se sienten superiores como una forma de relacionamiento entre iguales. Un “te doy para que me des algo equivalente a cambio”, lo que por cierto no podía hacer Milo en el episodio que nos relata Tucídides: era demasiado débil para oponer resistencia a Atenas, era tan “no igual”, tan inferior, que su neutralidad no alcanzaba el valor de su derrota. Lo único que cabía para ella era la extinción mientras Atenas continuaba su marcha buscando a sus iguales, aquellos con quienes sí podía relacionarse, aunque no fuese más que para combatir.
En medio del enrarecido ambiente político de nuestros días, en el que la verdad está más bien ausente y los políticos parecen jugar al póker frente al plebiscito de salida, cambiando de posición como quien cambia de cartas para mejorar su mano, hemos tenido la rara oportunidad de ver expuesto con toda franqueza ese sentimiento de superioridad que establece un mundo en que sólo pueden relacionarse entre sí, para bien o para mal, los “iguales”. Un mundo en el que los “no iguales” sobran y, como los desgraciados habitantes de Milo, deben desaparecer o convertirse en lacayos para sobrevivir.
Quien nos regaló con ese momento fue el ministro Giorgio Jackson, a quien, desde luego, debemos agradecer por la franqueza. Dijo el ministro Jackson en una entrevista a través de la plataforma Twich: “Nuestra escala de valores y principios en torno a la política no solo dista del gobierno anterior, sino que creo que frente a una generación que nos antecedió, que podía estar identificada con el mismo rango de espectro político, como la centro izquierda y la izquierda…”. Y no se quedó allí pues, probablemente abandonado ya a ese súbito arranque de franqueza, explicó en qué consistía esa diferencia que hacía a los demás “no iguales” y a él y a quien él decidiera, “iguales”, esto es, superiores: “Tenemos infinitamente menos conflictos de poder entre la política y el dinero que otros que trenzaban entre la política y el dinero. Son tantos años de administración del poder que es muy fácil tener espacio de poder político y, al mismo tiempo, tener un compromiso con algún negocio que pueda estar por fuera”. Es decir, la superioridad radicaba en que el gobierno anterior y todas las generaciones anteriores, con particular mención a la izquierda y centro izquierda, eran corruptos y ellos no. La superioridad era moral.
La idea expuesta por el ministro no era, por cierto, novedosa. La habían venido planteando con la misma franqueza, aunque con menos remilgos, el mismo ministro y todos sus compañeros de generación y coalición política desde su época de feroces opositores a todo gobierno que no fuera el de ellos, incluidos, desde luego, gobiernos de izquierda y centro izquierda. Lo novedoso fue el momento en que la dijo. Porque el libreto del sector político del ministro había cambiado con ocasión de la segunda vuelta de la elección presidencial, cuando necesitaron los votos de esos “no iguales”, de los inferiores, de los corruptos. Las razones de porqué el ministro se salió de ese libreto probablemente queden en el misterio. Quizás fue la fatiga o un fugaz momento de debilidad o tal vez la compulsión de mostrarse tal cual se es, que sienten de vez en cuando quienes están obligados a fingir por un largo período ser alguien distinto. Como quiera que haya sido, él y los suyos rápidamente advirtieron el error cometido e intentaron reparar el daño. El presidente Boric repitió los términos del nuevo libreto casi con las mismas palabras que utilizó al concurrir recatadamente a las oficinas del expresidente Lagos para solicitarle una selfie: “Tenemos que aprender de los errores y aciertos de quienes nos antecedieron, pero siempre desde una posición de humildad”. Y el propio ministro en por lo menos tres oportunidades ofreció explicaciones y disculpas (“Dije que todos los gobiernos decían querer las mismas cosas -bienestar, progreso, etc.-, pero que al tomar decisiones se jerarquizaban valores y principios para actuar”, señaló en una de ellas). Pero lo dicho, dicho está y ninguna explicación puede hacerlo olvidar. Y no estuvo mal oírlo: saber la verdad siempre es preferible. Y en este caso una verdad antigua que nos llega también con una tragedia griega, la de Sófocles y Edipo: para tomar su lugar, en algún momento el hijo deberá asesinar al padre. Para constituirse en la izquierda verdadera, la “pura”, la de los “iguales”, la incorrupta, la nueva izquierda de la generación del ministro Jackson deberá acabar en algún momento con las viejas izquierda y centro izquierda.
Por ahora a los “no iguales”, incluso a aquellos que deseamos el éxito del gobierno del presidente Boric, nos está concedido, como a los habitantes de Milo, la posibilidad de aceptar la condición de lacayos para sobrevivir. Pero sabemos que no será por mucho tiempo porque, ya lo dijo el ministro, no somos iguales. Tarde o temprano, pues, ellos, nuestros superiores, deberán aniquilarnos. Si se lo permitimos, claro.
*Álvaro Briones es economista y escritor. Ex subsecretario de Economía y ex embajador de Chile.
