Pablo Neruda. Foto Agencia Uno
Pablo Neruda. Foto Agencia Uno

Este 23 de septiembre se cumplieron 50 años desde el fallecimiento del poeta Pablo Neruda. Me parece que no hay duda que fue uno de los chilenos más universales del siglo XX, que extendió su labor por distintos rincones del mundo durante casi medio siglo de actividad literaria.

Alguna vez leí que Luis María Ansón señaló que Neruda había sido el poeta más grande de las letras españolas desde San Juan de la Cruz (espero no fallar en este recuerdo) y no faltaron los reconocimientos internacionales sobre su vida y su obra, particularmente el Premio Nobel de Literatura en 1971. Neruda había nacido el 12 de julio de 1904 y moriría dos años después de obtener el máximo reconocimiento de las letras universales, por lo cual ese galardón significaba el logro de toda una vida dedicada a la poesía, desde su infancia en Temuco, en el sur de Chile, hasta los años en que su persona y su obra se hicieron universales.

Me parece que en la personalidad compleja y a veces abrumadora de Neruda hay dos aspectos imprescindibles: el primero, por cierto, está su poesía, porque a ello se consagró y desde joven destacó en ese mundo tan apasionante como escurridizo; el segundo es su militancia política, específicamente como miembro del Partido Comunista de Chile, que tuvo un significado vital determinante que también impactó su obra literaria. De esta manera, aunque en ocasiones se intenta segregar ambas dimensiones nerudianas, lo cierto es que no hay diferencia sino continuidad entre el autor del Canto General (1950) y el militante y cantor de la revolución latinoamericana. Lo mismo podría decirse respecto de otras obras literarias, empresas culturales y acciones políticas.

A esta altura hay numerosas biografías sobre Neruda, que intentan cubrir una vida larga, intensa, contradictoria, apasionante, exitosa y llamativa. Entre ellas se encuentran Neruda. La biografía literaria, de Hernán Loyola; Pablo Neruda, de Adam Feinstein; Neruda. Biografía, de Mario Amorós; Las furias y las penas, de David Schidlowsky, en dos tomos; o simplemente Neruda, de Volodia Teitelboim, amigo, literato y comunista, como el poeta.

Todas procuran conocer al escritor, comprender su trayectoria, explicar su obra. Algunas son más críticas, otras más amables, no faltan relatos casi hagiográficos. También existen trabajos que buscan cubrir etapas específicas de la vida del poeta chileno: a modo de ejemplo se pueden mencionar Vida, amigos y amores de Pablo Neruda en la Guerra Civil Española, de Sergio Macías; Neruda clandestino, de José Miguel Varas (sobre la proscripción comunista en tiempos de Gabriel González Videla, a mediados de siglo); y Edmundo Olivares, quien ha escrito varios libros sobre diversas etapas de su vida. En lo personal me aventuré a estudiar al poeta en Neruda. El Premio Nobel chileno en tiempos de la Unidad Popular, publicado en 2004, el año del centenario nerudiano.

Esa conmemoración me permitió participar en numerosos congresos, encuentros y conferencias sobre Pablo Neruda, ciertamente en Chile, pero también en Francia, España, Holanda e Inglaterra. Me llamó la atención cómo iban llegando a esos lugares nerudianos (¿o nerudiólogos?) de diversos países del mundo, edades distintas y con aproximaciones también diferentes al personaje. Recuerdo con particular interés y nostalgia el encuentro que tuvimos en la Universidad de Oxford, donde pude conversar con Robert Pring-Mill, amigo de Neruda, en una instancia en la que también participaron Clive Griffin (quien había sido profesor mío en un curso sobre el poeta chileno y que prologó generosamente el libro que escribí) y el escritor chileno Jorge Edwards, autor de Adiós, poeta, que narra la época de Neruda como embajador en Francia, durante el gobierno del presidente Salvador Allende.

En esos trabajos emergen las dos caras de Neruda, con diferentes énfasis e intereses que también se van distanciando. Hay quienes se aproximan a él de manera casi exclusivamente literaria, se sumergen en la poesía y escudriñan sus versos; otros son más biográficos, repasan momentos e intentan descubrir al hombre detrás de los libros; finalmente están –o estamos– quienes no somos capaces dividir o distinguir al poeta del hombre; al amante del militante; a quien escribió los 20 poemas de amor y una canción desesperada, símbolo del amor juvenil, del autor de la Canción de gesta, himno de homenaje a la Revolución Cubana.

Por lo mismo, los estudios y las lecturas nerudianas pueden admitir contradicciones y diversidad. Hay quienes llevarán con orgullo las “banderas rojas” a las que cantaba Neruda, se proclamarán comunistas “convictos y confesos” y estarán convencidos que la vida es azul cuando se ha puesto en ella “amor y lucha”. Incluso entenderán, compartirán o explicarán los poemas más comprometidos políticamente, en la Guerra Civil Española, a la Unión Soviética y Stalingrado, a Cuba y a Hungría y a todos aquellos países que le hicieron decir que “se afirman las repúblicas del socialismo en marcha”. Otros distinguirán al poeta del político, y se quedarán conformes o les parecerá suficiente el poeta del amor, de los Cien sonetos y Los versos del capitán, o quizá penetrarán las Odas y algo más. Quizá detestan la obra poética militante y, más todavía, les molesta el comunista Pablo Neruda, en lo cual cada uno tiene todo el derecho a pensar distinto, por cierto. Cada uno con sus gustos.

Es verdad que fue y sigue siendo vergonzante leer la “Oda a Stalin” o “En su muerte”, dedicadas por el poeta al dictador soviético; que seis décadas después de la Revolución Cubana la Canción de Gesta suena a una burla cruel que el propio Neruda debió sufrir personalmente; que muchos versos políticos tienen más odio que literatura (contra Franco o González Videla, por ejemplo); o que muchos premios hoy están ocultos o yacen sepultados, como la época en la cual se dieron las batallas por el comunismo en las que Neruda fue actor y militante leal y disciplinado, espada firme.

Con todo, no me gustaría dejar de mencionar que, lejano a aquellos días e ideales, se puede leer la poesía histórica y política nerudiana con provecho, especialmente presente en el Canto General, pero también en algunos poemas como la “Carta a Miguel Otero Silva”, “Escrito en el año 2000” y algunos poemas mixtos, donde el amor y la política se entrecruzan con doble pasión de poeta enamorado y combatiente (Los versos del capitán son un claro ejemplo de ello).

Pablo Neruda ha sido en los últimos años un hombre discutido, en parte porque su vida fue discutible. Cada cierto tiempo emergen debates sobre algunas de sus actuaciones particulares; se repiten las acusaciones contra una violación que habría cometido en sus años de juventud en Oriente; reaparecen los poemas aduladores a diferentes dictadores; no se acaban de cerrar las discusiones sobre la causa de su muerte; incluso algunos escrutan su vida privada y sus amores; el comportamiento con su hija genera ternura hacia ella y condena hacia el padre que la abandonó.

Han pasado 50 años de su muerte y, como suele ocurrir en estos temas, la fecha pasará desapercibida para la gran mayoría, habrá más indiferencia que conmemoraciones y el silencio poético se sumará quizá al político, en un país que quedó bastante agotado con los 50 años del 11 de septiembre.

Con Neruda no hay que exagerar ni esperar más, tampoco menos. No es necesario caer en las hagiografías para admirarlo, como es posible ver sus limitaciones sin privarnos de su grandeza. Después de todo, el propio poeta que se reconocía “resplandeciente con mi cuaderno”, decía de sí mismo que era “trabajador invisible, desordenado, persistente, valiente por necesidad, cobarde sin pecado, soñoliento de vocación, amable de mujeres, activo por padecimiento, poeta por maldición y tonto de capirote” (“Autorretrato”).

Es decir, un notable y contradictorio genio, que Chile le entregó al mundo en 1904, que se marchó hace medio siglo y cuyos ecos seguimos escuchando.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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