Este domingo 21 de diciembre Chile tienes sus octavas elecciones presidenciales desde 1989, cuando la ciudadanía eligió a Patricio Aylwin como Presidente de la República. Desde entonces hasta ahora ha gobernado la Concertación de Partidos por la Democracia (1990 a 2010), Chile Vamos (antes Coalición por el Cambio, en 2010-2014 y 2018-2022) y la Nueva Mayoría (2014-2018). Dos presidentes se han repetido el plato en este período –Michelle Bachelet y Sebastián Piñera– y otros tres lideraron en una ocasión al país: Patricio Aylwin, Eduardo Frei Ruiz-Tagle y Ricardo Lagos. Sin embargo, desde 1989 hasta ahora no ha habido comicios más estrechos, complejos e impredecibles que los actuales.
Tras el retorno a la democracia, solo la elección de 1999-2000, que enfrentó a Ricardo Lagos contra Joaquín Lavín, tuvo resultados realmente disputados. En la primera vuelta Lagos superó a Lavín por apenas 31 mil votos (un voto por mesa, como se dijo en aquella ocasión), y la segunda vuelta también fue estrecha: el socialista obtuvo el 51,3% de los votos y exalcalde UDI logró el 48,69%. En todas las demás los resultados fueron más predecibles, particularmente en las dos primeras, de Aylwin y de Frei R-T, aunque se puede decir que Bachelet tampoco pasó apuros en ninguna de sus dos victorias, mientras Piñera también triunfó con claridad en dos oportunidades: más estrecho contra Frei Ruiz-Tagle en 2009-2010, y con una diferencia bastante clara en 2017, frente a Alejandro Guillier.
La situación hoy es radicalmente distinta. Diversas encuestas han mostrado de manera repetida un equilibrio –en el margen de error, como dicen los especialistas– entre José Antonio Kast y Gabriel Boric. Los estudios de opinión anticipan casi una igualdad en la primera vuelta entre ambos candidatos, resultado que se mantiene para la segunda vuelta que deberían enfrentar al mes siguiente. Como es evidente, ambos procesos deben verificarse todavía y podrían cambiar eventualmente –si es que algún candidato da la sorpresa este domingo 21–, pero no cabe duda que la sensación existente sigue siendo de equilibrio entre las candidaturas con más respaldo popular. ¿Quién ganará? ¿A quiénes se sumarán los que no obtengan uno de los dos primeros lugares? ¿Qué harán los que no votaron en primera vuelta? Todo eso sigue estando en la lista de los problemas pendientes, que mantienen la elección disputada y de resultado impredecible. Veremos si se mantiene así.
Sin embargo, estos no son los únicos aspectos relevantes. Como hemos visto en las últimas semanas y de acuerdo a la película que muestran las encuestas y el ambiente de campaña, estamos frente a unas elecciones históricas en otro sentido. José Antonio Kast, líder del Partido Republicano, y Gabriel Boric, máximo representante del Frente Amplio, son los candidatos de dos coaliciones nuevas en la política democrática, y cualquiera de los dos que llegue a La Moneda, mostraría una alternativa –por la derecha o por la izquierda– diferente a la Concertación y a Chile Vamos. Por lo mismo, estos comicios no solo significarían un cambio de personas, sino que también un nuevo ciclo político, cuyas proyecciones son insospechadas, pero que podrían dar inicio a una era diferente en la historia nacional, más aún cuando en paralelo se desarrolla el inédito proceso constituyente que vive el país.
Un aspecto diferente, y quizá más polémico y difícil, se refiere al significado ideológico o doctrinal de los candidatos que aparecen con más posibilidades de llegar a La Moneda. El tema lo puso en la palestra el semanario The Economist, con un título ilustrativo: “El electorado en Chile está al borde de un terrible error” (el artículo está reproducido en El Mercurio, página B6, viernes 19 de noviembre de 2021). La llamada de atención nos devuelve a un tema de fondo, que hace poco plantearon en España el escritor Mario Vargas Llosa en su artículo “Votar ‘bien’ y votar ‘mal’” (El País, 17 de octubre de 2021) y el filósofo Daniel Innerarity, en su texto “Votar bien o mal” (El Correo, 17 de octubre de 2021). El medio británico partió recordando que durante buena parte del siglo Chile había sido “un país estable y predecible”, incluso un caso de éxito y modelo para el continente. Sin embargo, la afirmación más dura es de carácter histórico: Boric representaría “el gobierno más izquierdista desde el caótico gobierno socialista-comunista de Salvador Allende”, en tanto “Kast ofrece el más derechista desde la dictadura del general Augusto Pinochet”. Y remata señalando que ninguno de ellos ofrece “la combinación de estabilidad, crecimiento económico y reforma que el país necesita”.
El análisis periodístico –también el político y el académico– es necesario y valioso, pero la realidad política es mucho más difícil y con múltiples dimensiones. Y para nadie es un misterio que en los últimos años Chile ha experimentado un proceso de polarización que no se veía desde hace décadas, que ha tenido muchas expresiones, algunas de ellas especialmente lamentables, como los hechos de violencia y su justificación. En la actualidad, una de las manifestaciones más visibles es la consolidación de proyectos a la derecha de Chile Vamos y a la izquierda de la Concertación. Sin embargo, el tema no se termina ahí, y es conveniente dimensionarlo adecuadamente. En el plano institucional, Chile hoy tiene consagrada la segunda vuelta electoral para resolver casos como el actual, en que ningún candidato presidencial obtenga más de la mitad de los votos (en este caso, además, es probable que se mantengan muy lejos de esos números). En el pasado, Jorge Alessandri llegó a La Moneda habiendo obtenido apenas el 32% en la elección de 1958, en tanto Salvador Allende lo hizo solo con el 36% de los sufragios en 1970. Nada de eso ocurrirá este 2021, y cualquiera que sea elegido lo hará con la mayoría absoluta de los votos.
Con seguridad, esto obligará a ambos candidatos a buscar no solo el tantas veces referido “centro político”, sino que también deberán repensar algunos aspectos que puedan ser más polémicos en sus programas, menos aceptables en el contexto actual o que quizá produzcan dudas razonables y temores fundados. Después de todo, en el caso de Kast, el líder republicano hizo un programa pensando en tener un buen desempeño y consolidar su proyecto político, quizá lograr en torno al 15% de los votos, pero no en ganar la elección presidencial. Boric, por su parte, tardó mucho en dar a conocer su proyecto, en buena medida por las difíciles negociaciones con el Partido Comunista, que –quiéralo o no el joven candidato de la izquierda– es la agrupación más importante de Apruebo Dignidad, la coalición que promueve transformaciones de fondo en el Chile post Pinochet. Ambos candidatos deberán abrirse política y electoralmente, así como también en el plano programático: después del domingo 21 de noviembre comienza una nueva elección, en la cual será necesario conversar, llegar a acuerdos, liderar grupos más amplios y por lo mismo más heterogéneos. Las “barras bravas” y los incondicionales darán paso a votantes menos convencidos, pero que otorgarán la posibilidad, a Boric o a Kast, de llegar efectivamente a La Moneda, y no quedarse a mitad de camino.
Este 21 de diciembre Chile tiene unas elecciones históricas, pero no se termina aquí este proceso. En cualquier escenario habrá segunda vuelta, que para muchos efectos será una nueva elección. En este mes se pagarán los errores y se premiarán los aciertos, como de hecho ha ocurrido en la campaña de la primera vuelta. No obstante, ahora existirá una realidad radicalmente diferente: después del 19 de diciembre, día de la segunda vuelta, no hay vuelta atrás, pues en ese momento Chile elegirá a su Presidente de la República. De manera democrática y pacífica, pero con resultado abierto hacia adelante, especialmente por lo difícil que se ha vuelto gobernar este país siempre maravilloso y tantas veces inescrutable.

Alejandro: ecuánime comentario, pero agregaría algo que es sustancial y determinante. Este proceso electoral está absolutamente subyugado a lo que determine la convención constituyente, que nace producto de un estallido violento , insurreccional y revolucionario. Absolutamente contrario a los valores de una República. Esa convención alterará a su antojo la duración del mandato presidencial, dependiendo de quién salga electo. Boric irá con toda seguridad a la reelección y Kast verá acortado su mandato a la mitad o más. No sigamos mirando desde el balcón. Chile está al borde de perder su democracia con todo lo que ello significa.