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Esa fuerte disputa entre la razón y la imaginación que tanto fascina a Fernando Savater, entre otros, toca con fuerza a las relaciones internacionales cada cierto tiempo. En el mundo de hoy, por ejemplo, en momentos de reflexión sobre la fuerte y profunda reconfiguración que se vive. Muchos sucesos -muy difíciles de imaginar y que cuestionan la razón- están ocurriendo en todas partes. 

Lo tumultuoso de los años que van desde el fin de un siglo al comienzo del otro se prestan para tal observación. Como se sabe, el colapso del Imperio Austrohúngaro cambió bruscamente la configuración de Europa a comienzos del siglo 20. Pocas décadas antes, al finalizar el siglo 19, EE.UU. había adquirido Alaska y con ello Rusia dejó de ser un país americano. Cambios geopolíticos que desafían a la razón y a la imaginación.

Una dinámica similar tuvo lugar a fines del siglo 20, con dos momentos significativos. Al concluir la década de los 80 y la de los 90. La implosión de la Unión Soviética y de Yugoslavia volvieron a generar cambios extraordinariamente bruscos, inimaginables.

En estas primeras décadas del nuevo siglo que vivimos, se divisan nuevos gérmenes de transformaciones geopolíticas profundas; esta vez en el continente americano. 

Una muy importante partió con la escaramuza respecto a Groenlandia, la cual, claramente, aún no concluye. La verdad es que son varios los puntos del continente irrumpiendo con energía en la configuración actual.

La provincia de Alberta en Canadá es un ícono, aunque quizás algo silencioso. Por ahora. Allí está germinando una inquietud destinada seguir creciendo. Es lógico preguntarse si en aquel proceso está primando la razón.

Ocurre que la autoridad provincial ha llamado a un plebiscito para el 19 de octubre con el fin de conocer la opinión de los albertenses acerca del deseo preliminar sobre su destino geopolítico. Es decir, si desean efectivamente separarse de Canadá. Una idea que flota en el ambiente desde hace décadas, según Robert Kaplan.

Sin embargo, un observador desprevenido diría, por cierto, que hay excesiva imaginación. Kaplan, cuya agudeza nadie pondría en duda, rebate aquello y atiende a los ciclos. Sostiene que nadie está exento de ellos. ¿Quién habría imaginado las gigantescas secesiones del siglo pasado?, ¿qué indicadores habría ahora para plantearse que éste es un siglo más “tranquilo” que los anteriores?, ¿tiene la identidad canadiense un soporte a prueba de las efervescencias separatistas? 

Alberta es la provincia más rica de Canadá. Su riqueza se basa en minerales muy apetecidos, como petróleo, gas y carbón, así como dispone también de lugares enormemente atractivos para el turismo. Ubicada en el occidente de Canadá, tiene una superficie de casi 700 mil kms 2; o sea, levemente más chica que Chile, pero con tan sólo 5 millones de habitantes.

En los últimos años se ha ido gestando allí un movimiento independentista que se basa en un sentimiento fuerte anti-Ottawa. Dicen ser ignorados por el centralismo. Aportan al bienestar del país de sobremanera e insisten en que vivirían mejor si se separan del resto; un argumento conocido.

Este último año, las voces en favor de la independencia han recrudecido y las iniciativas ciudadanas acaban de reunir suficientes firmas como para obligar a un referéndum provincial. Las autoridades no tienen más opción. Deben aceptar la situación. Si la opción favorable a la independencia triunfa, se abre un periodo, si bien previsible en lo jurídico, bastante incierto en lo político. 

El motivo es la enorme influencia de su vecino, EE.UU. Casi 300 kms tiene la frontera de Alberta con el estado de Montana. Sin embargo, la principal incertidumbre proviene de las grandes simpatías de estas iniciativas ciudadana independentistas -especialmente de la Stay Free Alberta– en los círculos oficiales de Washington, especialmente en MAGA.

El propio Presidente Trump ha puesto varias veces sobre la mesa la posibilidad de anexión de toda Canadá. Muchos pensaban que lo hacía por enfadar al liberal premier canadiense, Justin Trudeau, a quien más de una vez llamó “gobernador”. 

Al mirar este asunto con detenimiento, llama la atención algo nada menor. No es la primera vez que la unidad político-territorial de Canadá es cuestionada. Quebec ha realizado dos veces referéndums similares; en 1980 y en 1995. Este último terminó en un cuasi empate: 50,58% en contra y 49,22% a favor de la independencia.

Fue justamente la llamada question québécoise, lo que llevó al gobierno canadiense a endurecer jurídicamente cualquier proceso separatista. Por eso, si los albertenses ahora se pronuncian por la separación, les espera un camino lleno de obstáculos. Lo primero es convocar para el próximo año un nuevo referéndum, esta vez vinculante. Y ahí aparecerá la política. No sería extraño si la dinámica asume un curso completamente distinto a lo ocurrido con Quebec.

Los acontecimientos de Alberta muestran una faceta bastante paradojal al poner esta iniciativa en contexto con las tendencias autonomistas indígenas en el resto del continente. Las comunidades indígenas canadienses –first nations– se oponen por completo a las tendencias ciudadanas en Calgary, Edmonton y otras urbes de Alberta. Ven que las grandes petroleras azuzan el proceso independentista porque los gobiernos liberales en Ottawa han obstaculizado la expansión de las energías fósiles. 

Especialistas interrogados sobre este tema se muestran divididos a la hora de especular sobre el real sentimiento final de los albertenses. ¿Será que quieren independizarse para autogobernarse o pretenden promover la anexión a EE.UU.?

Cualquiera sea la opción tendrá enormes efectos en el resto del continente. 

Por de pronto, desestabilizará a la gigantesca Canadá. Es muy probable ver tendencias centrífugas irrumpiendo con fuerza. Es de perogrullo vaticinar un independentismo renovado recobrará fuerzas en Quebec.

Pero también, tendrá efectos geopolíticos hacia el sur.  Podrían surgir muchas sorpresas y no pocos grises soberanistas.

Vaya uno a saber, por ejemplo, en qué va a terminar Cuba. Una dinámica nada descartable es que esa isla repita la fórmula de Puerto Rico; estado asociado.

Y en los últimos meses viene hablándose de fórmulas nuevas en materia de soberanía en ciertos espacios donde ha reinado una intransigencia propia de años superados. Más de alguien ha propuesto el concepto “soberanía multidimensional”, que permita la “cogestión” de espacios disputados. Todo bajo el sello garante de EE.UU. y de otras potencias pivotes.

Así pues, la dinámica entre la razón y la imaginación -fascinante, según Savater- pareciera estar entrando en un capítulo nuevo en materias geopolíticas regionales. Y, como siempre, lleno de incertidumbres. 

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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